Sonó el timbre. Luego golpearon la puerta. Aunque estaba trabajando en el estudio del segundo piso, bajé las escaleras corriendo. "Debe ser un paquete", pensé. Ni siquiera recordaba haber pedido algo, pero de todos me deleitó la posibilidad. Casi es más divertido cuando no te acuerdas lo que compraste; es como recibir un regalo inesperado.

Llegué rápidamente a la puerta, con miedo a que se fueran, y la abrí de par en par. Pero del otro lado de la puerta me saludó un judío que recolectaba tzedaká. Sí, me decepcioné. No sólo porque no había llegado el anticipado objeto (¡fuera lo que fuera!), sino también, lo confieso, al ver al recolector. Incluso pensé: "Si por lo menos no me hubiera apurado tanto; si tan sólo no hubiese abierto la puerta".

Diligentemente di mi contribución. Con cortesía, pero poco entusiasmada. El recolector, por su lado, me llenó de bendiciones. Me sentí avergonzada.

¿Por qué la persona necesitada podía mantener una perspectiva tan positiva? ¿Por qué yo, supuestamente la más "afortunada", estaba tan triste y resentida? Era hora de mantener una conversación interna, de cambiar de perspectiva y reformular mi visión de la vida.

En primer lugar, ni siquiera estaba segura de haber pedido algo. Esto en el nivel más básico y practico. En segundo lugar, incluso si hubiera comprado algo, ¿realmente pienso que una cosa material merece semejante nivel de emoción? ¡Ni siquiera en un día tan aburrido! Yo sabía que era sólo un objeto, algo que eventualmente se perdería o sería regalado…  Definitivamente no era algo que me daría significado, bendición, alegría o algún beneficio espiritual.

En tercer lugar, ¿me había distanciado tanto de las necesidades de los demás como para no sentir empatía con el dolor de otro, para considerarlo un inconveniente o una interrupción, en vez de una oportunidad de dar, de compartir, de alentar? En cuarto lugar, ¿había olvidado a tal grado mi propósito en la vida, mi necesidad y deseo de emular a Dios, cuya característica más básica es la bondad? ¿En qué estaba pensando?

Nos distraemos. Nos ocupamos. Nos vemos abrumados. Y nos volvemos olvidadizos. Olvidamos nuestros objetivos. Olvidamos nuestra humanidad. Olvidamos la humanidad de los demás. Olvidamos nuestro propósito. Olvidamos nuestro deseo de ser como Dios. Y, lo peor de todo, olvidamos nuestra necesidad y el placer de conectarnos con Dios, de forjar una relación personal con el Creador del mundo.

Al menos sé que fallé. Al menos puedo ver cuán equivocada estaba. Al menos aún retengo una mínima conciencia de mí misma. Por lo menos quiero ser mejor. Bueno, que suene el timbre. Voy a sonreír (genuinamente) para saludar a todos mis hermanos con amor y generosidad. Hay regalos realmente inesperados y brinda un enorme placer entregarlos. El crecimiento y la cercanía a Dios que ganamos al dar a los demás durará mucho más que un paquete inesperado.