“¡No! ¡De nuevo el coronavirus no!”, se quejó uno de mis hijos cuando nos sentamos a cenar. “¿No podemos hablar de otra cosa?”.

“No es que no podamos, es que es muy difícil concentrarse en cualquier otra cosa”, le respondí. No porque haya nueva información o algo nuevo para compartir. Simplemente es difícil evitarlo. Como les ocurre a muchos, mis emociones recorren todo la gama, desde la calma a la histeria y viceversa.

Aunque por lo general logro evitar llegar a estar demasiado ansiosa por el tema (en gran medida porque tengo tantas ansiedades que no queda lugar para una más), el constante aluvión de noticias, de publicaciones en Facebook (sí, ya sé que tengo que mantenerme lejos) y de otros lados tiene un impacto.

También está el aspecto personal. Esta semana se cancelaron dos fiestas de compromiso de hijos de amigos. El último semestre universitario de mi hijo pasó a tener lugar en línea en medio de despedidas llenas de lágrimas. La agonía por los pasajes de avión para que mis hijos vengan en Pésaj y para mi marido y para mí para ir a visitar a mi madre en Canadá inmediatamente después de Pésaj… Como dije, es difícil escaparse de la sombra de la enfermedad. Requiere un esfuerzo consciente.

Sin mencionar que en el hospital en donde mi marido trabaja como consejero voluntario les ordenaron (no les pidieron, les ordenaron) a todos los voluntarios de más de 60 años que no vayan. Los viajes a Israel que él coordina quedaron suspendidos. Y definitivamente no es un buen momento para recaudar fondos, sin importar cuán importante sea la causa. Sus días se invirtieron por completo. Mientras tanto, yo me balanceo entre dar clases, porque debemos seguir estudiando, y cancelarlas porque no quiero diseminar la enfermedad. Ya sé que existe zoom, pero no creo que eso funcione para mí. A menos que sea absolutamente necesario…

También es adecuado ser prácticos, abastecerse de ciertos productos básicos, si es que todavía hay en los comercios. Mi esposo quiso que comprara algunos alimentos básicos como arroz y pasta. Lo miré como si se hubiera vuelto loco. “¿Quieres que compre jametz y kitniot cuando falta tan poco para Pésaj? Estoy tratando de terminar lo que hay en casa, ¡no traer más!”. Sin embargo, en medio de la incertidumbre (y en pos de la paz hogareña), compré algunas latas y paquetes de esos productos.

¿Acaso los preparativos sólo nos hacen sentir mejor, como si estuviéramos haciendo algo al respecto, como si tuviéramos algo de control, o realmente se trata de una respuesta práctica y apropiada? Es difícil saberlo…

Con toda la incertidumbre que hay en el aire, con los hechos y los riesgos un poco elusivos, es difícil saber cómo comportarse. Todos parecemos estar parados al borde de un abismo, dudando respecto a la manera segura de atravesarlo. Pienso que la única respuesta es confiar en mi ya corroborada posición: “Dios dirige el mundo”. Siempre lo hizo y siempre lo hará. Y en caso que tengas alguna duda al respecto, ahora Él ya lo ha demostrado claramente.

Eso no responde realmente a mi pregunta respecto a cuántas botellas de agua o cuánto papel higiénico comprar (los estantes vacíos en los supermercados la responden por mí), pero ayuda a mi actitud emocional y psicológica. Yo no tengo el control. Puedo tomar precauciones razonables (como siempre hacemos en la vida) y el resto está en Sus manos. Este es un mantra que ya repetía con frecuencia a lo largo del día y sigue siendo cierto. Simplemente incrementé la frecuencia de mis repeticiones.

Dios dirige el mundo, esto no es sólo una expresión. Y en verdad todo está en Sus manos. Por cierto no quiero contagiarme del virus, aunque asumo que muchos eventualmente lo tendremos. Tener más de 60 años definitivamente incrementa el riesgo, tal como ocurre con otras enfermedades. La vida es un riesgo y no soy tan valiente ni optimista aunque diga esa aparente obviedad. Pero en verdad no tenemos otra opción más que creer o no creer, aceptar que Dios dirige todo o no. Me preocupa el coronavirus, pero también me preocupa la forma en que la gente conduce en la calle principal, cuando pasan el semáforo en rojo y las señales de detención cuando salgo a caminar con mi marido cada noche.

Después de ser realistas sobre las protecciones que debemos implementar, la elección es vivir o no una vida de ansiedad. A veces me hundo en lo último, pero trato de salir con mi constante recordatorio: “Dios dirige el mundo. Dios dirige el mundo”. Al parecer, este reconocimiento es la mejor medicina disponible.