Ay, el estrés de lo desconocido. “Si sólo supiéramos cuándo va a terminar esta pandemia, podríamos aceptarla y hacer planes”, nos decimos. “Si supiéramos cuándo va a haber una vacuna; si supiéramos si puedes enfermarte dos veces; si conociéramos todas sus mutaciones; si conociéramos todos los riesgos…” Si… Si… Si…

Las implicancias de esta forma de pensar pueden ser problemáticas. Si lo examinamos cuidadosamente, comprenderemos que esto sugiere que dado que no sabemos nada con claridad, entonces obviamente no podemos aceptarlo ni podemos hacer planes.

Gracias a la enorme oportunidad de pensar que tenemos en estos días, pensé un poco sobre esta idea y busqué cuál es su error fatal. Porque la vida, por supuesto, tiene muchas cosas desconocidas y el coronavirus es sólo lo último en una cadena de cosas relativamente pequeñas y más grandes. No sabemos qué van a estudiar nuestros hijos, qué oportunidades tendrán en sus carreras, cuán estables serán esos trabajos, cuántos hijos tendremos, cómo serán sus personalidades, sus fortalezas y sus debilidades… Una vez que empezamos, la lista es interminable.

Constantemente nos enfrentamos con lo desconocido, en algunas situaciones con más éxito que en otras. No hay nadie que se haya enfrentado más, más tiempo ni con mayor diligencia con lo desconocido que el pueblo judío. Cada mañana, en nuestras plegarias, afirmamos nuestra creencia en la llegada del Mashíaj y específicamente declaramos que a pesar de que lleve mucho tiempo (de hecho, ¡miles de años!, un poco más que nuestro actual aislamiento), seguiremos esperando su llegada cada día, de forma inminente. Crecimos midiéndonos con lo desconocido como una forma de arte.

¿Cuál es el secreto aquí que puede ayudarnos en las circunstancias actuales? Creo que una de las principales cualidades que todos necesitamos trabajar es la paciencia. No me refiero a la clase de paciencia con la que uno mantiene la mano fuera de la bocina aunque el semáforo se haya puesto en verde (uno de los grandes beneficios de la cuarentena: no hay tráfico ni peleas en las rutas. ¡Siempre podemos encontrar alguna bendición!). Tampoco me refiero a la paciencia de no gritarles a tus hijos o a tu esposo porque dejaron sus platos del desayuno, del almuerzo y de la cena en la mesa, aunque en estos días también necesitamos esta clase de paciencia. Me refiero a algo más profundo. Me refiero a reconocer que como pueblo y como individuos estamos en esto a largo plazo (con esto me refiero a la vida).

Suena un poco new-age, pero realmente se trata del camino, no del destino, no del objetivo. Si realmente podemos entender e internalizar este concepto, eso haría una enorme diferencia en nuestras vidas. La vida no es una serie de obstáculos que debemos superar en el camino para llegar a un objetivo. Tampoco estamos atrapados en una sala de espera hasta obtener lo que deseamos, o lo que pensamos que deseamos. La vida ocurre ahora mismo bajo las condiciones en las que nos encontramos. Aceptar esto libera mucha tensión, mucha frustración, muchas quejas respecto a lo que “no debería ser así”.

No digo que sea fácil, pero esta aceptación, esta paciencia, es el eje de lo que significa tener una relación con Dios y reconocer que el mundo opera de acuerdo con Su agenda, no con la mía. Claramente Él sabe mucho más que yo respecto a dirigir el mundo, así que teóricamente dejar las cosas en Sus manos debería ser muy liberador.

Tenemos que comenzare por dejar los “debería” y “necesito” que dirigen nuestros pensamientos. Ya me deberían dejar salir. Necesito ver a mis amigas. Los parques deberían estar abiertos. Necesito una manicura. Los niños necesitan estar en la escuela.

Si lo enmarcamos como deberes y necesidades, entonces vivimos en un constante estado de frustración y cada nuevo anuncio respecto al aislamiento trae más decepción. Si vivimos en un estado de aceptación, inspiramos profundamente y buscamos la forma de aprovechar al máximo la situación.

Tanto si vivimos en un lugar que está casi abierto o principalmente cerrado, nada retornó a lo que era en los días previos al coronavirus. Nada retornó a lo “normal”, y quizás nunca vuelva a ser como era. La “nueva normalidad” puede ser mejor que la antigua.

Nuestra tarea es aceptarlo. Ser pacientes con cualquier situación en la que nos encontremos. Aceptar que eso es bueno para nosotros en este momento y que nos abre toda clase de oportunidades que nunca imaginamos. Siempre es una opción. ¡Podemos seguir teniendo nuestros momentos! Pero si nuestro pueblo pudo esperar al Mashíaj durante tanto tiempo con nuestra esperanza intacta, sin dejar de ser productivos y de trabajar sobre nuestra relación con Dios, entonces por cierto podemos encontrar los recursos internos no sólo para enfrentar nuestra situación actual sino también para movernos a través de ella con calma y paciencia.

Como con cualquier desafío de la vida, la clave es focalizarnos en las oportunidades y las bendiciones que tenemos y no en las que deberíamos tener, las que necesitamos tener o las que desearíamos tener.