Desde que Ema Bombeck escribió su libro éxito de ventas: “Everything I Know about Animal Behavior I Learned in Loehmann’s Dressing Room” (Todo lo que sé sobre el comportamiento animal lo aprendí en el vestidor de la tienda Loehmann’s), reinventé sin cesar el título en mi mente. Yo podría haberlo aprendido en las 'autopistas de mi ciudad', en la 'fila del supermercado', y por cierto en el las 'oficinas del gobierno'.

En base a la experiencia que tuve ayer, ahora agregué un nuevo posible título a la lista.

Hay un nuevo candidato para campeón de sacar a relucir lo peor en los seres humanos: “¡Todo lo que sé sobre el comportamiento animal lo aprendí en la tienda de Apple!”. No es que los empleados no fueran amables; lo fueron. No es que no estuvieran organizados; lo estaban. No es que fueron injustos; no lo fueron.

Parece que perdimos toda capacidad de esperar nuestro turno y cualquier pizca de paciencia.

Sin embargo, parece que hemos perdido toda capacidad de esperar nuestro turno y cualquier pizca de paciencia. Parece que no reconocemos que en la tienda hay otras personas, otros cuyas necesidades o (por lo menos) su tiempo puede ser tan valioso como el nuestro. A pesar de todas las oportunidades que nos ofrecen nuestros iphones, ipads o cualquier otro producto que sea la razón por la que entramos a esa tienda, parece que perdimos la habilidad de entretenernos a nosotros mismos.

En verdad, esta tienda de Apple está en medio de un gran centro comercial. El personal ingresó cordialmente mi nombre en su lista de espera y no sólo me dieron una hora específica, sino que también me ofrecieron enviar un mensaje de texto cuando yo fuera la siguiente en la lista, para que no me viera obligada a sentarme a esperar en la tienda, sin "nada" que hacer y aburrida (hablaremos de eso en un momento más). Al tener de repente disponible un tiempo inesperado y unas 100 tiendas alrededor, logré hacer una mella en nuestra cuenta de banco mientras esperaba (¡pacientemente!) mi turno.

Mi deseo de hacer compras era limitado, así que regresé a la tienda antes de mi cita, dispuesta a responder algunos correos electrónicos, enviar otros y leer un libro en mi Kindle. No estaba aburrida y en verdad sobre lo único que tenía dudas era respecto a qué actividad enfocarme.

Pero mi capacidad de concentración se vio limitada por el ruido y la actividad de los otros clientes, en especial por sus quejas y gruñidos, por sus movimientos en los asientos, por sus ruidosos suspiros de frustración, por sus constantes acercamientos al personal de ventas. Me recordó cuando viajaba con niños pequeños que constantemente preguntan: “¿Ya llegamos?”.

No satisfechos con suspirar exageradamente, algunos clientes comenzaron a quejarse en voz alta. “¡Ya hace una hora y media que espero!”, demandó uno. “Eso es porque vino dos horas antes de su cita”, le explicó con calma una asistente de la tienda. “¿No puedes simplemente revisar esto?”, rogó otro (código para: “¿No me puedes recibir fuera de mi turno?”) “¿Por qué no tienen más personal?”, se quejó otro visitante descontento en medio de un mar de empleados con camiseta roja.

Mientras tanto, yo observaba maravillada. Y fue triste. Con más oportunidades que nunca para mantenernos entretenidos, casi todos en la tienda estaban perdidos. No estaban jugando, no estaban leyendo, no estaban sentados pensando. Era un tiempo completamente perdido. Me imagino que esas mismas personas se quejan de que nunca tienen un minuto para ellas, que ni siquiera tienen tiempo para respirar, etc. Sin embargo, cuando ese tiempo aparece, no están preparados para aprovecharlo.

Tan inquietante como el tiempo perdido fue la miserable falta de paciencia y la incapacidad de soportar la más mínima frustración. Me impresionó que todos sintieran que tenían derechos y, además, expectativas no realistas.

La paciencia es una cualidad esencial para casi todo lo que es importante en la vida, particularmente para las relaciones y para construir nuestro carácter. En base a lo que vi ayer, me preocupa que esto se haya vuelto un raro lujo.

Hace muchos años atrás, una amiga esperaba recibir sus remedios. Era la época en que las farmacias locales hacían envíos a domicilio. Frustrada por la lenta respuesta de la farmacia, ella llamó una y otra vez para preguntar qué pasaba con su medicina. Cuando finalmente llegó, dentro de la bolsa con el remedio había un papelito que decía: “La paciencia es una virtud”. Quizás deberían poner ese cartel en la pared de la tienda de Apple.