“Es una hermosa mañana”, dijo mi esposo cuando se fue hoy. “No te olvides de apreciarla”.

¡Vaya, él sí que me conoce! No es que no aprecie la belleza cuando la veo, de hecho, yo una vez le señalé un amanecer particularmente espectacular (probablemente porque estaba abriendo las persianas en ese momento exacto), pero ¿quién tiene tiempo? Siempre estoy tan ocupada. Siempre hay tanto que hacer. Corro para hacer la cama en la mañana, luego lavar la ropa, preparar la clase, enseñar, preparar la cena… todos tenemos nuestros “ejercicios”. Así que, si bien detenerse a apreciar la hermosa mañana puede ser algo agradable, posiblemente incluso inspirador, ¿quién tiene tiempo para hacerlo?

Bueno, aparentemente Dios decidió que yo debía hacerme el tiempo. Ayer, mientras corría de una tienda a otra, me encargaba de las tareas del hogar, a duras penas encontraba un poco de tiempo para rezar (sí, ya sé que rezar debería ser una prioridad), pasaba a visitar a alguien que perdió a un ser querido y finalmente corría a dar una clase, tropecé en la acera después de estacionar mi auto.

No puedo culpar a ningún obstáculo en mi camino, al menos no a los obstáculos físicos. Sólo fui torpe. Simplemente no estaba prestando atención. Mi mente estaba cuatro pasos por delante y perdí el equilibrio. Salí volando y aterricé de golpe con mi hombro, quedé tendida en la acera frente a la entrada de mi vecino, mis llaves saltaron a la mitad de la calle.

“¿Alguien te vio?”, preguntó una de mis hijas, preparándose para morir de mortificación. Le aseguré a dicha niña que yo estaba absolutamente sola al momento de la caída. “Tan sólo quería saber si había alguien allí para ayudarte”, afirmó (¡ups!). Buena salvada, pensé. Pero no fue así. No había nadie. Me levanté y regresé cojeando a casa.

Pero sentí algo diferente esta vez, y una hora y media más tarde terminé en atención ortopédica de urgencia siendo examinada y radiografiada, y me ajustaron un cabestrillo para mi clavícula rota. Sí, leíste correctamente: un cabestrillo que requiere que mi brazo permanezca inmóvil (o que corra el riesgo de sufrir una lesión más grave, Dios no lo quiera), uno que impide conducir o hacer ejercicio o levantar algo más pesado que una taza de café (¡en realidad el dolor lo impide!).

No puedo hacer muchas cosas ahora. Tengo que moverme muy despacio y con cautela. ¿Pero sabes lo que la lesión me ha dado la oportunidad de hacer? Ya lo sabes. Detenerme y apreciar la mañana, y la tarde y la noche, y todos los puntos intermedios. No más prisa. Ahora tengo más tiempo para estar sentada y contemplar, más tiempo para interactuar con mi familia, más amaneceres y atardeceres.

Aún sigo reviviendo ese momento en el que caí. Si tan sólo hubiera ido más lento. Si tan solo hubiera sido más consciente. No estaría en esta posición. Y probablemente. Y probablemente no tendría tiempo para apreciar…