Las personas son las creaciones más complicadas, enloquecedoras, inspiradoras, frustrantes, estimulantes e interesantes de Dios.

Y es en nuestras relaciones con otros seres humanos —en todas ellas, las difíciles, las conflictivas, las maravillosas—, donde aprendemos más sobre nosotros mismos. Ahí es donde está nuestra mayor oportunidad de crecimiento, te guste o no.

A veces favorecemos el “o no”, así que nos alejamos de otros. Nos escondemos en nuestras esquinas, solos y a salvo. Estamos tan atemorizados de ser vulnerables, del potencial daño, del rechazo, del dolor.

Uno de nuestros grandes rabinos, Rabí Yojanán ben Zakai, le dio a sus alumnos un importante mensaje en su lecho de muerte. Mientras ellos se inclinaban para oír sus últimas enseñanzas él les dijo: "Les doy una bendición de que su temor a Dios sea tan grande como su temor a los hombres". ¡Fantástico! una de mis bendiciones favoritas de todos los tiempos. Porque habla de la condición humana…

¿Cuánto tiempo y energía desperdiciamos preocupándonos por lo que las personas piensan de nosotros? (¡Las personas seguramente no están pensando en nosotros para nada!) ¿Cuántos pensamientos y opiniones importantes, quizás sobre el pueblo judío e Israel, nos guardamos para nosotros mismos por miedo al ridículo? ¿Cuántas amistades ni siquiera comienzan porque tenemos miedo de dar el primer paso? (Aunque una vez una persona con tres niños y dos niñeras me dijo que estaba muy ocupada como para almorzar conmigo…) ¿Cuántas oportunidades nos perdemos?

Es muy difícil romper esa actitud de miedo/búsqueda de aprobación (sin muchísima terapia). Sin embargo, Purim nos da esa oportunidad. Y de la manera más inesperada.

Paradójicamente es a través de usar un disfraz que nos volvemos lo más libres para ser nosotros mismos (¡un poquito de alcohol tampoco hace daño!). Cuando dejamos de lado nuestro “uniforme” diario, también nos liberamos de todas nuestras barreras, nuestras defensas y nuestros obstáculos.

Podemos expresar los verdaderos sentimientos y pensamientos de nuestros corazones (no me refiero a los hirientes y críticos: ¡nunca hay un tiempo para eso!).

Podemos decirle a nuestra familia y a nuestros amigos cuánto los queremos sin preocuparnos por revelar demasiado. Disfrazados de Mordejai o Ajashverosh o el Papa (el disfraz favorito de mi esposo), podemos revelar nuestras esperanzas y deseos más íntimos sin temor a la condena o a la burla. Podemos hablar de Dios y no estar preocupados de que el tema no sea apto para la reunión social.

Necesitamos nuestros uniformes diarios. Necesitamos ajustarnos a ciertas reglas sociales y de trabajo. Pero ellas pueden ser una prisión para nuestro yo verdadero; pueden encarcelar nuestras almas.

Una vez al año yo puedo ser la Reina Ester (o un roquero punk en un universo alternativo) y probar esa vida de inquebrantable devoción a Dios. Puedo imaginar el compromiso y el sacrificio. Y en mi pequeño mundo, puedo ser quien yo soy verdaderamente y quien aspiro ser.

Obviamente no podemos usar disfraces de Purim todos los días, pero podemos llevar la lección con nosotros a todas partes, incluso cuando la fiesta acaba y ya se comieron los últimos hamantashen.

Nuestras ansiedades y miedos son todos internos. Hay un rico mundo ahí afuera, un mundo de oportunidades y de relaciones y debemos abrirnos a ellas. Debemos abrazar la vulnerabilidad. Debemos abrazar nuevas posibilidades. Debemos probar esos hamantashen de chocolate y mantequilla de maní…