Hay una cosa que aprendí de Purim: nunca eres demasiado viejo para avergonzar a tus hijos. Aunque ya sean adultos.

Yo pensaba que sólo los adolescentes se quejan: “¿No te vas a poner eso, verdad?”. Pero en verdad la edad es irrelevante. Hay tres cosas —cómo actuamos los padres, lo que decimos y en especial lo que nos ponemos— que tienen el poder de humillar a nuestros hijos mucho más allá de la época en que debería importarles. (¿Debería importarles alguna vez?). En ningún momento esto es más cierto que en Purim.

No me parece haber cruzado ninguna línea de gusto o recato, pero el mismo hecho de que nos pongamos un disfraz parece ser una fuente de interminable vergüenza para todos nuestros hijos. ¡Incluso algunos de nuestros nietos nos miran raro!

De todos modos, a pesar de todas las presiones externas, mi esposo y yo insistimos en disfrazarnos para Purim. No debido a recuerdos de la infancia; no porque sea una excusa para comprar o usar un disfraz; no porque la frase favorita de mi esposo de una de sus películas favoritas es: “Yo pensé que esta era una fiesta de disfraces”. Nos disfrazamos porque nos ayuda a entrar en el espíritu del día.

Así como beber en Purim nos ayuda a perforar el velo de nuestras defensas y ver con mayor claridad la mano de Dios en el mundo, lo mismo ocurre al ponerse un disfraz. Pasamos nuestras vidas defendiéndonos, trabajamos duro para no ser vulnerables, para no dejar entrar a nadie, para no ceder ante nuestras experiencias del mundo… Sí, incluso nos protegemos de Dios, porque tenemos miedo al rechazo, al dolor, a la emoción… De alguna manera, ponernos un disfraz nos libera. Ya no somos nuestro "yo" de todos los días, limitados por esas reglas diarias autoimpuestas. Somos alguien diferente, alguien que está abierto a la vida, a los regalos y a los desafíos que Dios nos manda, dispuestos a ver lo bueno en ellos, a reconocer que todo es un regalo.

Una vez al año necesitamos salir de esa cuidadosamente construida versión de nosotros mismos para dejar que salga a la luz nuestro yo crudo, desprotegido, complicado y defectuoso. Con la ayuda de un “disfraz” (y tan sólo una gota del anteriormente mencionado alcohol), nos permitimos experimentar el amor de Dios, nos abrimos para ver detrás de la máscara metafórica Sus actos en nuestras vidas. Por un instante reconocemos que el bien evidente y lo que parece ser malo son una misma cosa, que todo es necesario para que podamos desarrollar al máximo nuestro potencial. Disfrutamos de Su abrazo.

No importa qué disfraz sea, tengo un armario repleto de disfraces de los años pasados. Incluso un disfraz simple puede ser una herramienta poderosa.

¿Y qué pasa cuando Purim termina, cuando nos quitamos nuestros disfraces y nos volvemos a poner nuestra armadura? Esperamos (y rezamos) llevar con nosotros lo que descubrimos, poder permitir que se abra una pequeña grieta en nuestra armadura y un destello de claridad en nuestra visión. Intelectualmente sabemos que Dios maneja el mundo (mi mantra diario). Sabemos que todo está en Sus manos benevolentes. Pero a veces nuestras emociones quedan detrás de nuestro intelecto.

En Purim, en la seguridad de nuestros disfraces, experimentamos ese poderoso reconocimiento emocional. Y también esperamos (y rezamos) que ese momento se quede con nosotros, poder acceder a él cuando lo necesitemos, para que nos mantenga alegres y conectados incluso con nuestro aburrido atuendo de todos los días.