Recuerdo cuando mis hijos eran pequeños y mi esposo llegaba a casa al final del día. Yo estaba agotada y contaba los minutos que faltaban hasta que él pudiera hacerse cargo de la situación. Apenas él abría la puerta le lanzaba a los brazos un niño que lloraba y comenzaba a relatarle una letanía de los desafíos del día (¡sin dudas él esperaba con ansias llegar a casa!). No es un consejo de matrimonio que le daría a nadie, pero es una conducta demasiado común y muy difícil de resistir. Por eso me gustó una idea que leí en The Five-Minute Journal.

Brad Einarsen se dedica al marketing social y describe su estrategia para lograr la felicidad. Esta parece ser el polo opuesto de lo que yo acostumbraba. Él era quien llegaba a casa al final del día, pero en verdad no importa quién desempeña ese rol o si ambas partes desempeñan ambos roles. Lo importante es la actitud.

Aunque Einarsen afirma que él instituyó esta conducta cuando pasó por una época difícil, no debería limitarse a eso. Puede aplicarse prácticamente en todas las circunstancias. Lo primero que él hacía al llegar a casa después del trabajo era decirle a su esposa lo mejor que le había pasado ese día. Sí, leíste bien: lo mejor, no lo peor, ni siquiera algo mediocre. Lo mejor.

Nada de quejas sobre el jefe o los compañeros de trabajo. Nada de frustraciones laborales, finanzas o cosas de la casa que hay que reparar (otra de mis debilidades). Nada de descripciones sobre las conductas difíciles de los niños.

Sólo lo mejor. Puede ser algo simple. Un compañero de trabajo que alabó tu esfuerzo. Tu jefe te dijo hola en vez de cerrarte la puerta en la cara. Tuviste cinco minutos para tomar tu café en vez de verte inundado de emails y llamadas. Todos podemos hacer una lista. A todos nos pasan cosas buenas. Cosas pequeñas, nada dramáticas. Pero de todos modos cosas buenas.

Comenzar por esto cambia nuestra actitud y nos sentimos más felices. También cambia nuestras relaciones. Nos reunimos con nuestra pareja en un espacio alegre y no en uno deprimente; nos unimos en nuestro placer y no en nuestras frustraciones. Podemos enfrentar el mundo (y a esos niños difíciles) con más energía y optimismo.

Me encanta leer sobre las pequeñas acciones que marcan una gran diferencia. Porque son reales y accesibles. Es algo que todos podemos hacer.

Aunque cuando mi esposo llega a casa ya no le paso a un niño con el pañal sucio y las palabras “tu turno”, de todas formas puedo trabajar sobre mi actitud. No siempre lo saludo con historias inspiradores de alegría y bondad. (En raras ocasiones) puedo atacarlo con mis relatos de experiencias negativas, de personas que me molestaron y situaciones que me frustraron.

Pero no voy a empezar más así. Quizás si no empiezo allí, tampoco terminaré allí. Porque la actitud positiva nos ayudará ambos y evitará la necesidad de esa discusión negativa.

Estoy agradecida con Brad Einarsen por compartir su experiencia y su sabiduría. Ahora sólo tengo que trabajar para cambiar mi enfoque. Como tomo una taza de café cada día, supongo que podría empezar con eso…