El rabino Moshe Aaron Stern, un gran rabino que murió hace algunos años, solía contar la siguiente historia: Un día, cuando él era un estudiante en la Ieshivá, estaba disfrutando de su cena después de un largo día de estudios. De pronto, apareció su maestro y le preguntó: "Moshé, ¿realmente amas el pescado, verdad?".

"Sí", respondió entre mordidas. "Está delicioso".

"Moshé", lo regaño gentilmente su maestro. "Tú te amas a ti mismo. Si realmente amaras al pescado, entonces no te lo estarías comiendo".

Este pequeño ejemplo también se aplica en las relaciones más importantes, especialmente en el matrimonio. ¿Tu matrimonio se trata de llenar tus deseos y tus pasiones o se trata de entregarle a tu pareja lo que realmente necesita? ¿Cómo puedo hacer su vida más cómoda? ¿Cómo puedo contribuir para incrementar su felicidad?

La Torá nos dice que cuando Iaacov trabajó siete años por Rajel fue como unos cuantos días. Esto es extraño. Usualmente cuando queremos algo con muchas ganas, los días pasan lentamente, las horas parecen eternas. (¡Piensa en el colegio esperando que suene la campana!) ¿Por qué fue la experiencia de Iaacov diametralmente opuesta a la nuestra?

Porque, así como lo plantean nuestras fuentes, no se trataba de él. No era que él quería satisfacer su cuerpo, sus necesidades. Sus metas eran espirituales, trascendentes, y estaba contento de depender de la sabiduría de Dios para cumplirlas cuando fuese apropiado.

Este puede ser un nivel elevado que muchos de nosotros aspiramos o, que ni siquiera podemos imaginar. Pero podemos aplicar esto a una situación mucho más simple. Examina tus acciones respecto a tu pareja y pregúntate: "¿Sobre quién pienso más: sobre mi pareja o sobre mí?". Esta herramienta no se limita al matrimonio. Todas tus relaciones interpersonales – con tus padres, hijos, amigos y colegas – pueden depender de la aplicación de este principio.

Y ten cuidado. No subestimes nuestro poder de racionalizar. Somos adictos a descubrir razones sofisticadas para justificar que lo que hacemos es realmente para nuestra pareja. Sólo que "aparentemente" nos beneficia a nosotros mismos. Después de todo, si nosotros somos felices, ellos también serán felices ¿verdad?

Los regalos son el ejemplo perfecto. Muchas veces compramos regalos que realmente queremos para nosotros mismos. (¡Una nueva sierra eléctrica! ¡Justo lo que siempre he querido!) En mi primer cumpleaños de casada, mi esposo me compró una cámara que yo le había pedido. Muy bien. Sin embargo, en el proceso de comprarla y experimentar con ella, se fascinó tanto por la fotografía que, ¡todavía no he tenido la oportunidad de tomar una foto con ella! Está bien, la intención es lo que vale...

Pensar sobre las necesidades del otro y sobre sus deseos no es fácil. Somos inherentemente egoístas y hay que tener mucha fuerza de voluntad para cambiar.

Recientemente, escuché un programa acerca de mujeres que enviudaron en sus sesentas, mujeres que afirmaban haber disfrutado de un buen matrimonio. Ahora, estas mujeres estaban disfrutando de sus vidas de solteras también. "No tener que considerar las necesidades de nadie, nadie de quien preocuparse", proclamaron con entusiasmo.

¡Increíble!, incluso con un buen matrimonio, el deseo de satisfacernos a nosotros mismos se antepone fuertemente.

Si nos preguntamos constantemente, "¿Para quién estoy haciendo esto?", entonces, podremos cambiar nuestro enfoque.

Pero, "Constantemente" es mucho. Tratemos una vez al día. Una vez al día haz algo por tu pareja que sabes que disfrutará. Prepara su cena favorita (¡no tu cena favorita!) Toma un libro que sepas que probablemente querrá leer, llévale una taza de café y un pastel a su oficina, inclusive si está fuera de tu camino (especialmente si está fuera de tu camino). Háblale a tu pareja sólo para decirle, "Estoy pensando en ti", a menos que sepas que no le gusta ser interrumpido en el trabajo, porque en ese caso tu acto de bondad sería no molestarlo.

No hay garantías de que recibirás una recompensa por tus esfuerzos, pero sí hay una garantía de que crecerás a partir de esto. Quizás, irónicamente, esto lo transforma en un acto egoísta después de todo.