Extracto de Un pequeño libro para un gran matrimonio, de Rav Igal Snertz y Daniel Felzensztein.

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Para enfrentar los conflictos matrimoniales de mejor manera, es de suma importancia comprender cómo funciona la dinámica de estos.

En la práctica, cada vez que hay un conflicto en la pareja, ya sea grande o pequeño, tanto el hombre como la mujer suelen asumir que la culpa es del otro. Sin embargo, la existencia misma del conflicto es una muestra de que en realidad la responsabilidad es de ambos: si tan sólo uno de los integrantes de la pareja tuviera sus características de personalidad refinadas y perfeccionadas, entonces nunca habría conflictos, ¡incluso si el otro no tuviera sus características de personalidad en buen estado!

Por ejemplo, imagina que hay una discusión en la que ni el hombre ni la mujer se involucran emocionalmente. A pesar de que habría dos visiones opuestas, no se generaría ningún conflicto pues no habría un involucramiento emocional. Uno de los lados opinaría A, el otro opinaría B, y ambos tendrían que resolver de una u otra manera qué hacer. ¿Pero conflicto? ¡No habría ningún conflicto! Sería netamente una conversación intelectual con dos puntos de vista en búsqueda de una solución común o de un acuerdo.

Las peleas se desatan cuando hay un involucramiento emocional de las partes.

Sin embargo, cuando se genera un involucramiento emocional de las partes es que se desata un conflicto. Por ejemplo, cuando en la discusión intelectual que mencionamos anteriormente, uno de los lados se siente herido o pasado a llevar y le dice al otro: "Claro, tú estás diciendo eso porque crees que...".

Este tipo de reacciones emocionales, las cuales pueden terminar generando una pelea, no necesariamente se dan por algo que diga o haga el otro, sino que a veces se desatan por un problema emocional que venía cargando la persona desde antes de comenzar la conversación (¡o incluso desde antes de comenzar la relación!).

Veamos un ejemplo.

Imagina que una pareja conversa sobre comprar cortinas. Uno quiere poner cortinas porque la casa se vería más linda, pero el otro opina que no es el momento de incurrir en un gasto como ese debido al estado financiero de la familia. Si la discusión fuera netamente intelectual, quien quiere las cortinas entendería que no es el momento de comprarlas, o el que no las quiere entendería que la necesidad actual de que la casa se vea más bonita requiere de un esfuerzo financiero adicional y que quizás deberá ahorrar en otra cosa para cuadrar las finanzas. Pero en este caso no se generaría ningún conflicto.

Ahora bien, imaginemos que quien quiere las cortinas las desea en realidad por un tema social: todos sus amigos tienen hermosas cortinas en casa y se siente disminuido cada vez que se junta con ellos. Imagina ahora que cuando su pareja le dice que no es el momento de hacer dicha inversión debido al estado financiero familiar, en lugar de analizar la respuesta en forma intelectual, se siente pasado a llevar y siente que "no le importan mis deseos". En ese caso lo más probable es que esta persona reaccionaría emocionalmente. "¡Nunca te importa lo que yo quiero!". Si el otro lado también se involucrara emocionalmente, si sintiera por ejemplo que "no toma en consideración el peso que significa cuadrar las finanzas" o que "no agradece todo el esfuerzo que hago", entonces se desencadenaría una pelea. Pero esto es sólo porque ambos se habrían involucrado emocionalmente. ¿Qué hubiera pasado si uno de ellos no se hubiera involucrado emocionalmente? En ese caso habría tenido que buscar cómo hacer entender al otro su posición y cómo calmarlo, pero no habría habido ninguna pelea.

Esto suena muy fácil en la teoría: no te involucres emocionalmente y listo, ¡no más peleas en el matrimonio! Pero el problema es que cuando uno de los dos se involucra, por lo general tiene una reacción muy fuerte que se ve expresada en alguna acción o dicho, lo cual termina causando que el segundo también se involucre emocionalmente. No tiene que ser un defecto grande en las características de personalidad el que cause el conflicto; incluso un pequeño defecto puede ser despertado por una reacción lo suficientemente fuerte.

