Solía ser (¡en aquellos escurridizos buenos tiempos!) que la meta de educación de los hijos era criar a un mensch (una persona íntegra). Si nuestros hijos eran atentos y amables, considerados y preocupados, estábamos tranquilos. Habíamos hecho nuestro trabajo (o, para ser más exactos, ¡Dios había respondido nuestros rezos!).

Pero los tiempos han cambiado. Y ser un mensch ya no parece ser una meta digna. Hoy en día un currículo de un universitario necesita detallar residencias inusuales en localidades exóticas. Ah, y por supuesto, solamente una universidad prestigiosa sirve.

Un currículo para un trabajo debe presentar un título de pregrado y uno de postgrado de una de esas universidades prestigiosas, como también una membresía en los clubes y fraternidades apropiadas, participación en iniciativas sociales y haber ayudado a los habitantes de un pequeño pueblo en África.

Reconozco que no todas estas actividades son tontas de por sí. Algunas de ellas pueden incluso ayudar a desarrollar la deseada ‘consideración’ y ‘preocupación’. Pero creo que todo depende de la meta. (Y si bien de acuerdo al judaísmo a veces incluso si inicialmente hacemos cosas por las razones equivocadas podríamos llegar a hacerlas por las razones correctas, este no es siempre el caso).

Si nuestras acciones son solamente por interés personal (y para tener un buen currículo), entonces, puede ser que perdamos de vista las verdaderas oportunidades de crecimiento.

Y si nuestros hijos participan en un intercambio universitario y pasan un semestre en el extranjero o realizan un curso de verano fuera del país, esto solamente los ayudará a crecer y a transformarse en mejores personas si lo hacen porque realmente les importa.

Ciertamente hay muchas presiones externas en estos días y quizás incluso una sensación de competencia puesto que el mercado laboral está complicado. Pero creo que las metas de nuestros hijos —incluso a medida que entran en la adultez— dependen fuertemente de los mensajes que recibieron en casa.

¿Estábamos nosotros felices si ellos trataban a su hermana amablemente pero no recibían la calificación más alta en su examen? ¿Si ayudaban al hijo del vecino con necesidades especiales en su tiempo libre pero no tenían ningún talento o habilidades musicales? ¿Si preparaban la cena y ayudaban en casa, pero no destacaban en ningún deporte en particular?

Nuestras mentes nos dicen que sí, pero, ¿qué hay de nuestras emociones? ¿Nuestras acciones?

¿Qué hay de nuestros vecinos? ¿Podemos tolerar (con placer) el hecho de que nosotros educamos a un mensch cuando nuestro vecino menciona que su hijo acaba de ser aceptado en la escuela de derecho de Harvard? ¿O en un prestigioso trabajo en Wall Street? ¿O que acaba de comprarse una mansión en Beverly Hills? (¡sólo como ejemplo!)

No es que un mensch no podría lograr también todas esas cosas. Solamente es menos probable que ese sea su foco en la vida. Y a veces —no siempre pero ciertamente a veces— la conducta mensch simplemente no fomenta esas cosas. Como dijo Lily Tomlin una vez: “El problema con la carrera de ratas es que incluso si ganas, sigues siendo una rata”.

Todos queremos grandes cosas para nuestros hijos, de hecho, queremos todo. Pero debemos establecer prioridades y las prioridades que establezcamos definitivamente tendrán un impacto en el futuro de nuestros hijos, sin importar cuánto protesten en contra de ellas. Así que tenemos que proceder con cautela, y no solamente determinar las metas deseadas, sino también asegurarnos de actuar acordemente a ellas.