Finalmente, un grupo de terapeutas hacen lo que yo siempre supe que era correcto. De acuerdo a Elizabeth Bernstein, columnista del Wall Street Journal, hay toda una nueva camada de terapeutas que se rehúsan a soportar quejas. Ellos simplemente no les permiten a sus clientes volver una y otra vez al mismo tema (mientras los terapeutas simplemente dejan de poner atención). Ellos están estableciendo límites de tiempo para discutir temas recurrentes, y están alentando a sus clientes a imaginar una vida sin quejas.

Los días de escuchar pasivamente y la aceptación incondicional se han ido. ¿Por qué? No porque esto vuelva locos a los terapeutas (¡aunque me imagino que eso influye!), sino porque en realidad no es bueno para el cliente.

Así como un cliente consciente de sí mismo lo expresó, “Cuando recibo amor incondicional de mi terapeuta, no me siento forzado a cambiar”. Sí, aceptar las quejas imposibilita el crecimiento. Aceptar la versión negativa de la narrativa les permite a los clientes revolcarse en autocompasión en vez de actuar de forma diferente. Fomenta una visión sombría y pesimista de la vida.

Y así como todos lo saben, y así como estos terapeutas lo mencionan, esto arrastra hacia abajo a todos alrededor de ellos. De hecho, como una esclarecedora herramienta para desalentar la queja, uno de los terapeutas sugiere que los quejosos se pregunten a sí mismos "¿Me gustaría estar con esta persona?". Es una buena pregunta para que todos reflexionemos…

Esta es una nueva estrategia productiva para ayudar verdaderamente a la clientela. Y es una experiencia de aprendizaje para todos nosotros, ya sea que nosotros seamos los quejosos (todos lo somos a veces) o aquellos que posibilitan las quejas (a veces, todos somos de esos también).

Como amigos (o cónyuges, o padres, o hijos) de quejosos, puede que estemos operando bajo la ilusión de que escucharlos quejarse es una forma de bondad y compasión. Esto es cierto si quejarse es una ocurrencia infrecuente. Todos tienen momentos en los que solamente necesitan ventilarse. Sin embargo, esto NO es cierto si las quejas son una ocurrencia regular. Escuchar las quejas y ser empático con sus problemas solamente los anima a continuar quejándose y a fomentar sus reclamos.

La mayor bondad sería rehusarse a escuchar, animarlos a decirte una cosa buena que ocurrió ese día, o generar una regla limitando la conversación solamente a comentarios positivos.

¿Conoces a alguien que encuentra algo malo en su comida cada vez que sale a cenar? Quizás si sus amigos se rehusaran a ir a un restaurante con él, su conducta cambiaría. E incluso si no cambia, al menos sus amigos no tendrían que soportar sus quejas.

Es fácil tener perspectiva cuando alguien más es el quejoso. ¿Pero qué pasa si ese quejoso somos tú y yo? ¿Acaso estamos reportando a nuestros amigos solamente las ocurrencias negativas del día? ¿Esperamos ansiosamente que nuestra pareja llegue a casa para llenar sus oídos con nuestros reclamos, para darle una larga lista de todas nuestros desafíos y adversidades, una prolongada queja sobre como nada nos sale bien?

¡Eso definitivamente no despierta los sentimientos de amor de nuestra pareja o los anima a llegar a casa temprano!

Enfocarse en lo negativo, protestar y quejarse sobre eso es un mal hábito. Y como todos los hábitos, no es fácil de romper. Hacerlo requiere determinación, convicción y fuerza de voluntad. Y claridad sobre la naturaleza destructiva de la conducta.

Tenemos una mitzvá de servir a Dios con alegría. Y sí, esa alegría es difícil de conseguir. Pero al menos podemos comenzar por intentar servirlo a Él sin quejarnos.