Mi casa está completamente dada vuelta. Hay toallas de playa con arena y toallas de baño empapadas de los nietos, ¡incluyendo a aquellos que viven en la ciudad pero aún así decidieron bañarse en mi casa con sus primos que no viven aquí!

Hay platos sucios del desayuno en la mesa, platos limpios afuera en anticipación del almuerzo, y carne descongelándose en el mesón para la cena (sí, ya sé que hay un riesgo de salud involucrado; no la voy a dejar afuera demasiado tiempo). El cuarto de mi hijo adolescente está (muy) desordenado y hay ropa sucia de dos meses de campamento. Hay listas de compras para el regreso a clases y materiales repartidos por toda la casa y yo estoy a punto de ir al mercado, ¡tan pronto como resuelva en dónde voy a poner las compras! Me estoy preparando para un corto viaje fuera de la ciudad y mi esposo está haciendo sus complicadas preparaciones para un viaje más largo al extranjero. En pocas palabras, ¡hay un caos por aquí!

Algunas personas prosperan en medio del caos. Ellas aman el ajetreo, la acción en cada esquina, el desorden. Déjenme decir enfáticamente que yo NO soy una de esas personas.

Me gusta el orden y las reglas. Me gusta la rutina y la regularidad. ¡Me gusta que los libros infantiles estén en la repisa en orden numérico! Pero he aprendido a soltarme un poco, principalmente por tres razones.

La primera es práctica. A pesar de que le he dicho reiteradamente a mi esposo que él debería estar agradecido por mi naturaleza compulsiva ("¡tan solo imagínate como se vería la casa de otra manera!") él no está de acuerdo. Él no quiere sacrificar nuestro tiempo juntos para que yo pueda asegurarme de que todos los basureros se vacíen constantemente. Y él tiene razón (¡no le digan que lo dije!). Claramente nuestra relación tiene prioridad.

No es posible (sin ayuda puertas adentro) tener una casa impecable y pasar tiempo de calidad con mis hijos y nietos.

No es posible (sin ayuda puertas adentro) tener una casa impecable y pasar tiempo de calidad con mis hijos y nietos. Así que los estoy escogiendo a ellos. He aprendido a vivir en medio del caos porque es la única forma de vivir realmente. Y porque no quiero sofocar a mis hijos para satisfacer mi neurosis (¡aunque la pieza de mi hijo adolescente podría estar un poco más limpia sin dañar la autoestima de nadie!).

La segunda razón también es práctica, o deberíamos decir realista. Sencillamente no es realista esperar orden y rutina constantes. La vida no es así; es caótica y desordenada. Justo cuando la escuela finalmente comienza y comenzamos a visualizar un silencioso día a solas, la lavadora se rompe, uno de nuestros hijos tiene dolor de estómago y nuestra amiga tiene una crisis familiar y necesita nuestra ayuda. La rutina está en segundo plano ante las necesidades físicas y emocionales de nuestra familia y amigos. ¡Siempre estamos esperando que la vida regrese a lo "normal" en vez de quizás aceptar que eso no existe!

La tercera razón es la más profunda y más filosófica. Una vida de orden crea la ilusión de una vida de control. Tanto como el caos amenaza nuestro sentido y deseo de control, una vida regulada lo promueve.

Nos sentimos a cargo, por encima de las cosas. Pero, como dije, es solamente una ilusión. No estamos en control, ya sea que los libros estén alineados o no. Dios está manejando el espectáculo y a veces necesitamos recordatorios. Una casa caótica es una forma simple e indolora de reforzar esa lección.

Con este reconocimiento interiorizado, nuestra necesidad de orden disminuye, aunque ciertamente no desaparece. Yo aún necesito una casa relativamente limpia. Me libera, y así, puedo concentrarme y ser productiva. Pero el aspecto compulsivo es un reflejo de ansiedad y falta de confianza en Dios. Es esa molesta necesidad de control. Enfocarse en el hecho de que Dios está a cargo me permite respirar nuevamente. Me deja pensar y funcionar con mayor tranquilidad mental, incluso en medio del caos. Solamente tengo que meter una carga más de toallas a la lavadora…