En nuestras ocupadas vidas, nuestro aniversario número 26 pasó desapercibido. No es un gran hito, pero los aniversarios siempre me hacen pensar: ¿Quiénes eran esos niños jóvenes y tontos que se casaron hace esa cantidad de años?

¿Qué sabíamos? No entendíamos nada de la vida. No nos entendíamos el uno al otro. Apenas nos entendíamos a nosotros mismos.

Nos comprometimos basados en valores compartidos y metas mutuas. No es una mala forma de tomar una decisión tan importante como el matrimonio. Pero creo que no teníamos idea de lo diferentes que éramos.

A mí me encanta la aventura. Me gusta viajar, probar cosas nuevas. Incluso experimenté skydiving. Mi plan para nuestro viaje de aniversario fue reducido de Australia a Italia. Por su lado, mi esposo es un hombre casero. Él piensa que vivir en la ciudad es una linda aventura. Le altera tanto la idea del skydiving que ni siquiera puede soportar observarlo.

Yo vivo la vida en voz alta. Soy activa en las redes sociales y tengo muchas amigas. Mi esposo es una persona privada (pero como es amable, me autorizó a escribir sobre él). Él nunca publica nada en sus plataformas de redes sociales y no está demasiado seguro respecto a qué es lo que me motiva a mí a abrir la puerta y las ventanas de mi vida.

Yo soy ruidosa y floreada. Me gustan los colores, las chalinas, las joyas, los sombreros y los zapatos divertidos. Él usa un traje negro cada día.

Yo aprendo visualmente; él es auditivo. A mí me gusta lo lácteo; a él le gusta la carne. A mí me gusta la independencia; a él le gusta la conformidad.

Yo prefiero pensar, hablar, delegar y planificar. Él se arremanga y hace el trabajo. Yo soy buena con las palabras mientras que él es bueno con las acciones. A mí me gustan los planes y los horarios; a él le gusta dejar sus opciones abiertas. Yo gasto; él ahorra. A mí me gusta hacerme cargo de las cosas de inmediato y él valora pensar un poco antes de actuar.

Es decir, aunque nos casamos basados en lo que nos asemejaba, no teníamos idea de las grandes diferencias.

La ironía, por supuesto, es que a menudo aquello que ni siquiera sabemos que es bueno para nosotros de hecho es lo que necesitamos. El equilibrio que alcanzamos en nuestra relación, con mucho trabajo y enormes bendiciones de Arriba, para mí es mucho mejor que la igualdad. La humildad que resulta como consecuencia de unir tu vida con otro ser humano por más de 26 años es un premio por el que vale la pena luchar. El autoconocimiento que surge al chocar el uno con el otro día tras día, lo vale todo.

Cásense por igualdad, porque les prometo que habrá suficientes diferencias para escribir un libro. Con suerte un buen libro, un anuario, un libro feliz, escrito a través de 10, 25 o 50 años de matrimonio.

Me siento serena. ¿Quién era esa persona hace 26 años? Ni siquiera me acuerdo. Pero al yo de hoy, a ella la conozco. A ella la conozco bien. Y por eso, tengo que agradecerle a mi esposo apegado a la ciudad, con traje negro, introvertido y con los pies en la tierra.