Mi madre a menudo nos decía: "Su padre es brillante. Siempre es la persona más inteligente en todos lados".

Era muy agradable ver que mi madre puso a mi padre en un enorme pedestal, pero siempre descarté sus comentarios como una hipérbole.

Tuve que sentarme siete días en shivá por mi padre, que falleció en Pésaj a los 88 años, para llegar a descubrir que ella tenía razón. Al leer numerosos emails de sus colegas, escuchar historias de la familia más extensa, y tomarme el tiempo para mirar hacia atrás la vida de mi padre, el Dr. Harvey Coopermith, llegué a valorarlo aún más.

Mi padre creció en un pequeño departamento de dos habitaciones arriba de la tapicería de mi abuelo, en Toronto. Él dormía en el sillón del living y sus dos hermanas ocupaban la segunda habitación. Hasta que se casó, nunca tuvo su propia cama.

Después de graduarse con grandes honores de la escuela secundaria a finales de los años 40, mi padre (un alto y apuesto jugador de básquetbol), fue a estudiar medicina en la Universidad de Toronto. Tenía 17 años. Tuvo que hacer una pasantía un año más porque la facultad de medicina consideró que era demasiado joven para graduarse de médico.

Mi padre fue un gran jugador de básquetbol. Él es el que tiene la camiseta con el número 6, en la fila de abajo, el segundo desde la derecha.

Se destacó en la facultad de medicina y ya entonces comenzó a ganarse una reputación por tener un agudo sexto sentido para diagnosticar enfermedades.

Mi padre conoció a mi madre, Myrtle, cuando ambos trabajaban en un sitio de veraneo. Mi padre era el maître. Se casaron cuando tenían 20 años.

Trabajó como médico de familia hasta que él y mi tío, el Dr. Norman Kerbel, decidieron regresar a la universidad para especializarse en endocrinología. Ellos hicieron un acuerdo: uno regresaría a estudiar mientras el otro mantenía a ambas familias, y luego cambiarían los roles. No era algo sencillo, considerando que mis padres tenían cinco hijos y mi tío tenía cuatro. Ambos cumplieron con su parte del pacto.

A pesar de su brillantez, era cálido, accesible y sumamente humilde. Durante los 64 años que trabajó como médico tuvo un solo objetivo: ayudar a la gente.

Mi padre se unió al equipo médico del hospital York-Finch en 1970, y allí desempeñó diversos roles de liderazgo, incluyendo jefe de equipo, jefe de medicina y director de medicina nuclear. Durante los 64 años que trabajó como médico tuvo un solo objetivo: ayudar a la gente. A pesar de su brillantez, era cálido, accesible y sumamente humilde, un líder digno que entendía que la compasión y el entendimiento hablaban más fuerte que la fanfarronería y el engreimiento.

Un colega escribió: "La perspicacia médica y el conocimiento global de Harvey eran incomparables. Siempre lo recordaré como el mayor estadista en las rondas médicas de los jueves en York-Finch. Él sabía el diagnóstico correcto después de leer las primeras líneas de una historia clínica y era un mentor para todos los médicos del hospital respecto a la amplitud de la condición humana". Otro colega afirmó que era una "leyenda".

Cuando un amigo de la familia experimentó terribles dolores de espalda, los médicos pensaron que sufría de un cáncer terminal. Mi padre preguntó: "¿Estuvo recientemente en el dentista? Puede tratarse de una infección causada por una bacteria que entró en las encías, viajó por su sangre y se instaló en sus vértebras". Resultó que mi padre tenía razón. Lo único que esa persona necesitaba era antibióticos.

Mis padres, Harvey y Myrtle Coopersmith

Quizás fue en mérito de su espíritu desinteresado que pudo sobrevivir a la catastrófica ruptura de un aneurisma de la aorta abdominal cuando tenía 58 años. Él planeaba viajar y había dejado una serie de cintas de dictáfono que por error fueron borradas. Al quedarse hasta más tarde en su oficina para volver a grabarlas (de lo contrario hubiera estado dentro de su automóvil en medio de la carretera regresando a casa), se desplomó y logró llamar a la recepción del hospital. "Vengan a buscarme rápido". El equipo de emergencias médicas llegó unos pocos minutos más tarde y encontró a mi padre sufriendo una hemorragia interna masiva. Que recibiera en su oficina atención de inmediato ayudó a que lograran estabilizarlo y salvar su vida. Gracias a Dios, mi padre superó una cirugía sumamente complicada y sobrevivió. Incluso logró vivir seis años más que mi vigorosa madre.

A pesar de sufrir de una serie de enfermedades (colitis, una colostomía, y diabetes por nombrar algunas), nunca pronunció ni una palabra de queja. Y esto no es una exageración. Era un luchador con todas las letras. Estaba decidido a hacer el difícil viaje a Israel para visitar a mi familia y a la de mi hermano lo más a menudo que fuera posible, acompañado por mi hermana y mi cuñado y asistentes a tiempo completo. Nada le daba más placer que estar rodeado por un enjambre de nietos y bisnietos, comiendo helado en Jerusalem.

Fui testigo de su decisión y fuerza interior a pleno cuando falleció mi madre. En ese momento mi padre tenía 82 años y sufrió tres golpes simultáneos: la muerte de su esposa (estuvieron casados 61 años), mudarse a un pequeño departamento en un centro de residencia asistida, y un nuevo trabajo. El hospital que él había ayudado a construir estaba cerrando y transformándose en un nuevo hospital de última generación, el hospital Humber River. Mi padre no podía pasar por una intensa curva de aprendizaje para continuar trabajando en medicina nuclear y dominar la tecnología moderna.

En Israel con algunos de sus bisnietos.

En ese punto, la mayoría de las personas simplemente se hubieran jubilado. Pero no mi padre. Sin inmutarse, logró aprender las nuevas y complicadas metodologías y trabajó tres años más, hasta que sufrió una caída y ya no pudo conducir.

Cuando falleció, el Hospital Humber River envió un tributo a todo el equipo diciendo: "Es difícil poner en palabras lo que significó su servicio para los miles de pacientes que él vio y diagnosticó a lo largo de los años y el gran servicio que brindó a nuestro hospital… Él fue mentor de muchos jóvenes médicos y sus colegas siempre le tuvieron gran estima. Los consejos y la guía que él brindó fueron incalculables y esto lo repitieron muchos de sus colegas que siguen activos en el hospital".

En la Unidad de Cuidados Intensivos que él ayudó a fundar, luchó con cada fibra de su ser para mantenerse vivo, e instruyó a los médicos que debían resucitarlo si era necesario. Él falleció en la noche de Pésaj, un momento auspicioso, dejando un legado de fuerza digna, compasión y bondad.

Y sí, mi mamá también era brillante.