No mucho tiempo atrás escuché de una pareja que decidió poner punto final a su relación y divorciarse. No eran una pareja joven, sino que por el contrario, llevaban muchos años de casados. El caballero me explicó que no había nada dramático en la situación, como un engaño o una pérdida económica significante, sino que simplemente “se habían distanciado” uno del otro.

Cuando escucho estas cosas siempre me entristezco mucho, porque pienso que se podría haber evitado fácilmente. Estoy seguro de que deben haber pasado muchas cosas en la privacidad del matrimonio de las que no estoy al tanto, y aunque entiendo que cada relación es única, hay sin embargo ciertas verdades y reglas en las relaciones que traen éxito, y la falta de ellas, pueden causar todo lo contrario, como probablemente era el caso.

“Distanciarse” es un proceso lento e insidioso, de hecho la mayoría de las parejas ni siquiera se dan cuenta de que está ocurriendo hasta que ya es demasiado tarde. Es algo así:

Cuando la pareja recién se conoce están muy excitados el uno con el otro. Hay energía y dinámica en la relación, y pasan toneladas de tiempo juntos para llegar a conocerse. El proceso de cortejo continúa este camino hasta el gran día, la boda, y luego un poco más. El primer año están esperanzados, energéticos, dinámicos y llenos de excitación.

Pero mientras los años pasan y la joven pareja se asienta en una cierta rutina, eventos nuevos entran e irrumpen en sus vidas. Existe el tener que ganarse la vida, uno, dos, o tres niños que aparecen: en la pareja cada uno tiene sus intereses, algunos se comparten, pero la mayoría no. El trabajo tiene sus demandas y los niños crecen: el acarreo, las tareas, las actividades extracurriculares. Luego compran una casa y eso también tiene muchas exigencias de tiempo, energía y esfuerzo. No solamente hay una nueva hipoteca que pagar, sino que también hay que comprar nuevos muebles, arreglar los viejos, un sistema de riego que siempre parece no funcionar, rehacer el baño, deshacerse de la vieja alfombra con mal olor y “¿qué deberíamos escoger: piso flotante, madera fraguada o sólida; y ¿qué hay del bambú?, ¡escuché que es ecológico!”.

Y mientras más vieja se pone la pareja, ocurren más cosas en sus vidas que demandan su tiempo y atención. Y mientras que todos estos temas son ciertamente importantes, la pareja siente que ya no tiene ni tiempo ni energía para el otro. Su relación queda relegada a la esquina trasera debido a todas las inminentes e importantes cosas de las que hay que encargarse. Y en un abrir y cerrar de ojos, antes de que se den cuenta, no solamente las chispas de los días de noviazgo están muertas y enterradas, sino que se dan cuenta que comparten muy poco en común. Gradualmente se convierten en extraños.

Si esta pareja que lleva más de 20 años de matrimonio diera vuelta atrás en el tiempo y revisara esos lejanos días de cortejo, encontrarían algo fascinante. Verían que cuando le dijeron a sus amigos “he conocido al mejor hombre o a la mejor mujer del mundo”, ellos no lo/la describieron diciendo: “El es tan grandioso; realiza cada pago de la hipoteca a tiempo y no solamente eso, sino que cada pago del auto también… ¡¡y por dos autos!!… ¡¡y ambos autos son vehículos de lujo!!”. El ciertamente no le dijo a sus amigos: “Ella es la mejor… ella va a ser tan buena puliendo el auto y asegurándose de que la casa esté limpia y ordenada, ¡¡y sé que ella va a encontrar al mejor pediatra para nuestros hijos una vez que los tengamos!!”.

Y mientras que sí es importante que los pagos de la hipoteca y de los autos se hagan a tiempo, y encontrar a un buen pediatra y cuidar a los chicos también es importante, esta no es la razón por la que te casaste con esta persona. Te casaste con él/ella por quien es como persona, porque disfrutas pasar tiempo y compartir tu vida con esa persona. Te casaste con él/ella por su alma, por su espíritu, por quien es, y no por lo que hace o logrará.

Si tú no peleas por tu relación, entonces como cualquier otra cosa que se descuida, ésta se marchita y muere.

Pero la gente se olvida de esto y lo pierde de vista, porque cuando recién comenzaron a salir todo vino naturalmente y sin esfuerzos. Pero una vez que llegó la vida real y hubo mucho más sobre la mesa, se olvidaron que ahora tenían que hacer mucho más esfuerzo para estar juntos. No se dieron cuenta que tenían que pelear por su intimidad (y no me refiero solamente al aspecto físico, aunque eso también). Nunca le dijeron a sus hijos, “No, es tiempo de papá y mamá”, y tampoco hicieron lo mismo con sus trabajos, sus blackberrys, sus computadoras y con otras importantes obligaciones que parecían ser más urgentes que la pareja.

Porque si no peleas por tu relación, si no la nutres, si fallas en monitorearla constantemente, entonces como cualquier otra cosa que es descuidada, se marchita y muere. Tal vez no el primer día, semana, mes o año, pero eventualmente lo hará… muy lentamente.

El “distanciamiento” en la pareja ocurre porque fallaron en poner la preocupación y el tiempo necesario para asegurarse de crecer juntos. Y si bien toda pareja es culpable de esto en algún nivel, aquellos que toman conciencia de su peligro, tienen la posibilidad de asegurarse que no dañe su relación en forma irreparable.

Entonces deja tu iPhone en la mesa, aléjate de tu computadora, dile a tus hijos que se vayan lejos (de buena manera), olvídate del supermercado y el trabajo, agarra una botella de vino, tómate un trago, mira a tu pareja a los ojos y recaptura lo que tenían en aquellas primeras citas hace tanto tiempo atrás.