Recuerdo una vez que recibí una llamada de un amigo que me dijo que, después de muchos años de matrimonio, su esposa y él se iban a dar por vencidos y se iban a divorciar. No eran jóvenes y mi amigo me explicó que no era por nada dramático, como una infidelidad o un cambio importante en las finanzas, sino que simplemente habían crecido en direcciones diferentes.

Siempre me entristece cuando escucho que este es el motivo de la disolución de un matrimonio, porque siento que había una buena posibilidad de evitar fácilmente este resultado. Estoy seguro de que en la privacidad de su matrimonio hubo muchas cosas que desconozco, y si bien entiendo que toda relación es única, de todas formas hay ciertas verdades y reglas generales que conducen al éxito o al fracaso, dependiendo del caso.

Creo que puedo adivinar cómo es que las parejas “crecen en direcciones diferentes…”, lo cual es un fenómeno sumamente problemático ya que es un proceso tan lento e insidioso que muchas parejas ni siquiera están conscientes de qué les está ocurriendo sino hasta que ya es demasiado tarde.

Es algo más o menos así:

Cuando dos personas se conocen están muy interesadas una en la otra. La relación está llena de energía y descubrimiento, y pasan grandes cantidades de tiempo conociéndose. El proceso de cortejo continúa así hasta el gran día, el día de la boda, y un poco más. Los primeros años están llenos de esperanza, energía, dinamismo y excitación.

“¿Quiénes somos nosotros para jugar con los corazones y tirarlo todo por la borda? Oh, ¿quiénes somos para darnos la espalda?”, Ellie Goulding.

Pero a medida que pasan los años y la joven pareja se va asentando en una determinada rutina, nuevos eventos se inmiscuyen en sus vidas. Hay que ganarse la vida; uno, dos o tres hijos entran en escena; cada uno tiene sus propios intereses, algunos compartidos, pero la mayoría no. El trabajo tiene sus exigencias, los niños crecen: hay que llevarlos a la escuela, encargarse de que hagan la tarea, ver que disfruten las actividades después de la escuela. Buscan y compran una casa, lo cual también demanda mucho tiempo, energía y esfuerzo. No sólo está la hipoteca, sino que también hay que comprar muebles nuevos, arreglar los viejos, instalar un sistema de riego que nunca parece funcionar bien, refaccionar el baño, sacar la vieja y maloliente alfombra y “¿elegimos madera laminada, prensada o sólida, quizás bambú que es ecológico?”.

Y así, mientras más vieja se pone la pareja, van surgiendo más cosas que demandan tiempo y atención. Y a pesar de que todos estos temas son importantes, la pareja se da cuenta de que ya no tiene tiempo ni energía para el otro. Y por lo tanto, la relación queda relegada a un segundo, tercer y cuarto plano porque hay demasiadas cosas inminentes e importantes por hacer.

De esta forma, antes que se den cuenta, la chispa de los días de cortejo ha quedado atrás en el pasado y en el presente hay muy poco que estas dos personas compartan, ya que cada día son más ajenos uno del otro.

Si esta pareja que ahora está en su décimo o vigésimo aniversario de bodas pudiera volver atrás en el tiempo y revivir esos días de citas románticas, descubrirían algo muy fascinante. Verían que cuando le decían a sus amigos/as que acababan de conocer a la persona más fantástica del mundo, no la describían así diciendo que “Es tan increíble que paga la hipoteca siempre a tiempo. ¡Y no sólo eso, sino que también paga a tiempo las cuotas del auto… de los dos autos! ¡Y los dos autos son de lujo!”. Y él seguramente no describía a su futura esposa diciendo que “¡Es genial… siempre está a tiempo para llevar a los niños a la escuela y siempre se asegura de que la casa esté limpia y ordenada! ¡Y sé que va a encontrar el mejor médico para nuestros niños cuando los tengamos!”.

Si bien es cierto que pagar las cuentas a tiempo es importante, así como lo es encontrar un buen médico y ser cariñoso con los niños, no es por eso que te casaste. Te casaste con tu pareja por quién es, porque disfrutaste pasar tiempo y compartir tu vida con ella. Te casaste por su alma, por su espíritu; por quién es y no por lo que debería hacer o lograr.

La gente olvida esta verdad y la pierde de vista porque mientras salían de citas no necesitaban hacer ningún esfuerzo para vivir con ella. Sin embargo, una vez que pasaron a vivir la vida real y se sumaron otros ingredientes a la mesa, olvidaron que ahora debían hacer un esfuerzo mucho más grande para estar juntos. No cambiaron la perspectiva ni se dieron cuenta de que debían luchar para conseguir momentos íntimos (no sólo en el plano físico, ¡pero eso también!). Nunca le dijeron a los niños: “no, mi amor, este es el tiempo de mami y papi”. Tampoco se lo dijeron al trabajo, a sus smartphones, a sus computadoras ni a ninguna otra obligación importante que pareció ser más urgente e importante que ellos mismos.

Si no luchas por tu relación, si no la nutres, si no la monitoreas para asegurarte que esté sana y vibrante, entonces al igual que cualquier otra cosa a la que no se le presta atención, se marchita y muere. Quizás no ocurrirá en el primer día, en la primera semana, en el primer mes o en el primer año, pero eventualmente ocurrirá… lentamente.

Una pareja crece en direcciones diferentes porque no logra invertir el tiempo y cuidado necesarios para asegurar que el crecimiento sea en pareja y en una misma dirección. Toda pareja es culpable en cierto grado de descuidar un poco la relación, pero quienes están conscientes del peligro de hacerlo tienen más posibilidades de asegurarse que el daño no llegue a ser irreparable.

Por lo tanto, deja tu iPhone, aléjate de la TV, diles a tus niños que se vayan por ahí (de buena manera), olvida tu pasatiempo favorito y dale la mano a tu pareja, compra una botella de vino, toma una o dos copas, mírala a los ojos y siente lo que sentiste cuando recién se conocieron, hace tantos años atrás.

Este ensayo está dedicado a mi hija, Atara, y a su prometido Avi Gordon, con el deseo y la esperanza de que lleven esta lección a sus corazones para asegurarse de tener un matrimonio largo, feliz y lleno de bendición.