Cuando dos personas se casan, su alegría se duplica, mientras que su pena se reduce a la mitad. Entonces, cuando se estaba acercando el cumpleaños 39 de mi esposo, pensé que sería divertido para los dos tener una celebración exclusiva. Una fiesta sorpresa sería perfecta.

Empecé a planear su fiesta mientras mi hermano estaba de visita. Hubiese deseado poder invitar a mi esposo para que nos ayudara con ideas, pero mantenerlo en secreto era toda la idea. Cuando mi hermano sugirió que la invitación dijera: “¡Ayúdenlo a celebrar mientras todavía puede soplar las velas de su pastel!”, comencé a reír - y tuve que disimular en seguida, cuando mi esposo entró en el cuarto, diciéndole que me estaba riendo por una historia sobre mis sobrinas. Me sentí incómoda, nunca le había mentido a mi esposo, y sentí que fue un comienzo extraño.

“¿Qué hicieron tus sobrinas?”, preguntó mi esposo con curiosidad.

Busqué una anécdota con desesperación. “Ellas, um… fingieron… um... ¡que eran caballos!”, improvisé, tragando saliva. Mi esposo me miró esperando la parte divertida. Recordé un verso del poeta inglés Sir Walter Scott: “¡Oh qué enmarañada red tejemos la primera vez que engañamos!”, mientras me enterraba más y más tratando de salir con una anécdota al menos un poco divertida.

Después de que mi hermano volvió a su casa, seguir sola con la planificación de la fiesta se tornó mucho menos divertido. Mi esposo adora la comida de medio oriente, por lo que decidí que ese sería el tema. Mi madre ofreció hacer baklavá para la fiesta. Pero su receta es con leche… ¿debería hacer la fiesta con carne o vegetariana? Esa noche me dirigí sin querer a mi esposo para pedirle su consejo - pero me detuve a tiempo. Lo miré sin saber qué decirle hasta que él, haciendo caso omiso de mis pensamientos, empezó a hacer otra cosa.

Cada vez que sentí la necesidad de abrirme a mi esposo tuve que reprimir el impulso.

Así fue como continuó. A cada paso que daba sentía la necesidad de contarle cómo iban progresando mis planes, y cada vez que sentí la necesidad de abrirme a él tuve que reprimir el impulso.

Incluso recurrí a un artificio. Mi esposo practica un deporte de equipos y quise invitar a sus compañeros, pero no tenía cómo contactarlos. “Cariño”, le pregunté una noche, “¿Cuál es la contraseña de tu correo electrónico?”. Traté de que sonara como si hubiese estado interesada en conocer su estrategia para elegir contraseñas. Y, como es muy inocente, cayó en la trampa. Yo estaba contenta de invitar a sus compañeros, pero planificar la fiesta ya no estaba siendo tan divertido. Me fui convirtiendo en uno de los espías de una novela de John Le Carre: cansada del mundo y hastiada de los secretos.

Casi todas las noches mi esposo me preguntaba cómo fue mi día. Yo había estado pensando en ideas sobre su fiesta sorpresa, pero no le podía decir nada. Empecé a encogerme de hombros y a decir: “bastante bueno”, y luego cambiaba de tema.

“¿No pasó nada hoy?”, preguntaba él, con mirada de sorpresa.

Me empecé a sentir aburrida y sola.

A medida que se acercaba la fiesta me enteré de la mejor noticia hasta el momento: los padres de mi esposo, que viven fuera de la ciudad, ¡iban a venir! Cuando mi suegra me dijo yo me entusiasmé muchísimo. Pero hubo un problema: por lo general, cuando vienen a la ciudad es una ocasión familiar muy especial, pero esta vez - nada. Ni planes, ni cenas, ni contarle a los chicos, ni ansiedad. Me sentí ridícula por mantener tal visita en secreto.

Y por fin llegó el día de la fiesta. Tengo una foto de mi esposo en la fiesta, y se ve increíblemente feliz. Sus ojos brillando, y hay una enorme sonrisa en su cara. Yo estoy a su lado, también sonriendo. Pero sólo yo sé que la expresión de felicidad en mi cara era casi de puro alivio. No más secretos, no más mentiras. Me sentí como una espía que había renunciado a su trabajo, para volver finalmente a una vida normal.

Hace poco mi esposo me dijo que alguien le había sugerido hacer una fiesta sorpresa para mi próximo cumpleaños. “No lo hagas” le dije. “Mejor vamos a comer afuera”.