Estudios recientes sobre las relaciones entre los representantes de compañías farmacéuticas y los doctores que ellos visitan han encontrado que incluso un regalo modesto —como un lápiz o una libreta de notas— puede afectar la prescripción del doctor e inclinarse a favor de la compañía representada. Así también, un estudio sobre las estrategias de recaudación de fondos en el mundo de las organizaciones sin fines de lucro ha encontrado que, si la carta pidiendo una donación está acompañada por un regalo, incluso uno muy pequeño como una postal, la posibilidad de una respuesta positiva sube en un 75%.

Los psicólogos describen esto como ‘la deuda de la reciprocidad’, nuestro deseo de retribuir a aquellos que nos han dado.

La ley judía es un poco menos eufemística, un poco más directa. Nosotros lo llamamos un ‘soborno’ y nos enseñan (en múltiples fuentes a lo largo de la Torá y los escritos que la acompañan) que “El soborno ciega los ojos del sabio”. Y, asimismo, el soborno no tiene que ser demasiado grande. Por ende, incluso un juez a quien su futuro cliente sólo le abre la puerta cuando él entra al juzgado, quizás debería renunciar al caso, ya que él ha desarrollado una inclinación hacia el cliente cortés.

Somos tan susceptibles y no se requiere demasiado. Podemos engañarnos y decir (y realmente creer) que somos imparciales, pero los estudios psicológicos, y la Torá, cuentan una historia diferente.

A pesar de que debe haber algunos jueces y doctores dentro de mis lectores, la mayoría de nosotros no nos enfrentamos rutinariamente a situaciones como las descritas anteriormente. Entonces, ¿cómo es esto relevante en nuestras vidas?

Las posibilidades son tan numerosas que es difícil saber por dónde empezar. Imagina que tienes el poder de conceder un contrato de negocios a una compañía por sobre otra, a un abogado en vez de a otro, a un asesor financiero en vez de a otro. Hay tantas formas en las que el sutil “soborno” podría inclinar nuestra decisión hacia ellos. ¿Nos dijeron un cumplido? ¿Nos sedujeron con sus elogios? ¿Nos llevaron a cenar? ¿Incluyeron una invitación para nuestra pareja? ¿Vinieron a cenar a nuestra casa y trajeron un regalo particularmente considerado? O incluso mejor, ¿algo para nuestros hijos?

Yo sé que se han instituido códigos en el mundo de las grandes farmacéuticas para tomar medidas en contra de los regalos grandes a potenciales clientes, pero no en todas las industrias. ¿Son boletos para un evento deportivo tu precio? ¿Y si son las eliminatorias? (una situación que de verdad presencié hace un tiempo).

Puede ser considerado “lo mismo de siempre”. Puede que sea aceptado en ciertas industrias como una filosofía de “todo vale en…” Pero como mínimo, debiéramos reconocer cuando estamos siendo comprados. No debiéramos tener una ilusión de que somos imparciales.

¿Y qué pasa si los riesgos son más personales? ¿Qué pasa si es un matrimonio en riesgo y un lado logra “sobornarnos” para que veamos su forma de pensar como “la correcta” en vez de ser la tercera persona imparcial? ¿Qué pasa si tenemos que tomar decisiones sobre futuras carreras? ¿Lugares donde vivir? ¿Comunidades a las que afiliarnos?

La línea entre bondad, estímulo y soborno puede ser sutil. No todo el mundo tiene una agenda ilícita, financiera o egocéntrica. No queremos encontrar motivos nefastos en cada esquina. Queremos apreciar las bondades no solicitadas, la bondad genuina y la entrega. En realidad, no debemos cuidarnos de otras personas. Es de nosotros mismos de quien debemos cuidarnos. Tenemos que asegurarnos de que nuestros motivos sean puros y que nuestra visión esté clara.

Si el soborno “ciega los ojos del sabio”, ¿Cuánto más al resto de nosotros para quienes ese título no aplica?