Todos conocemos el estereotipo – un hombre tuvo un mal día en la oficina, llega a su casa y pierde la calma con su esposa e hijos.

Todo reconocemos que tan inapropiado es ese comportamiento, cuán absurdo es el traslado del enojo mal posicionado, la agresión y el dolor.

¿Pero somos inmunes a dicha acción? ¿Es posible que haya un poco de esto en cada uno de nuestros matrimonios? ¿Y que si no somos cuidadosos, los pequeños desgastes diarios llegarán a pasar un problema mayor?

Hay muchas situaciones que consideramos frustrantes: Desde un desagradable encuentro con un compañero de trabajo hasta una frustrante mañana esperando al plomero que no llegó a reparar la ducha. Desde la despreocupación de un largo viaje al trabajo hasta el impaciente conductor tocando la bocina y gritándonos obscenidades. De ser tratados en forma despreciativa por un jefe, a presenciar demasiadas peleas entre niños pequeños. De correr para completar un proyecto a última hora, a correr para preparar la comida a última hora, con todo tipo de interrupciones "triviales" en el camino.

La lista es interminable, el potencial de frustración infinito. Y ni siquiera mencioné las cuentas, los platos, la lavandería, la noche de reunión de padres obligatoria y banquetes de caridad...

Todos experimentamos muchos momentos estresantes en nuestra vida diaria, y es muy fácil sacarnos nuestras frustraciones con nuestras parejas. (Generalmente ejercitamos un poco más nuestro autocontrol cuando se trata de nuestros hijos, aunque no siempre).

Esto puede ocurrir de formas directas: pasando a los niños cuando están sucios y llorando o gritando. O en formas indirectas: disparando críticas constantemente, descargando toda la rabia que sientes hacia tu jefe en tu compañero, quien estás seguro que no va a devolvértela.

Estos son los tipos de comportamiento que lentamente se van comiendo el matrimonio. Estas son formas de actuar que van formando hábitos, y que tenemos que dominar antes de que lo logren.

Podemos ser completamente inconcientes. Podemos pensar que estamos justificados. Los niños han sido irritantes; Él tiene que hacer su parte. Su comportamiento ha sido desagradable, ¡objetivamente! La verdad no es una defensa. El fin es un matrimonio fuerte y saludable, no probar que tienes la razón. Y probablemente habríamos enfrentado de mejor manera estas formas de actuar, si no hubieran venido al final de un día fatigoso. Una vez más estamos dirigiéndonos a la dirección errada.

La vida nos presenta muchos desafíos. Los podemos enfrentar junto a nuestras parejas como un frente unido o podemos presentar batalla solos, desde lados opuestos del ring.

La vida nos presenta muchos desafíos. Los podemos enfrentar junto a nuestras parejas como un frente unido o podemos presentar batalla solos, desde lados opuestos del ring. Nuestras peleas pueden unificarnos, o pueden, Dios no quiera, destruirnos. Podemos apuntar con el dedo y culpar, o podemos unirnos en solidaridad y determinación.

Pensarás que la unidad sería la opción más fácil. Una mirada por el mundo sugiere lo contrario. Si respondemos con un enojo constante, quejándonos, exigiendo y atacando, entonces nos estamos imbuyendo en el comportamiento más destructivo de todos. Estamos rompiendo nuestro único refugio frente a todas las vicisitudes de la vida. Nos estamos destruyendo uno al otro.

Se requiere de un compañero muy seguro y conciente para reconocer que los ataques y el enojo son indicadores de problemas mucho más profundos. La mayoría de nosotros tan sólo nos sentimos heridos y a la defensiva. Posiblemente peleamos en respuesta a una agresión. Ellos nos responden con la misma moneda. Y quedamos fuera de combate.

Debemos frenarnos antes que las cosas giren sin control. Tenemos que encontrar un gimnasio o una rutina; otra desembocadura para nuestra tensión. Debemos encontrar un amigo, un profesor, alguien que ponga nuestra situación en perspectiva.

En nuestra frustración con otros, no queremos herir a nuestros seres más queridos, a la persona en quien podemos confiar. Respira hondo. Vuelve a enfocarte. Recuerda lo que realmente importa. Pídele ayuda al Todopoderoso. Aboca tu dolor a hacia Él (¡sus hombros son más grandes!) y vuelve a casa con una sonrisa.