Cuando pequeños creíamos que las personas que susurraban (o conversaban en un idioma extranjero) mientras estábamos en la habitación, ciertamente hablaban sobre nosotros. Y ellos obviamente decían cosas poco agradables, de otra forma nos habrían incluido en la conversación. ¿Cierto?

Pero con la madurez viene el reconocimiento de que las personas que susurran probablemente no hablan de nosotros. Tienen cosas más interesantes, o al menos problemas personales más relevantes que discutir. De hecho, ¡probablemente hablan de ellos mismos!

Sin embargo, incluso así, soy incapaz de desligarme completamente de ese dolor y esa ansiedad que sentía en la infancia. Aún me parece grosero e hiriente cuando personas susurran a mí alrededor, particularmente en mi propia mesa (de Shabat). Lo que sea que estén diciendo, incluso un inofensivo comentario sobre el clima, es algo de lo que me están excluyendo (a mí y al resto de los invitados). Puede que incluso estén diciendo un cumplido (¡debemos juzgar para bien!) pero sin embargo están creando una incómoda dinámica de nosotros-versus-tú.

Y si bien no puedo pedirles que se abstengan de esta conducta (¡a menos que compartan mi apellido!), puedo tomar decisiones por mí misma sobre mi propia conducta futura. Eso, por supuesto, es lo que debiéramos hacer en cualquier momento en que presenciamos conductas poco atractivas. Debemos ver hacia adentro (sí, ya lo sé, es mucho más fácil ver lo que otros hacen mal).

Por lo tanto, por más que quiera compartir esa broma privada con mi esposo o agregar algo a la conversación sólo para sus oídos, o incluso solamente expresar sentimientos personales, un foro público simplemente no es el momento adecuado. Si todos lo demás se sienten heridos o excluidos, entonces, debería mantener mi boca cerrada.

Susurrar es un desafío único, ya que, si bien debemos ser sensibles cuando hablamos, en este caso, decir cualquier cosa puede ser insensible. Debemos ejercitar el autocontrol y mordernos la lengua cuando los sentimientos de alguien están en juego, sin importar cuán ingenioso sea el comentario que estamos a punto de hacer.

Si algo vale realmente la pena, entonces puede ser dicho en voz alta para todos. Y si no, ¡quizás nuestra pareja tampoco necesita escucharlo!

Si nuestros hijos no pueden comportarse en la mesa, si ellos están constantemente susurrándose los unos a los otros, entonces además de reprenderlos por esta conducta negativa, debemos tomar medidas prácticas. Debemos separarlos. Y debemos hacer lo mismo con los adultos (¡con planificación por adelantado por supuesto!).

No todo el mundo piensa que es grosero susurrar (¿cómo explicar de otra forma este generalizado fenómeno?) pero, cualquiera sea su punto de vista, puedes tener una regla familiar, una política de tolerancia cero para los susurros en la mesa.

Y luego, todos juntos, pueden idear formas divertidas para ponerlo en práctica. Cuéntenme qué se les ocurre. Estoy buscando buenas ideas…