Desde el comienzo de esta pandemia no pisé un supermercado, ni ningún otro comercio. Y la verdad, no lo extraño.

No extraño tener que dar vueltas ni cargar cosas, y a pesar de mis quejas en un primer momento, me acostumbré a que me envíen las compras a mi casa. De hecho, ¡podría no volver a ir nunca a un supermercado!

Sin embargo, no todos los comercios ofrecen servicios de envío, particularmente no los comercios kósher locales. Por ahora, mi hijo asumió esa responsabilidad en mi lugar. En algún momento en un futuro no demasiado lejano, él tendrá que partir para comenzar a trabajar, porque acaba de graduarse de la universidad de forma virtual (lo que nos salvó de largas ceremonias y discursos, pero definitivamente no fue lo que él hubiera preferido). Entonces tendré que ponerme mi máscara, un par de guantes y aventurarme a salir a la calle.

No es algo que anhelo, tanto por mi preocupación por la salud como porque disfruto el tiempo adicional que tengo a mi disposición cuando todas esas tareas no forman parte de mi lista de obligaciones. Pero hay una cosa que extraño. Debido a que muchos de mis mandados tienen lugar en las cercanías de mi barrio, extraño el sentido de comunidad que eso brinda. No conozco a la persona que me trae el envío de la gran cadena de supermercados, y cada vez viene alguien diferente. No importa de qué supermercado vengan los alimentos, todos los que los traen son extraños. Con frecuencia ni siquiera veo cuando dejan los paquetes en la puerta. Sólo recibo un email y cuando abro la puerta ya no hay ningún ser humano a la vista.

Cuando iba a la tintorería, me quedaba conversando con la dueña, a quien conozco hace muchos años. Conocemos a los dueños de la relojería y de la joyería. Lo mismo ocurre con el sastre y la mujer que atiende la panadería. Conocemos a los dueños del restaurante y a algunos de los meseros (aunque no somos clientes muy a menudo). Eso es parte de la vida cuando uno vive durante un tiempo prolongado en el mismo barrio o la misma zona.

Aunque algunos de esos establecimientos siguen abiertos o comenzaron a abrir, yo estoy básicamente en la casa. Todavía no me animo a salir y, en consecuencia, tampoco resumí el contacto y las conversaciones casuales. Mantengo mis relaciones con mis amigas, lo cual obviamente es importante; con mis alumnas, lo cual por supuesto es sumamente importante, y con mi familia, que es lo más importante de todo.

Pero me parece que no había comprendido la importancia que tienen estas relaciones más casuales de mi comunidad. Nunca me detuve a pensar en el sentido de seguridad y estabilidad que estas relaciones casuales le brindaban a mi vida, el sentido de pertenencia a un lugar particular. No se trata de un individuo en particular, sino de un grupo de personas que brindan servicios en mi barrio y que contribuyen de forma significativa a mi sensación de "formar parte de algo".

Hay muchas formas en que esta situación singular resaltó valores, personas y fenómenos que son importantes. Este es otro de esos aspectos. Espero que cuando me anime a salir (¡que sea pronto!) tenga una valoración renovada de esas personas que aparentemente están en la periferia de mi vida, pero que en verdad no es así. Y espero no tener vergüenza ni reticencia para decirles lo que realmente significan para mí y cuánto las extrañé.