Nuestros hijos eventualmente se irán de casa; crearán sus propios hogares, sus propias vidas, dejándonos solos con nuestra pareja. Y esto puede ser tanto una maravillosa oportunidad como, Dios no lo quiera, un desastre. Depende del trabajo de preparación que hayamos hecho con anticipación.

¿Ignoramos a nuestra pareja para atender a nuestros hijos o estamos conscientes de que nuestra relación con nuestro cónyuge es la relación más importante que tenemos? El matrimonio es una relación eterna, tanto en este mundo como en el venidero. Pero requiere de nutrición y cuidado constante, igual que nuestros hijos. De hecho, si examinamos algunos de los clásicos consejos de educación, podremos descubrir que muchos de ellos pueden aplicarse también a nuestros matrimonios.

Analicemos algunos puntos de la sabiduría que utilizamos para educar a nuestros hijos y tratemos de aplicarlos a nuestra relación de pareja:

1. Dedícale tiempo a tu pareja regularmente, tanto calidad como cantidad. No podemos esperar a que lleguen las vacaciones y ciertamente no podemos esperar a que nuestros hijos crezcan para hacerlo (¡especialmente en el mundo moderno, en el cual eso pareciera tomar más tiempo que nunca!). Debemos designar diariamente un poco de tiempo a solas con nuestra pareja. Es sano que nuestros hijos vean que nuestro matrimonio es una prioridad y que sientan que el mundo no siempre gira alrededor de ellos (al menos intenta pretender que no es así).

2. Escucha cuidadosa y atentamente. Si estamos en el trabajo y suena el teléfono, debiéramos intentar dejar todo y darle a nuestra pareja una atención enfocada. Si nuestros hijos llaman, estamos casi siempre disponibles para ellos. Si nuestros nietos nos llaman o quieren hablar por Skype, entonces estamos definitivamente disponibles para ellos. Pero si es nuestra esposa o esposo quien llama, ¿cuántas veces le pedimos a la secretaria que les diga que estamos ocupados y que por favor dejen un mensaje? ¿Qué trato de negocios podría tener prioridad por sobre nuestro matrimonio?

3. No guardes rencor, no tomes revancha; perdona y olvida. Nuestros hijos cometen bastantes errores, pero nunca se nos pasaría por la cabeza llevar la cuenta o guardarles rencor. Y sin importar cuánto nos hieran, no podemos ni siquiera empezar a imaginar vengarnos. Todo lo que queremos es su bienestar, y lo mismo debiera ser cierto para nuestros esposos y esposas.

Tenemos una mitzvá de juzgar a otros seres humanos para bien —pensar en una explicación favorable para una conducta aparentemente negativa—. Esto nos resulta natural y fácil cuando juzgamos a nuestros hijos. "Están cansados". "No se sienten bien". "Alguien hirió sus sentimientos primero". ¿No deberíamos darle también a nuestra pareja el beneficio de la duda? ¿Acaso no puede ser que nuestra pareja también esté cansada, se sienta mal o haya tenido un mal día en el trabajo?

Perdona y sigue adelante. Aferrarse al enojo y a los resentimientos nos hiere a ambos y no logra nada. Nuestro matrimonio es demasiado preciado para obsesionarse con errores pasados.

4. Otorga apoyo emocional. Busca oportunidades para alabar a tu pareja. Sí, incluso los adultos necesitan alabanzas y afecto. Dile a tu pareja que la amas al menos una vez al día. Para algunas personas eso puede resultar fácil, pero conozco gente que ha estado casada por muchos años y que no expresan regularmente su cariño. No asumas que tu pareja "sabe" que la quieres. Tal como les decimos regularmente a nuestros hijos lo mucho que los queremos, necesitamos hacer lo mismo en nuestros matrimonios.

Interésate en su vida. ¿Cuáles son sus esperanzas y sueños? Apoya sus metas y aspiraciones. Involúcrate en sus intereses (o al menos pregunta por ellos) incluso si no encajan con los tuyos. En una ocasión tuve que organizar una reunión social para mujeres cuyos esposos trabajaban para una misma compañía. Una mujer se rehusó a asistir, argumentando que “eso es cosa de él, no mía”. Yo estaba anonadada. Sí, es su trabajo, pero dado que probablemente pasa más tiempo en él de lo que pasa contigo, ¿no te interesa al menos un poco saber de qué se trata?

5. Discúlpate cuando te equivoques. Insistir en que uno tiene la razón o nunca disculparse es una posición de debilidad y cobardía. La posición de confianza, fortaleza y cariño es decir "lo siento", y ser el primero en decirlo. Si no crees que eres capaz de hacer eso (¡aún!), podrías intentar un acercamiento más suave: "¿Ya nos amigamos?".

6. Aprecia la singularidad de tu pareja. Las diferencias que hay entre nosotros y nuestra pareja no son un problema, sino que son oportunidades para que aprendamos, crezcamos y profundicemos nuestra compasión. Las áreas de diferencia frecuentemente producen tensión y fricción, pero si logramos apreciar las diferencias, entonces es posible que éstas se transformen en una fuente de placer y excitación.

7. Evita el narcisismo. Nuestra pareja no está aquí para satisfacer nuestras necesidades y cumplir nuestros sueños. Los padres que utilizan a sus hijos para cumplir sus propias metas destruyen a sus hijos y siguen estando insatisfechos. El matrimonio, al igual que la educación, no se trata de recibir. Se trata de dar y dar y dar. Nuestra meta es simplemente darle a nuestra pareja, apoyarla, amarla. Estar casado requiere que nos esforcemos para dar incluso cuando estamos cansados, cuando no tenemos ganas, cuando pensamos, "¡¿Por qué no lo hace sola!?"; eso es lo que hace que el dar sea significativo.

Somos tan amables, compasivos y sabios cuando se trata de nuestros hijos. Tomamos miles de clases y seguimos nuevas teorías en un esfuerzo por hacer las cosas bien. Pero cuando se trata de trabajar en nuestros matrimonios, estamos demasiado cansados. Lo damos por sentado y no nos inmutamos. Y sin embargo, algún día nuestros hijos se irán (¡sin siquiera mirar para atrás!), y nosotros quedaremos, si Dios quiere por muchos años más, con esta relación por sobre todas las otras.

Si la nutrimos mientras educamos a nuestros hijos entonces podremos cosechar todos los beneficios, pero si no lo hacemos, ni siquiera quiero pensar en qué pasaría...