Como a los niños les encanta imitar a sus padres, una amiga le compró a su hija de dos años un teléfono de juguete. Y dado que a los niños les gusta imitar a sus padres, mi amiga observó cómo jugaba su hija: empujando el cochecito de su muñeca, con el teléfono al oído, la niña le dijo a su amiga imaginaria: “¡Estos niños son sencillamente imposibles!”.

Este fue un verdadero llamado de atención para mi amiga. Su hija no sólo escuchaba cuidadosamente cada una de sus palabras, sino que también prestaba atención a lo que su madre decía sobre ella y su hermano menor.

¿Cuál era el mensaje que la niña recibía?

Gracias a Dios, esto fue relativamente algo pequeño y al darse cuenta de lo que ocurría, mi amiga lo cortó de raíz.

Pero debería hacernos pensar a todos. Si alguien que nos importa (nuestros hijos, padres, amigos, alumnos), alguien a quien admiramos o alguien que nos respeta escuchara nuestras conversaciones, ¿qué escucharían realmente?  ¿Y qué pensarían? ¿Hablamos bien sobre los demás? ¿Nos quejamos de nuestra pareja y de nuestros hijos? ¿Hablamos de forma refinada, con palabras que estamos orgullosos de decir y un lenguaje apropiado para lo que pensamos de nosotros, para lo que aspiramos llegar a ser?

No es fácil cuidar todo lo que decimos. Pero no son sólo los niños los que nos escuchan. También Dios escucha todo lo que decimos. Él deja pasar bastante y es más indulgente (o menos impresionable) que nuestros hijos pequeños. Pero eso no es una excusa. Nuestras palabras no se pierden en el aire. Ellas tienen un impacto en el mundo y en los demás.

Pero más que nada tienen un impacto en nosotros mismos. Oír a nuestros hijos repetir nuestras palabras no es sólo una gran lección educativa. Es un gran recordatorio de que Dios también nos escucha, como nos dice Pirkei Avot: hay un “Oído que escucha”.

Me alegra no haber escuchado nunca a mis hijos cuando jugaban con sus teléfonos. ¡Creo que me voy a cuidar de no regalarles nunca a mis nietos ese juguete!