He estado en contacto con muchos turistas este verano. Y, de hecho, a veces ha sido ‘físico’. Una mujer retrocedió y chocó conmigo anoche mientras tomaba una foto grupal. Ella estaba tan enfocada en conseguir la foto perfecta desde el mejor ángulo panorámico, que nunca se le ocurrió que había otras personas un sábado por la noche en ese centro comercial lleno de gente y que si ella seguía moviéndose hacia atrás ¡podría chocar a una de ellas!

En realidad exageré. Ella de verdad no alcanzó a golpearme, porque yo me corrí a último minuto, cuando me di cuenta que mi inocente suposición de que ella se detendría antes de chocar con alguien era en realidad incorrecta.

Por supuesto que este fue un inconveniente menor. Pero definitivamente tuvo un impacto en mí. Mientras estaba sentada mirando a todos moverse a mi alrededor, me di cuenta que la conducta de aquella mujer no era inusual. La mayoría de las personas estaban comportándose como si no existieran otras personas a su alrededor. Si ellas querían ir a alguna parte, iban directo, chocaran con alguien o no. Me recordó un juego que solíamos jugar de niños llamado “No paramos por nadie”.

Una cosa es si solamente hubiera grupos de adolescentes comportándose de esta forma. Quizás sería natural. Nadie es más egocéntrico o distraído de las necesidades de otros que los adolescentes. Lo toleramos porque asumimos que es sólo una fase y que ya van a madurar.

Pero somos menos tolerantes cuando son adultos los que manifiestan la misma conducta. Esperamos más, un poco de atención y consideración y no ser pisoteados, empujados o atropellados. ¿Estoy siendo poco realista?

A veces cuando veo un conductor muy impaciente, me quedo pensando si su velocidad, impaciencia y conducción negligente le ahorra realmente tiempo, y si lo hace, la verdad son sólo unos cuantos segundos como máximo. ¿Vale la pena ser grosero o desagradable o imprudente por esos pocos segundos? ¿Vale la pena arriesgar tu vida?

No estamos solos en el mundo. No somos el centro del mundo. Las otras personas no están aquí para servirnos. Si esa mujer hubiera esperado a que nosotros pasáramos o se hubiera conformado con una fotografía no tan perfecta para demostrar amabilidad y sensibilidad hacia los demás, sus hijos se hubieran quedado con un recuerdo de ese viaje que ninguna foto, sin importar cuán buena, podría capturar.