Tengo una amiga que es una persona muy especial. Cuando ve una necesidad, ella actúa sin fanfarrias y realiza el trabajo. Innumerables personas son los receptores de su bondad y consideración. Ella no pide ninguna recompensa o pago a cambio y simplemente opera motivada por verdadero amor al prójimo. Soy afortunada de conocerla.

Y si bien ella no busca o ni siquiera espera gratitud, ella me contó una alarmante historia el otro día. Ella escuchó de una familia en donde el padre —el principal sostén de la familia— había caído enfermo y su esposa se vio obligada a tomar su lugar. Entre ganarse la vida y cubrir las necesidades más básicas de la familia, su casa se convirtió en un desastre. Nadie tenía ni el tiempo ni la energía para ocuparse de incluso la limpieza más rudimentaria, mucho menos de las tareas más difíciles. La situación se deterioraba cada vez más.

Este es el tipo de situación en que mi amiga intercede e intenta ayudar. Ella juntó algo de dinero, contrató a algunas personas y, con esponja y trapo en mano, procedieron a limpiar la casa de arriba para abajo. Tomó algunos días atravesar las capas de suciedad. Pero eso no fue suficiente para mi ferviente amiga. Ella cubrió las recientemente limpias paredes de la casa con capas de pintura fresca.

Mi amiga, además de ser una mujer justa, es un ser humano después de todo y ella esperaba ansiosamente la reacción de esta familia y de sus hijos cuando vieron los resultados de todo este esfuerzo.

Ella estaba completamente sorprendida cuando la respuesta fue una decepcionada crítica. “No me gusta el color de las paredes en la cocina”, se quejó la madre y sus hijos siguieron su ejemplo. “El azul en mi habitación es demasiado claro; el rosado de la mía es demasiado oscuro”. Y así siguieron.

Mi amiga estaba sorprendida y quedó sin habla. ¿Qué salió mal aquí?

Si bien no hay excusa para el mal carácter demostrado por esta familia, yo ofrezco una posible explicación. Quizás ellos se sentían avergonzados de que su casa estaba tan sucia, de que aparentaban ser tan incompetentes. Quizás se sintieron humillados por no tener los recursos financieros necesarios, humillados porque alguien externo había visto su verdadero estado y había atestiguado que estaban muy necesitados.

Aunque mi amiga tuvo buenas intenciones y trabajó duro, quizás ella había sido, sin querer, una ‘fuente de dolor’ en vez de ‘placer’.

No lo sé. Quizás ellos eran simplemente personas superficiales con mal carácter. Pero eso me parece poco probable.

Realizar actos de bondad de la forma correcta es complicado, pero creo que robarle a las personas el control sobre sus circunstancias físicas termina haciéndolos sentir más empobrecidos.

Las buenas intenciones no son suficientes. Debemos averiguar no sólo lo que alguien necesita, sino también lo que quiere.

La verdadera bondad requiere reflexión y estrategia, no solamente esfuerzo. Debe ser lo que el beneficiario quiere recibir y no solamente lo que el donante quiere entregar.

Y por sobre todo, la dignidad y el auto respeto del receptor debe mantenerse a toda costa. Esta lección, aprendida a través de horas de limpieza, ciertamente valió el precio…