Antes de que cada una de mis hijas se casara, pasamos mucho tiempo juntas. Siempre hay tantos detalles que arreglar – la boda misma, ropa que comprar, una casa que armar. Nuestras conversaciones variaban desde lo trivial (¿estos zapatos son del tono exacto de gris que necesito? ¿Qué dices? ¡¿Eso no es trivial?!), a discusiones más profundas sobre matrimonio y las herramientas que se necesitan para crear uno grandioso (¡ellas usualmente al menos pretenden escuchar mis consejos!).

Las necesidades parecían interminables; las listas de cosas por hacer parecían nunca disminuir. Y a pesar de todo, estábamos formando un lazo único entre madre e hija en un momento particularmente vulnerable y significativo de la vida.

¿Pero qué pasa cuando ellas finalmente se casan? ¿Cuándo todo ese tiempo juntas se evapora? De la noche a la mañana. Literalmente.

Hay un vacío inmenso. Está por un lado todo el tiempo que estaba pasando con ella – está bien eso se llena rápidamente. Y está toda esa energía emocional, toda esa expectativa que simplemente se va. Mi mano desea levantar involuntariamente el teléfono – solamente para hablar, para tranquilizarme a mí misma, para revivir el contacto (nota a futuros yernos: no se preocupen, no llamo, ¡no soy ese tipo de suegra!). Pero siempre las extraño. Extraño esa cercanía. Extraño ese lazo único.

Y pienso que hay en realidad un paralelo entre esta experiencia y Sucot. Sucot es un tiempo de intenso lazo y conexión con Dios – sin distracciones. No es que no podemos tener esa relación cercana durante todo el año pero ésta es una oportunidad especial. Nada ni nadie más importa. Sólo esta relación importa.

La analogía aplica aquí también. Este es un momento especial con solamente esta hija. Todas las demás tienen que apartarse por este corto período de tiempo, el foco es solamente en su hermana. Es raro, es intenso. Como lo es nuestra conexión con Dios en Sucot. Es la culminación de días de preparación y trabajo, y ésta relación en este momento es todo lo que importa. Pasamos la mayor cantidad posible de tiempo en la Sucá, solamente disfrutando del ambiente de alegría y celebración. Estamos formando lazos con nuestro Creador – en formas triviales (¡excelente postre!) y profundas (reconociendo que Él es todo lo que existe).

Y entonces, repentinamente, la fiesta se termina. Pero no podemos terminar súbitamente. No podemos enfrentar el abismo emocional. Así que Dios nos regala otra festividad, Sheminí Atzeret, un día extra. Él nos da un periodo de transición, una oportunidad de adaptarnos al cambio y de comprender exactamente cómo hacer que esta nueva cercanía sea parte de nuestras vidas. Un regalo para llenar el vacío.

Y a diferencia de nuestras hijas recién casadas, incluso cuando la fiesta se termina, Él está ansioso esperando nuestra llamada (¡ahora sé exactamente qué hacer con toda esa emoción extra!).