No fui amable el otro día; estoy avergonzada de cómo me comporte.

Me preparaba para un vuelo largo en avión. A través de una fortuita combinación de puntos y otras ofertas, pude volar en clase business. Estaba muy emocionada. Siempre sufro con las interminables horas en el aire, horas en las cuales nunca duermo, y esperaba ansiosamente el espacio para estirarme y recostarme.

Mientras cargaba mi iPad y revisaba mi email en el salón de clase business (¡realmente estaba disfrutando la experiencia!), recibí una llamada de la recepción.

Había una pareja, esposo y esposa, que no estaban sentados juntos. Me preguntaron si yo estaba dispuesta a ceder mi asiendo de pasillo, parte de un grupo de dos asientos, para moverme a otro asiento de pasillo que era parte de un grupo de tres.

Quizás parece una decisión insignificante para ustedes. Quizás el hecho de haberlo dudado por un instante indica cuánto trabajo aún tengo por hacer para transformarme en la “viejita” que me gustaría ser, pero estaba dividida. Imaginaba la configuración en mi mente. El grupo de tres me parecía más abarrotado, definitivamente menos cómodo. La clase business era costosa, me dije a mí misma (incluso si fueron puntos), ¿no debiera ser lo más cómoda posible? Respondí que no estaba dispuesta (aunque ofrecí tomar un asiento de ventana en otro grupo de dos). La azafata se alejó de mí con indignación.

Pero aún no acababa. Cuando abordé el avión, la pareja en cuestión se acercó a mí y me preguntaron si estaba dispuesta a cambiar. Una situación un tanto “incómoda”, como dirían mis hijos. Ahora estaba en un aprieto. ¿Acaso la azafata no les había dicho ya que no iba a funcionar?

A medida que comencé a reiterar mi respuesta negativa, la mujer comenzó a hablar. “Mi esposo y yo planificamos este viaje desde hace un tiempo. Yo supuestamente iba a encontrarme con él allá, pero tuve un ataque de pánico así que el regresó a buscarme para que pudiéramos volar juntos. ¿Podría por favor ayudarnos?”.

Después de esta sincera y personal solicitud, ¿qué podía decir? Por supuesto que me cambié de asiento y ellos estaban absurdamente agradecidos. Me sentí horrible…

¿Qué había cambiado? En una lección que yo, y todos, tenemos que aprender una y otra vez, los pasajeros pasaron de ser objetos anónimos y sin cara a verdaderos seres humanos. Ellos se convirtieron en personas con las cuales me podía identificar, personas por las que podía sentir compasión.

Se transformó en algo personal. Ellos se hicieron reales. Es fácil decirle no a objetos. Es fácil despotricar en contra de un nombre, en contra de una caricatura de una persona. Es desafortunadamente fácil odiar a otros seres humanos a quienes nunca hemos conocido en persona: quizás debido a sus puntos de vista, a nuestra interpretación de su conducta o a nuestros sesgos inherentes.

Pero cuando los conocemos realmente, mucha de esta energía negativa puede caerse (excepto por supuesto en el extraño caso de verdadera maldad).

Ellos son simplemente otros seres humanos intentando arreglarse en este complicado mundo nuestro, luchando con su matrimonio, sus hijos, sus empleos e intentando hacer que todo tenga sentido. Y, en este caso, en esta aerolínea en particular, ellos eran compatriotas judíos.

No solamente sentí empatía por ellos, sino que a través de ese pequeño acto de entrega, me llegó a importar.

Cuando el avión aterrizó, ellos no pudieron expresar su gratitud más efusivamente. Y yo no podía haber estado más avergonzada por mi negativa anterior.

¡Pude hacer una buena acción más dado que la pobre y exhausta esposa dejó su bolsa en su asiento!

Y en cuanto a mí, que nunca puedo dormir en los aviones, esta vez dormí unas buenas 6 horas con mi conciencia tranquila.