En The Wrong Way to Speak to Children (La forma errónea de hablar con los hijos), Jennifer Lehr sugiere que la forma en que la mayoría nos dirigimos a nuestros niños pequeños es, por falta de una mejor palabra, equivocada. Su teoría es que la mayoría de nuestras conversaciones giran en torno al control. “Les decimos a nuestros hijos lo que queremos que ellos digan (“¡Pide perdón!”); cómo queremos que se sientan (“¡Estás muy bien!”); qué queremos que hagan (“¡Compórtate!”); qué pasará si no lo hacen (“¿Quieres un castigo?”) – y que obedezcan.

Una acotación al margen: ella considera que la mayoría hablamos con mucha vehemencia y emoción, por eso su uso constante de signos de exclamación.

Lehr cita lo que en su opinión fue una historia dolorosa que la llevó a su revelación sobre la educación y, por supuesto, a un nuevo libro.

Ella fue a buscar a Jules, su hija de cuatro años, a la casa de una amiguita y le pidió que le agradeciera a la otra mamá por haberla invitado. Después de insistirle un poco, Jules murmuró un “gracias”. Estoy segura que todos vivimos situaciones similares. Lo que es nuevo es la reacción de la señora Lehr: “Se me estrujó el corazón. Mi brillante hija parecía manipulada. Ella era una marioneta y yo el ventrílocuo”. (No quiero juzgarla, pero me parece que la autora es propensa a reacciones emocionales extremas en situaciones bastante suaves).

Si Jennifer Lehr hablara de los adolescentes, entonces yo probablemente estaría de acuerdo con ella en que el control y la conformidad no son las mejores estrategias o metas.

Pero ella habla de niños de cuatro años. Los niños de cuatro años no son solamente adultos bajitos. ¡Son niños! (¡Es mi turno de usar signos de exclamación!) Ellos no son suficientemente maduros para deducir cómo actuar sólo a partir de nuestra conducta. No tienen suficiente disciplina ni están suficientemente motivados para actuar con esta información incluso si tienen poderes superiores de deducción. Los niños de cuatro años necesitan que sus padres les digan qué hacer y cuándo hacerlo. Y que se aseguren de que lo hagan.

Esta es la tarea de los padres de niños de cuatro años, un trabajo del cual no podemos abdicar a pesar de la teoría y los escritos innovadores de la señora Lehr. Confieso que realmente no entiendo por qué su “brillante hija parecía manipulada” simplemente porque le pidieron que dijera “gracias”. No parece algo tan abusivo o demandante. ¿Acaso la señora Lehr ve lo que ella quiere ver? ¿Está proyectando sus sentimientos? ¿Hace una montaña de un grano de arena?

Es difícil decirlo, pero incluso si la autora está en lo correcto y su hija fue sometida por el consejo de decir gracias… ¿Cuál es el problema? Quizás no le gustó que le dijeran qué hacer. Quizás estaba resentida. Tal vez no quería hacerlo. Pero expresar gratitud y apreciación es una cualidad positiva básica que los padres deben inculcar a sus hijos, se resistan o no, ya sea que brillen de emoción con el descubrimiento o no.

Nuestra responsabilidad es enseñar la lección de gratitud de forma clara y no ambigua. Una niña de cuatro años puede no sentirse emocionada en el momento, pero la están formando para que se convierta en un adulto educado y agradecido. Los padres tienen que mirar al futuro y no enredarse demasiado en la reacción pasajera del niño.

La señora Lehr despotrica en contra de este “lenguaje de padres”, pero ninguno de nosotros sería quienes somos hoy en día sin él. Y me atrevo a decir que el mundo estaría lleno de muchos más niños malcriados.

Creo que el mundo necesita muchas más expresiones de gratitud, no menos, de persona de todas las edades, incluso si no son siempre expresadas con superlativos y con entusiasmo.