Toda pelea es, en algún grado, culpa de ambos integrantes de la pareja.

Todo conflicto es por culpa —en uno u otro grado— de ambas partes (1). Si al menos uno de ellos lograra no involucrarse emocionalmente, no habría peleas. Pero siempre que exista al menos una pequeña falla en las características de personalidad, bastará con una reacción suficientemente fuerte de su pareja para despertar dicha falla y generar un conflicto.

La única forma de evitar todas las peleas del matrimonio pareciera ser perfeccionando nuestras características de personalidad, lo cual requiere de mucho tiempo y esfuerzo. ¿Realmente es esa la única solución?

Una solución temporal

Pese a que lo ideal sería perfeccionar nuestras características de personalidad de forma que no se generen más conflictos, existe una solución temporal que —mientras trabajamos nuestras características de personalidad— puede ayudarnos a evitar tener peleas en el matrimonio.

Una reacción que proviene de una característica de personalidad desequilibrada es, por definición, una reacción ilógica en la situación. No es más que un impulso que nos lleva a decir o hacer algo que no es correcto o que empeora las cosas. Si distinguimos una debilidad en nuestro carácter o en el de nuestra pareja, entonces debemos o bien evitar las situaciones que nos exponen a ella o bien prepararnos mentalmente para reaccionar de la mejor manera posible. Basta con que uno de los dos logre mantener su mente “fría”, que logre pensar racionalmente qué es lo mejor que puede decir o hacer para calmar la situación, para que la discusión no se convierta en una explosión. Y la anticipación y preparación son claves para esto.

Uno no siente tentación por cosas que no son inmediatas.

Podemos analizar las eventuales tentaciones que podríamos enfrentar —como la tentación de reaccionar con rabia ante una situación frustrante o de comer alguna delicia prohibida por la dieta— y prepararnos para no caer ante ellas. Uno no siente tentación por cosas que no son inmediatas. Si sabemos que al enfrentarnos a un festín de postres mientras estamos a dieta no resistiremos la tentación de comer, entonces debemos prepararnos para enfrentar de mejor manera dicha situación. Debemos aprovechar que en este momento no sentimos la tentación de comerlos —puesto que no están frente a nuestros ojos— y que por lo tanto podemos prepararnos para reaccionar de mejor manera cuando sí lo estén.

Podemos entrenarnos para que nuestra reacción no sea tan impulsiva. Podemos prepararnos para que en el momento de la verdad tengamos la fuerza para rechazar el placer inmediato y apostar por el placer futuro, para que tengamos la fuerza de evitar que nuestras malas características de personalidad se expresen y nos causen problemas en la vida matrimonial.

Con esto no estaremos corrigendo la característica de personalidad, sino que tan sólo la estaremos evitando. Pero mientras realizamos el difícil y lento trabajo de corregir nuestras características de personalidad en forma definitiva, es fundamental que nos preparemos para las eventuales situaciones que tendremos que enfrentar.

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Este artículo es un extracto de Un pequeño libro para un gran matrimonio, de Rav Igal Snertz y Daniel Felzensztein. Para más detalles o para adquirir el libro haz clic aquí.

 

 


Notas:

(1) Hay situaciones en las que se requiere que la pareja busque ayuda externa para solucionar sus conflictos. El problema es que muchas veces uno de los integrantes de la pareja se niega a recibir ayuda, pues considera que la culpa es del otro. Sin embargo, como explicamos, siempre que hay un conflicto la responsabilidad es realmente de ambos (al menos en algún grado), por lo que los dos deberían buscar ayuda para intentar solucionar los problemas. Cada miembro de la pareja debería sospechar que está haciendo algo mal que contribuye a la existencia de conflictos y tomar los pasos que se requieren para intentar solucionarlo. Pero incluso cuando uno de ellos no contribuye con su parte, el trabajo del otro de todas formas es sumamente beneficioso.