A riesgo de parecer que me contradigo, después de haber escrito recientemente sobre la importancia de la cortesía y la decencia, estoy a punto de abogar por lo contrario. En realidad no voy a hablar a favor de la rudeza, pero me pregunto si existe tal cosa como la cordialidad excesiva.

Hace poco fui a comprar a una conocida tienda de ropa. “¿Cómo estuvo su fin de semana?”, me preguntó felizmente la vendedora mientras me acompañaba al probador.

Yo estaba apurada y en realidad no estaba de ánimo para entablar una conversación. Pero no quise ser grosera. “Bien gracias a Dios. ¿Cómo estuvo el tuyo?”. Fue una respuesta amable y estándar, pero no completamente honesta. No estaba buscando desarrollar una nueva relación y no estaba realmente interesada en los detalles de su experiencia de fin de semana. Lo que me interesaba era probarme la ropa y salir de ahí lo más rápido posible.

“El mío no estuvo tan bueno”, respondió ella (yo gemí internamente). “Me gustaría vivirlo de nuevo. Tuve que trabajar todo el tiempo”.

¿Cómo se supone que yo debía responder? 1. “Quizás no es una buena relación con el cliente quejarse sobre tu trabajo”. 2. “Lamento escuchar eso”. 3. “Creo que estás compartiendo demasiado conmigo”.

Yo escogí la número 2: es la menos honesta, pero la más amable. Y desde entonces me quedé pensando en ello.

Sí, queremos que todas las personas con quienes nos encontramos —extraños, aquellos en la industria de servicio, vendedores telefónicos— sean amables. Pero no, no queremos entablar una conversación personal. Estamos hablando con ellos sobre temas de negocios, y ese es el tono que debería tener la conversación: de negocios.

Recientemente tuve una experiencia similar con un mesero. Él también quería compartir detalles de su largo y difícil día. ¿Debía sentir lástima por él? ¿Invitarlo a compartir nuestra cena? ¿Dejar una mejor propina? Yo había ido a pasar un tiempo privado y tranquilo con mi esposo, lejos de las demandas del hogar. Quería relajarme, no jugar a ser psicóloga de nuestro mesero. ¿Eso me convierte en una malhumorada?

¿Estoy mal? ¿Estoy siendo demasiado fría? ¿Dura? También he estado pensando en este escenario. Con el mesero hice comentarios apropiados y compasivos, pero desalenté una conversación más extensa regresando a una atenta lectura de mi menú.

Y pensé en la máxima de Pirkei Avot, “Recibe a todos con un semblante alegre”. Creo que este es un útil y apropiado comienzo. Nuestros sabios sugieren que saludemos a todos con una sonrisa. Debemos ser amables y corteses con todos. Sin embargo, nuestros sabios no dicen que deberíamos entablar largas, detalladas e íntimas conversaciones con todas las personas con quienes nos encontramos. Eso sería poco realista. Eso sería inapropiado. Eso sería una falta de límites.

Para mis amigas estoy disponible y puedo escuchar sobre sus largos días, sus difíciles fines de semana, sus desafíos de vida, sus tristezas y sus alegrías. Pero en las relaciones de negocios de cualquier tipo, un semblante alegre es mi modelo a seguir. Creo que voy a escoger un restaurante diferente para mi próxima escapada romántica…