“Enséñale a tu lengua a decir no sé” (Talmud, Brajot 4a). Esta es una enseñanza tan sabia que la recuerdo constantemente en mis interacciones diarias. Es un buen consejo para educar a mis hijos, para los negocios y también funciona bien con las amistades. Pienso en eso cuando voy al doctor y me impresiona cuando él consulta a sus colegas (¡más que cuando no lo hacen!). Pienso en eso cuando un representante de servicio al cliente consulta con su superior (¡y cuando él o ella insisten que las políticas no pueden cambiarse!), y pensé en eso recientemente después de dos experiencias de viaje aéreo.

En la más reciente, después de aterrizar en nuestro destino y ver como giraba y giraba la cinta de equipaje, unos 20 pasajeros nos quedamos parados viendo que ya no había más equipaje a la vista. Fuimos a preguntar a la aerolínea.

“Va a aparecer pronto” nos dijeron, y regresamos a esperar. Diez minutos después y con menos paciencia que los otros pasajeros (o con un mayor sentido de valoración del tiempo, ¡escoge tú!), regresamos. “Ya está aquí”, nos aseguraron.

Más tiempo pasó y nuevamente marchamos hacia la oficina. Esta vez la información fue nueva. “Vayan a una cinta diferente”.

“Al menos es un progreso”, pensamos mientras marchábamos responsablemente hacia la cinta 2. La espera continuó hasta que finalmente se hizo un anuncio. “El equipaje parece estar retrasado. Pueden escoger seguir esperándolo o pueden darnos su dirección y nosotros lo haremos llegar”.

No pensamos que más espera era la mejor forma de actuar, así que escogimos la opción dos. Resultó ser que en realidad sí habían escaneado las maletas y estaban en tierra, ¡pero no tenían idea dónde! Las maletas fueron eventualmente llevadas a nuestro hotel, 12 horas más tarde.

Todos pueden cometer errores (¡confieso haber cometido algunos yo también!). Yo solamente quería que lo reconocieran. Podríamos haber dejado el aeropuerto una hora y media antes si ellos tan sólo hubiesen dicho: “Están aquí pero no podemos encontrarlas”, y hubieran tomado nuestras direcciones en ese momento. Yo estaba menos frustrada con las maletas perdidas que con su negativa de admitir la realidad de la situación.

Lo mismo ocurrió en un vuelo en enero, cuando nuestro vuelo de conexión estaba retrasado, y retrasado, y retrasado… y escuchábamos por todas partes historias de retrasos y tormentas y esperas por pilotos y tripulaciones perdidas… pero recién fue cancelado 5 horas después, cuando todas las esperanzas de otros medios de transporte estaban eliminadas, sin mencionar la enorme pérdida de tiempo. Si hubieran reconocido inmediatamente que el vuelo de conexión estaba cancelado, nuestros planes podrían haber sido ajustados de acuerdo a eso y nuestro tiempo se hubiera ocupado más productivamente.

Nuestros sabios también nos enseñan que “una persona vergonzosa no puede estudiar”. Si tenemos miedo de admitir que no sabemos, nuestro progreso en entender será limitado. Incluso nuestros hijos pequeños no piensan que en verdad lo sabemos todo (¡y nuestros adolescentes saben que seguro no!) y pueden aceptar un “no sé” como respuesta. Somos mejores padres, maestros, colegas y amigos cuando admitimos que estamos fuera de nuestros márgenes, cuando no entendemos, cuando necesitamos ayuda.

Gracias a Dios las experiencias con las aerolíneas, aunque fueron molestos líos, no tuvieron consecuencias duraderas o serias, pero un doctor que tiene miedo de admitir que no sabe, un maestro arrogante, un CEO que “lo sabe todo” (sin mencionar los políticos, quienes tienes una categoría solamente para ellos) pueden terminar haciendo elecciones con ramificaciones mucho más duraderas. “Enséñale a tu lengua a decir no sé” es un gran consejo. Todos debiéramos acostumbrarnos a hacerle caso.