Estábamos dejando a nuestro hijo (¡el bebé de la familia!) en el aeropuerto de Los Ángeles, pues se iba a ir a estudiar por un año a Israel. Nuestro hijo nunca había estado fuera de casa, por lo que estaba un poco nervioso. De acuerdo, les voy a decir la verdad: él estaba bien; ¡yo era un manojo de nervios! Así que le hicimos unas cuantas preguntas a la agente de la aerolínea. Dado que había una escala, le pregunté amablemente si sus maletas iban a ser enviadas hasta el destino final.

“Dado que él es quien está viajando, ¡voy a hablar con él, no con usted!”, me gruñó la representante de servicio al cliente.

“Dado que yo soy la que está comprando los boletos, técnicamente yo soy la clienta y, por el bien de su aerolínea, será mejor que me hable a mí”, le quise contestar. Pero me mantuve en silencio.

Hasta que otra pregunta vino a mi ansiosa cabeza y salió de mi tensa boca. Pero de todas formas pregunté en una forma educada y calmada. Esta vez, ella me ignoró por completo.

Cuando nuestro hijo finalmente ingresó las maletas (y probablemente estaba contando los minutos para librarse de sus vergonzosos padres por unos cuantos meses), mi esposo —con la misma forma calmada— le mencionó a nuestra alegre agente que “la cortesía no tiene costo extra”.

“¡Pues no puedo pensar con ustedes dos gritándome!”, exclamó ella en respuesta.

¿Gritando?”, pensé yo. “¡Ahora te voy a mostrar lo que es gritar!”. Hablando en serio, nunca subimos nuestro tono de voz, ni siquiera un poco. Ni tampoco nos dejamos llevar por nuestra agitación. Estaba lleno de gente y todo era muy desorganizado; claramente ella estaba colapsada de trabajo, pero nos sorprendió un poco tener que ser el blanco de su frustración y hostilidad.

Seguí pensando en lo que dijo mi esposo (mientras besaba a mi hijo para despedirme e intentaba no humillarlo por completo poniéndome a llorar y sollozando), sobre cómo ser cortés no cuesta nada, ¡es gratis!

¿Ha habido momentos en mi vida en los que no me he adherido a ese principio? ¿Todo este incidente ocurrió sólo para recordármelo? Trato de no frustrarme cuando espero en filas, cuando el representante de ventas es incompetente, cuando llevo el recibo equivocado… pero quizás no he sido tan exitosa como pensaba. De cualquier forma, voy a redoblar mis esfuerzos, porque ser el receptor del mal humor y la frustración de otra persona es extremadamente desagradable. Te arruina todo el día.

Yo intento esperar pacientemente en las filas, quizás por una conciencia de que soy identificablemente judía y no quiero atraer atención negativa. ¿Pero qué ocurre en casa donde nadie está viéndome además de mi esposo (y Dios por supuesto)? ¿Soy tan cuidadosa ahí? La cortesía es igualmente gratis en casa, pero claramente soy más propensa a bajar la guardia, a ser un poquito menos amable, un poquito menos paciente, un poquito menos considerada.

Así que supongo que la agente de la aerolínea me hizo un favor (¡y supongo también que ella no estaría muy feliz si supiera eso!). Me hizo ver con una nueva perspectiva la necesidad de tratar a quienes amo con particular preocupación, cuidado, ¡y cortesía! Es fácil ser educado con los extraños (aunque supongo que ella no pensaba eso), pero es muchísimo más difícil serlo con la familia. Es más fácil enfocarse en su conducta negativa que en la propia. No sé si después ella pensó en lo que ocurrió o si las palabras de mi esposo penetraron e hicieron una diferencia. Pero sí sé que hicieron una diferencia para mí.