La “Mamá Tigre” estuvo super de moda hace algunos años. El concepto, que se basa en el libro del mismo nombre escrito por Amy Chua, se enfocaba en los estrictos métodos disciplinarios de las madres chinas y la forma en que éstos preparaban a los niños para el éxito en el futuro. Tiene sus oponentes y detractores, pero a todos nos hizo preguntarnos si éramos lo suficientemente buenos.

Pero escuché una historia en un contexto completamente diferente el otro día que me hizo pensar que hemos aplicado el apodo demasiado a la ligera, que hay otras madres cuyas acciones verdaderamente las califican para el título de “Mamá Tigre”, y cuyas admirables conductas no podrían tener detractores.

El padre de un amigo nuestro falleció recientemente. A los 94 años, él era un sobreviviente del Holocausto y escuché parte de su historia en la shivá. Lo más importante, escuché sobre su madre. Ellos estaban en un tren hacia Auschwitz juntos. Sabiendo el destino que les esperaba, planearon un escape. A medida que el tren bajaba la velocidad, rompieron una ventana y saltaron. Luego se regresaron corriendo y se escondieron, clandestinos, en el gueto de Lodz.

Esa es una verdadera Mamá Tigre, una madre que tiene la valentía y determinación de saltar de un tren con su hijo y enfrentar lo desconocido. Dado que ellos fueron deportados, no tenían tarjeta de racionamiento y por ende no tenían comida. Se escondieron bajo tierra y su hijo salía a buscar alimentos, a veces incluso entrando a escondidas a la panadería local para traer pan a casa para su madre. Por cuatro largos años, se escondieron y estuvieron seguros. Por cuatro largos años en los que ambos tuvieron que ser fuertes, en donde tuvieron que mantener su fuerza y su optimismo, en donde una vez más la perseverancia y determinación de su Mamá Tigre los ayudó a perseverar.

Pero para mí, la historia más impresionante de todas, la que me dio escalofríos e hizo brotar lágrimas de mis ojos fue la última historia que nuestros amigos contaron de su abuela. El escondite en el gueto fue descubierto en cierto punto y se encontraron una vez más en el tren hacia Auschwitz. A diferencia del viaje anterior, esta vez no se presentó ninguna oportunidad de escape y llegaron a la plataforma del inhumano campo y se enfrentaron nada más y nada menos que con el infame Dr. Mengele.

Al ver a la mujer, que se veía mucho mayor que sus años, él inmediatamente la envío a la izquierda, a una muerte segura en las cámaras de gas y luego a los crematorios. Pero a su fuerte y robusto hijo, Mengele lo mandó a la derecha, destinándolo a labores de trabajo.

Ese niño —el padre de nuestro amigo— no pudo soportar ser separado de su madre y corrió a unirse a ella en la fila. Y, en lo que probablemente fue el acto más valiente de su vida, ella abofeteó a su hijo y lo empujó de regreso a la otra fila.

Esa es una verdadera Mamá Tigre. Esa es una mujer que, a la hora de la verdad, no solamente piensa en sus hijos, sino que es capaz de dejar de lado todos los intereses personales y hacer lo que es bueno para ellos. No se trata de educación, carrera o éxito material. Se trata del regalo de la vida misma, se trata de poner las necesidades de tus hijos antes que las propias, de poner sus vidas antes que la tuya. Y de estar dispuesta a sacrificarlo todo para darles una oportunidad a tus hijos.

Estoy segura de que hubo muchas madres como la abuela de nuestro amigo, mujeres que tuvieron que tomar terribles y valientes decisiones bajo estas horrorosas circunstancias. Ser testigo a lo largo de la historia judía de las madres de nuestro pueblo que estuvieron dispuestas a sacrificarlo todo por el bien de sus hijos —desde nuestras matriarcas hasta nuestro abuelos y bisabuelos en Rusia, que enviaron a sus hijos a América para evitar pogromos o reclutamiento al ejército ruso— creo que podemos decir que sabemos quienes son las verdaderas Madres Tigre. El solo hecho de aspirar a llegar a ese nivel es un intimidante legado.