Estaba caminando por un hermoso camino a lo largo del Mediterráneo el otro día. El sol brillaba, el agua era azul celeste y las olas golpeaban contra las rocas. Caminé y caminé y caminé y muchos pensamientos llenaron mi mente, y el más importante era "Me gustaría tener un iPod".

A diferencia de Gwendolen en la obra de Oscar Wilde La importancia de llamarse Ernesto, famosa por haber dicho mi frase favorita de todos los tiempos, "Nunca viajo sin mi diario. Uno siempre debiera tener algo sensacional para leer en el tren", mis pensamientos no fueron tan estimulantes. Se obsesionaron con mis ansiedades y fallas y soñé con el iPod como una forma de bloquearlos. No tiene que ser música. Soy feliz con escuchar una clase de Torá. Cualquier cosa que signifique que no tengo que escucharme a mí misma.

Pero, algo está mal aquí. Nuestra historia está repleta de personas justas que pasaron una significativa cantidad de tiempo a solas, reflexionando y trabajando en su relación con Dios. Muchos de nuestros grandes líderes fueron pastores y pasaban largas horas solos, perfeccionando su carácter y atendiendo a sus ganados.

¿Qué nos pasa? Por un lado, estamos desacostumbrados. O mejor dicho, estamos acostumbrados a ser bombardeados con información, noticias y correos electrónicos sin parar. No estamos acostumbrados a estar solos. No sabemos qué hacer con nuestro tiempo. Pensamos que hay algo mal si no estamos ocupados. No sabemos aprovechar la oportunidad (un director de un campamento me dijo recientemente que los campistas están viniendo a acampar por períodos más cortos de tiempo porque no pueden soportar el síndrome de abstinencia de estar sin su iPhone).

Y quizás tenemos miedo de nuestros pensamientos, ya que no son todos felices y luminosos. O productivos y significativos.

Algo de esto es entrenamiento. Sin embargo, debido a la constante (sobre) estimulación, no somos capaces de disciplinar nuestras mentes, no podemos hacernos cargo de nuestros pensamientos. Esta es una verdadera pérdida. Al no entrenar nuestras mentes, desperdiciamos nuestro potencial todo el tiempo.

No ejercitamos ningún tipo de control sobre lo que pensamos o cuándo lo pensamos. Y eso es una lástima. Porque podríamos elevarnos. Podríamos mejorar nuestro carácter. Podríamos crecer y cambiar. Podríamos repasar conceptos importantes (¡Podría reemplazar todas esas canciones temáticas de la televisión de mi infancia con significativas ideas de Torá!).

Todavía quiero un iPod, para aquellos momentos en los que no tengo la energía o la voluntad de disciplinar mi mente, ¡al menos déjenme tener un apoyo!. Déjenme escuchar clases y aprender mientras camino.

Pero déjenme también tener una nueva meta: no desperdiciar el escaso y tan preciado tiempo a solas.

Sí, estaba apreciando la hermosa vista. Y estaba disfrutando el regalo de la creación que Dios nos dio. Pero podría haberlo hecho mejor. Podría haber aprovechado la oportunidad de mejor manera. La próxima vez que tengas tiempo a solas, escúchate a ti misma, ¡aprovéchalo!