Viajar en avión solía ser tan glamoroso. Cuando yo era más joven, volaba rara vez y siempre era especial. Me sentía emocionada y hacía un esfuerzo por vestirme bien. Pero los viajes en avión han cambiado. Ahora es lo opuesto a glamoroso. Todos vuelan con sus pantalones de ejercicio, o incluso con pijamas. Hay largas filas e incluso los que se visten bien tienen que desvestirse en seguridad. En resumen, es una experiencia diferente.

Así que cuando planifiqué un viaje reciente, saqué mi camiseta vieja y mi falda harapienta. ¿A quién le importa cómo me veo? Voy a estar apretada detrás de alguien. Cuando intente comer, las migas probablemente cubrirán todo mi regazo. El vuelo entero será agotador e incómodo. ¿Para qué molestarme? Empaqué mi ropa para el viaje y dejé la camiseta y la falda afuera para la mañana. Estaba organizada y preparada.

Entonces llegó la mañana. Cuando estaba a punto de ponerme la camiseta, me detuve y pensé un minuto. ¿Con quién estoy viajando? La respuesta no fue: con los doscientos otros pasajeros del avión (aunque uno siempre debiera tratar de dar una buena impresión). La verdadera respuesta fue: con mi esposo. Al otro lado (donde el extraño no estará ocupando la mitad de mi asiento) él va a estar sentado. ¿Realmente quiero que mi esposo me vea con mi raída y vieja camiseta por las siguientes seis horas? ¿Es eso realmente hacer un esfuerzo para nutrir mi matrimonio?

No fue por la falta de glamour, la potencialmente grosera azafata o el pasajero hablador en el asiento de la ventana. Fue por mi esposo. Y por él, yo siempre quiero verme lo mejor que puedo.

Doblé mi camiseta vieja y la puse atrás (muy atrás) en el closet. Puse la falda en un gancho e hice lo mismo con ella. Luego saqué una tenida más linda y joyas que combinaban. Me puse un poquito de maquillaje y estaba lista para salir. Sí, el maquillaje (lo poquito que había) se borraría hacia el final del vuelo. Sí, mi falda más linda probablemente tendría migajas en ella (¡e incluso un poco de mayonesa picante del sushi que llevamos de almuerzo!). Sí, estaré cansada y agotada y no me veré muy bien en el momento del aterrizaje. Pero ese no era el punto. Al cambiarme mi tenida estaba dándole un mensaje a mi esposo: tú eres importante para mí. Tú en realidad eres el más importante para mí. Quiero verme bonita para ti. Vale la pena un poco de sacrificio e incomodidad para lograr esto. Y yo creo que él escuchó el mensaje fuerte y claro (¡aunque tuve que mencionar que me vestí mejor para él!).

Pero por supuesto esto no aplica solamente para cuando viajamos. Esta lección es importante todo el tiempo, día tras día. Yo debería tratar de verme lo mejor posible para él, sin importar cómo me veía diez minutos antes de que él llegara a casa. Es mi responsabilidad.

Y es tan difícil. Yo sé que al final de un día largo, una solamente quiere ponerse su bata y relajarse. La ropa puede ser tan restrictiva e incómoda. Pero no lo hago, porque mi comodidad no es la meta principal aquí. El mensaje para mi esposo lo es. Tú eres el más importante para mí. Y a pesar de que estoy cansada, gruñona y sobrepasada, nunca quiero dejar de comunicarte eso. Nunca quiero dejar de darte a ti y a nuestro matrimonio la atención que se merece.