Uno de los problemas que encrespan a quienes están considerando como paso siguiente en su vida la decisión de contraer matrimonio, aún cuando ya creen haber encontrado a la persona que reúne las expectativas que habían mentalizado, es la gran interrogante: aun si ahora estamos bien, ¿qué pasará después de casados? ¿Será el/la mismo/a que conocí? ¿Cambiará como persona?

El caso que se teme (o se deslizó de conversaciones con personas no muy felizmente casadas, o peor…) es que después de casados, “ya no somos los mismos de antes”. ¿Por qué se transforma? ¿En qué se varía? Y aquello que preferimos no preguntarnos: ¿cambiamos nosotros mismos también?

Y una interrogante más: Aquello que se modificó en el otro/a, ¿tiene alguna relación con mi actitud? ¿Es algo que puedo o debo intentar evitar? ¿Es algo que estoy provocando en el otro?

Ciertamente es un aspecto que no se puede abordar íntegramente en pocas líneas. No obstante, vale el intento de una aproximación.

Sí, cambiamos. Evolucionamos antes y después del enlace, y durante todo el resto de nuestra vida. La mutación progresiva es la naturaleza de los seres humanos. No permanecemos idénticos a lo que fuimos físicamente a través de los años, ni —paralelamente— quedamos iguales en nuestra manera de ser. Crecemos espiritualmente, o menguamos.

La persona con quien nos casamos ya no es la misma en muchísimos aspectos, ni lo somos nosotros.

En otras palabras, la persona con quien nos casamos ya no es la misma en muchísimos aspectos, ni lo somos nosotros, lo cual no significa que no podamos —y debamos— seguir llevando adelante un matrimonio feliz.

También es verdad que la transformación que ocurre en cada cónyuge, está enlazada a la vida de la persona con quien convive y con quien construye su vida y su hogar.

Entre tantas cosas que cambian, está la realidad de sus existencias. La vida de cada uno debe ir acomodándose a la nueva situación, inédita en el pasado.

Posiblemente, estas palabras desanimen a algún joven. Pues entonces la pregunta sería: ¿es previsible? ¿Se puede llegar a saber en qué dirección se modificará la persona que tengo al lado?

En parte, se puede predecir, o —al menos— conjeturar. Si el candidato ha vivido su vida hasta el momento respetando códigos morales con valor y coraje, es de suponer que mantendrá esa postura.

O sea: se sabe, pero no se sabe.

Sin embargo, somos humanos e imperfectos. Aún dentro del intento de aproximarse a la perfección, es imposible conocer el talante propio y el de la otra persona en situaciones que aún no experimentó.

Es por eso que la declaración del novio (a la novia) bajo la jupá: “Harei at mekudeshet li…” (“he aquí tú estás consagrada para mi, sé mi esposa…”), se convierte en la mayor promesa que la persona realiza en su vida, pues jamás los desposados saben en qué circunstancias deberán hacer valer las palabras emitidas bajo la jupá.

Más allá de lo oculto que está el futuro en general, desconocemos también de qué manera las coyunturas que se vivirán influirán sobre cada uno.

Las palabras que decimos bajo la jupá se constituyen en el acto de amor más valioso de nuestras vidas.

Por eso mismo, aparte de ser estas las palabras que fueron estipuladas por los Sabios para llevar a cabo la ceremonia de matrimonio, se constituyen en el acto de amor más valioso de nuestras vidas.

¿Amor?

Muchas charlas se dan sobre el tema del amor. Si bien es un vocablo que está presente en nuestro léxico como si fuera claro de qué estamos hablando, extrañamente, cuesta mucho llegar a dar una definición convincente.

¿Es “lo que se siente cuando se encuentra a la persona apropiada”? Muchos asentirán esta descripción, pero reconocerán que no aporta mucho en cohesionar a la pareja a largo plazo.

¿Es “dar sin esperar recibir nada a cambio”? Muchos se perturban ante esa definición, sintiéndola utópica e impracticable (entre otros motivos por pertenecer a una sociedad materialista, interesada y egoísta). De todos modos, y aún si estas palabras definieran el amor, nos faltaría entender qué motiva que se lo brindemos a una persona determinada.

Cabe señalar —y lo que sigue está basado en aquella premisa— que amar al prójimo es un deber bíblico en un célebre y muy citado pasaje (Vaikrá 19:18), y si es aplicable con las demás personas, ¡cuánto más se apropia a la relación conyugal!

Amor es la afinidad que sentimos a raíz del aprecio profundo que profesamos por la bondad y las virtudes del otro.

Digamos, entonces, que el amor es la afinidad que sentimos a raíz del aprecio profundo que profesamos por la bondad y las virtudes del otro.

Dios nos ha creado con la inclinación de vernos “buenos” (razón por la cual justificamos nuestras acciones, o intentamos rectificarlas), y del mismo modo registramos la bondad en los demás.

El amor es activo. Es posible crearlo, a través de enfocar las virtudes de otros. Este es el punto de partida por el que se pueden unir dos personas para establecer juntos su hogar.

A partir de esta situación, y en la medida en que se van amalgamando sus vidas mediante la concreción de objetivos en común, van cubriendo el enorme trayecto que deben recorrer para llegar al amor personal y conyugal más intenso.

Obviamente, es menester saber y querer dedicarse. Conocer al cónyuge como personaje exclusivo en la vida de uno y reconocer sus menesteres físicos y emocionales.

Esto requiere preocuparse por su bienestar y su crecimiento (por el beneficio del otro, y no para que se adecue a la conveniencia de uno). También necesita la comunicación de tranquilidad en lo que hace al cumplimiento de la palabra empeñada en la jupá al percibir las necesidades materiales y de sentimientos de la otra persona.

En la vida híper-ocupada actual que llevamos, es muy posible no tener totalmente presente los sentimientos, y se requiere por parte de ambos aquella tolerancia para que los pequeños “errores” no se interpreten como símbolo de falta de preocupación por uno de parte del otro.

A medida que la vida de casados avanza, se conocen mejor las deficiencias que no se pueden dejar de notar en el cónyuge. Cuanto más se enfoque y se aprecie sus condiciones positivas, tanto menos irritarán aquellas con las que es más difícil coexistir.

Y si realmente se pone en práctica la capacidad de amar a la persona con quien uno se complementa, entonces se llegará a reconocer que muchas de las aparentes falencias —en realidad— solamente son desventajosas dependiendo de cómo una las describa.

Si ambos postulantes tienen claros estos elementos y los transforman en parte de su vida, aún si no han sido puestos en práctica en su total envergadura tal como sucede en la vida conyugal, podemos creer que están preparados para considerar casarse.


Extracto del libro Tovim Hashnaim, de Rav Daniel Oppenheimer