"No tragues lo que no puedas digerir". No, este no es un consejo médico de tu doctor. Este es en realidad un consejo matrimonial, dicho en nombre de Rav Pincus. Sí, es bueno dejar pasar las cosas. Es aconsejable no preocuparse por las cosas pequeñas. Mientras más puedas ignorar, mejor.

Pero, ¿qué pasa si no puedes ignorarlo? ¿Qué pasa si en vez de olvidarlo, estás en realidad construyendo resentimiento? ¿Y cada nuevo e irritante acto aviva las llamas?

Tenemos que ser realistas. Tenemos que conocernos a nosotras mismas. Hay ciertas cosas que realmente podemos ignorar – inodoros con el asiento arriba, tapas de pasta dental, ropa sucia en el suelo (quizás)… y hay algunos temas que debemos abordar – problemas sobre educación de los hijos, sobre comunicación, sobre el balance trabajo/hogar – por nombrar algunos. Sin embargo, una vez cada tanto, surge una situación en la que simplemente no puedes dejarlo pasar. Te sientes ignorada o invalidada. Te sientes no escuchada.

Bajo estas circunstancias, no puedes tragártelo, porque volverá a subir a la superficie (apliquemos ahora la analogía de comer), y cuando lo haga, probablemente será muy desagradable. Cuando dejas pasar este tipo de situaciones, terminan desbordándose.

Tengo una amiga que se esfuerza mucho para ser una buena esposa. Aunque hay algunos desafíos en su matrimonio (¡en el de todos!), ella intenta no enfocarse en ellos. Su esposo está ocupado, trabajando duro y ella no quiere molestarlo con sus (supuestas) preocupaciones insignificantes. Quizás cuando salgan de vacaciones en unos cuantos meses más y él esté más relajado…

Suena como una buena estrategia; ella suena como una esposa preocupada. Y sería una buena estrategia – si resultara. Pero no resulta. Lo que ocurre en vez es que los problemas siguen apilándose uno arriba del otro, ella continúa reprimiendo y frustrándose cada vez más y más hasta que finalmente ella explota. Tienen una pelea demoledora a gritos. Y ninguna de las dos partes se siente bien consigo misma después.

Habría sido mucho mejor si ella hubiera enfrentado los problemas a medida que fueron surgiendo. Hubiese habido mucho menos calor y emoción contenida en ellos. "Entiendo que estás muy cansado después de un largo día de trabajo. Yo trato de ser respetuosa y darte espacio. Pero cuando tienes una animada conversación con tu compañero de trabajo después de haber estado demasiado agotado como para hablar conmigo, me siento herida. ¿Qué podemos hacer al respecto?".

Ella no hubiera perdido los estribos; ella no hubiera montado un feroz ataque.

Un buen matrimonio no está libre de conflictos.

Todo matrimonio tiene sus desafíos. Dos personas viviendo juntas están condenadas a tener conflictos. Anhelar un matrimonio sin desacuerdos es ingenuo y poco realista. Y, más importante aún, no importa si no están de acuerdo. Lo que importa es cómo lo resuelven. Lo importante es que haya un tono de respeto mutuo. Lo importante es que sean capaces de llegar, calmada y pacientemente, a una solución mutuamente aceptable. Lo importante es que se escuchen el uno al otro y que escuchen el otro lado del asunto. Lo importante es que cortés y respetuosamente expresen su opinión – y sus frustraciones – y no permitan que la frustración hierva por dentro.

Queremos ser buenas esposas. Así que intentamos tragarnos nuestras preocupaciones y frustraciones. Pero dañamos más nuestros matrimonios cuando éstas se desbordan, que intentando discutirlas cuando ocurren. Un buen matrimonio no está libre de conflictos. Una buena esposa no tiene que (siempre) morderse la lengua. Honestidad, respeto mutuo y discurso cortés son la clave para resolver problemas. El martirio santurrón aparenta ser a veces una ruta más atractiva, pero es un camino sin ganadores.

Prepárense un café o sírvanse una copa de vino, pongan algunas galletas, acerquen dos sillas cómodas y acomódense para una considerada y cariñosa conversación. "Amor, hay algo importante que me gustaría discutir contigo…" Será difícil de resistir.