Ni siquiera puedo recordar cuándo fue la primera vez que oí la idea de tener un “diario de gratitud” —una pequeña libreta o diario donde uno puede registrar las cosas por las que está agradecido—, pero fue hace mucho tiempo. Pasé muchos años sintiéndome culpable porque pensaba que realmente debía contar mis bendiciones y registrarlas, pero no lo hacía. Algo me bloqueaba. Había alguna barrera psicológica.

Un día esa barrera simplemente desapareció. Quisiera poder darme crédito por ese cambio. Me gustaría poder describir un acontecimiento místico e inspirador, una epifanía, o contarles una historia increíble sobre la confluencia de eventos que me llevaron a esa decisión.

Pero simplemente fue un cambio silencioso. Un día no podía hacerlo; al día siguiente sí pude.

Entonces elaboré un plan: cada día escribiría cuatro cosas por las que estaba agradecida y (he aquí la dificultad), no se podían repetir.

Mi gratitud es significativa porque tengo que pensar en ella. Tengo que recordar qué escribí en el pasado para no repetirlo, lo que me permite volver a sentirme agradecida. Realmente tengo que reflexionar, analizar mis días y mis experiencias para asegurar que mis pensamientos son frescos, que mantuve mi compromiso de no repetir.

Ha sido un ejercicio maravilloso. En verdad amplió y profundizó mi sentido de gratitud, y espero que escribir sobre esto no disminuya mi entusiasmo.

Pero hoy pensé en otra aplicación importante de esta estrategia. Por supuesto, expresar apreciación a Dios es la mayor gratitud posible. Pero, ¿qué pasaría si aplicara esto con mi esposo? ¿Qué pasaría si cada día intentara pensar en una nueva razón para estar agradecida hacia él y por él? ¿Acaso eso no mejoraría nuestra relación? ¿No nos acercaría? Si funciona con Dios, sin dudas puede funcionar con nosotros.

Quizás podría aplicarlo también a mis hijos. En vez de encontrar una razón diaria (o a cada hora) para sentirme irritada, quizás podría dar un paso hacia atrás y pensar en las razones que tengo para estar agradecida por ellos y volver a valorarlos nuevamente cada vez. Ellos se sentirían más comprendidos y amados. Nuestra relación experimentaría un cambio cualitativo.

Estoy agradecida por mi “diario de gratitud” (no pude resistir decirlo), por el enfoque y la cercanía que brindó a mi relación con Dios y por la perspectiva que me dio en todas mis relaciones. Sólo espero que ahora que se convirtió en un hábito, no experimente otro cambio silencioso en la dirección equivocada…