Cuando estaba recién casada (completamente "en las nubes", súper idealista y “gagá” por mi nuevo esposo), una amiga mayor que llevaba más tiempo casada puso su brazo sobre mi hombro y me llevó a caminar. Ella quería prepararme para lo que en su opinión “el matrimonio era realmente”.

Ella me presentó el concepto de “la crisis del séptimo año”, un término psicológico que sugiere que la felicidad declina alrededor del séptimo año de matrimonio. Esta idea me dio pánico. No podía imaginarlo. No podía ser cierto.

Investigué un poco y descubrí que era un fenómeno real. En un artículo del New York Times, el Dr. Larry A. Kurdek escribió que había descubierto que a menudo las parejas comenzaban con altos niveles de calidad matrimonial, pero que al parecer eso sufría dos recaídas: había una reducción marcada durante los cuatro primeros años y nuevamente alrededor de los siete años de matrimonio. (El patrón de cambio era el mismo tanto para los hombres como para las mujeres). Él aseguraba que las parejas con hijos experimentaban las caídas más pronunciadas.

“¡Grandioso!”, pensé mientras observaba mi abdomen que había crecido con mi primer embarazo. “¡Estoy condenada!”.

Desesperada por tratar de no ser otra estadística y con el deseo de lograr el matrimonio de mis sueños, quise entender por qué en la actualidad casi la mitad de los matrimonios terminan en divorcios. Comencé a asistir a clases sobre matrimonio, leí cada revista y cada artículo que pude encontrar, participé en talleres y eventualmente me preparé como maestra en el campo de la intimidad para ayudar a otros, que tal como yo, deseaban que sus matrimonios desafiaran las estadísticas.

Descubrí que la primera razón para los divorcios es la infidelidad.

Uno piensa que eso nunca le va a pasar. Piensas que nunca seguirás por ese camino. ¡No, yo no! ¡Mi esposo no! Nosotros tenemos un compromiso mutuo. Nosotros somos diferentes.

Sin embargo, las razones por las que la gente se engaña no son nada simples. Hay muchas razones por las que incluso una relación relativamente buena toma ese lamentable camino.

Por lo general esto comienza en el dormitorio: aburrimiento y falta de intimidad, tanto física como emocional.

Por lo general esto comienza en el dormitorio: aburrimiento y falta de intimidad, tanto física como emocional. Es una pendiente resbaladiza. Ella está exhausta. Él nunca está en casa. Uno es adicto al trabajo. Los niños siempre están en el medio. Se vuelve complicado estar juntos. Culpa de la tecnología, de los medios sociales, de Facebook… Las excusas son interminables. En definitiva el matrimonio comienza a marchitarse. A menudo, cuando la pareja comprende que precisa ayuda, ya es demasiado tarde.

No necesitas buscar muy lejos para sentir el dolor y la desconexión que hay entre los esposos hoy en día. Lamentablemente, el matrimonio puede ser un lugar bastante solitario. Las relaciones sufren por todos lados. Si no eres tú, entonces es tu hermana o tu mejor amiga. Es algo que nos rodea.

Pero piensa cómo era cuando todo comenzó. Cada pareja estuvo bajo el palio nupcial y se amaba. Son muy pocas las parejas que comienzan su matrimonio pensando que lo más probable es que fracasen.

¿Recuerdas esas primeras citas? La emoción, las mariposas en tu estómago cuando entendiste que esa era la persona adecuada… Las conversaciones que duraban hasta altas horas de la noche. Era algo mágico. Era real. No se trataba sólo de un engaño de tu imaginación.

Si te cuesta recordarlo, saca el álbum de fotos de tu boda y de los primeros años de matrimonio. Sí, ambos eran jóvenes y despreocupados, sin canas y sin arrugas. Puede que parezca que fue hace miles de años, antes de que la vida los golpeara con la tensión, las cuentas que hay que pagar y, gracias a Dios, con las bendiciones de los hijos, los padres que envejecen y la vida real…

Observa bien las fotografías. Mira la energía, la emoción, la pasión y el amor que ambos tenían. Esos sentimientos pueden recuperarse. ¿Cómo?

La mikve puede ayudar en gran medida.

Nuestros sabios dicen que la noche en que la mujer se sumerge en las aguas de la mikve y regresa a su esposo, “él la ama tanto como en el día de su boda”. La emoción se renueva mes a mes, año tras año. Cada mes él la ama tanto “como a una nueva novia” (Pirkei DeRabí Eliezer).

Casi salté de mi silla de la emoción. ¡Sí! ¡Hay que publicarlo! ¡Esto funciona! Al fin de cuentas, Dios mismo, Quien nos creó, estableció estas leyes desde el comienzo. Él nos conoce. Él nos ama. Y Él desea que nuestro matrimonio tenga éxito.

Cada mes experimentan una noche tan especial como su noche de bodas. La relación nunca envejece ni se marchita.

La pareja comienza a anticipar la noche de la mikve, y a medida que cuentan los días, la emoción se incrementa. Cada mes experimentan una noche tan especial como su noche de bodas. La relación nunca envejece ni se marchita. Vuelven a experimentare esa magia, ese amor intenso.

Llevo casada casi dos décadas. No voy a mentir y pretender que siempre todo fue sobre ruedas. A través de los años tuvimos nuestra porción de días y semanas difíciles.

Pero cada mes al salir de la mikve me siento renovada y emocionada, alejada de todo lo demás. Miro el cielo y le agradezco a Dios por este regalo. Valoro la genialidad de la observancia judía al apresurarme a subir a mi auto, con mariposas en el estómago y todo.

Bueno, tengo que apurarme para volver a casa a encontrarme con mi "novio". Igual que la primera vez.