Trabajaba con una amiga en un proyecto y le pedimos a una tercera persona que nos ayudara. Ella nos respondió: “Estoy completamente abrumada con la organización de la cena de la comisión de padres, pero me gustaría ayudarlas cuando termine con este evento”.

Yo pensé que fue una respuesta amable y razonable. De hecho, ni siquiera me pareció que fuera necesario incluir una oferta de asistencia futura. Pero mi amiga pensó diferente.

Ella se enojó y dijo: “¡Algunas personas son tan cerradas y cortas de vista! ¿No ve que ambos proyectos necesitan su ayuda? ¡Tiene tiempo para participar en los dos!”.

Quizás la frustración de mi amiga no estaba dirigida tan sólo a la tercera persona en cuestión, sino que fue el resultado de tener que aceptar siempre responsabilidades porque muchos otros no lo hacen. Lo entiendo. Realmente lo entiendo.

Pero tal vez esto también demuestra no sólo cierta actitud crítica sino una falta de compasión y comprensión. Lo sé porque en el pasado yo era como ella. Hasta que tuve una experiencia que me abrió los ojos y cambió radicalmente mi perspectiva.

Durante los primeros años que vivimos en nuestra comunidad, nuestro comité de jesed era muy pequeño (este era el grupo de mujeres que preparaba comidas cuando alguien daba a luz, se mudaba o tenía que sentarse en shivá, que Dios no lo permita). Gran parte de la responsabilidad (¿carga? ¿placer?) recaía sobre mí. Honestamente no me importaba, pero frecuentemente estaba embarazada y sufría de náuseas, por lo que igual que mi amiga de más arriba, quería que otras mujeres tomaran responsabilidades.

Yo tenía en mente a una mujer en particular. Ella todavía no tenía hijos y aparentemente tenía muchas menos responsabilidades, pero siempre que le pedía algo me decía que no. Comencé a sentirme muy frustrada, molesta de que nunca ayudara. Finalmente, después de varios años, decidí que era suficiente y hablé con ella de forma directa. Logré controlar mi enojo y, en un tono más suave que el que se evidencia aquí, le pregunté por qué continuamente se negaba a participar.

Entonces oí una larga historia de su lucha contra la depresión. Fuera de sus suegros, nadie sabía sobre su sufrimiento, su lucha para levantarse de la cama cada día, la dificultad para mantener su casa en funcionamiento y su completa incapacidad de hacer algo más que eso.

Fue un sacudón que me enseñó varias lecciones valiosas. Reforzó la importancia de la mitzvá de juzgar favorablemente; me recordó que en verdad no sabemos qué ocurre tras las bambalinas en la vida de los demás y resaltó una idea que había comprendido hace poco: que no sólo los talentos y las habilidades no se reparten equitativamente, sino tampoco la salud emocional, la energía física, el impulso y la motivación. El hecho de que yo siempre me sintiera obligada a presionarme y empujarme para hacer un poco más, no significaba que ella también tuviera que hacerlo. Que yo tuviera energía adicional no implicaba que ella también la tuviera. Y estoy segura que hay otras áreas en las que ella era muy fuerte y yo débil y que ella podía enseñarme bastantes cosas.

Esta idea también es relevante en la educación de nuestros hijos. Algunos niños están sumamente motivados y no puedes detenerlos; otros carecen de motivación y no logras hacerlos arrancar. La motivación, la energía y la ambición son innatas y cada uno tiene que capitalizar lo que recibió y reconocer que no todos somos iguales.

Si tenemos la energía y la habilidad de cuidar a nuestra familia y además aportar a la comunidad, tenemos que agradecerle a Dios y no asumir que los demás tienen que hacer lo mismo.

Nuestro cálculo debe contemplar únicamente si estamos desarrollando nuestro potencial individual y único. No tiene nada que ver con lo que hacen otras personas.

Compartí esta experiencia con mi amiga y entonces también su tono cambió. Ahora sólo tenemos que recordarlo cada vez que este desagradable “crítico interno” vuelva a aparecer.