“No te sorprendas de ver a muchos de nuestros pares divorciarse”, me dijo hace poco una amiga. Esto fue cuando supimos que, tras un largo matrimonio, una pareja amiga se divorció cuando todos los hijos se fueron de la casa.  

No creo ser ingenua, pero su afirmación me sorprendió. Hasta que comencé a leer un poco sobre el tema. Empecé con “Gray Divorce: What We Lose and Gain from Mid-Life Splits”, de Jocelyn Elise Crowley y después volví a leer “Surrendering to Marriage: Husbands, Wives and Other Imperfections”, de Iris Krasnow.

Desde perspectivas diferentes y con agendas diferentes, ambas presentan el mismo problema: las expectativas y cómo ellas moldean nuestra respuesta a nuestros matrimonios. A veces aconsejamos a las parejas jóvenes sobre la fuerza de las expectativas en términos de lo que ellos vivieron en sus familias versus lo que experimentó su pareja. Esta clase de expectativas pueden ser poderosas y moldear respuestas inesperadas ante ciertas situaciones. Esto puede oscilar entre lo trivial: “Mi madre siempre servía dos clases de pescado en la noche del viernes” (sí, es cierto; ¡lo he escuchado!); a lo moderado: “A mi padre siempre lo trataron como a un rey y nunca se levantó a llevar los platos a la cocina” (sin juzgarlo; sólo un posible punto de disputa y expectativas diferentes); hasta llegar a lo más serio: “Éramos una familia de gritones y así es como resolvíamos los problemas”, en oposición a “Nunca subimos el tono y consideramos que los gritos son un signo de hostilidad”. Estas expectativas diferentes pueden tener un impacto profundo en los matrimonios y por cierto se debe trabajar sobre ellas.

Pero aquí hablo de algo más básico, más fundamental y, quizás, más profundo: nuestra expectativa sobre el matrimonio mismo. La señora Crowley sugiere que quizás la preponderancia del divorcio después de muchos años de matrimonio (digamos más de 25 años), puede deberse a un cambio de las expectativas. No es que nuestros padres o abuelos se quedaran en matrimonios infelices porque no tenían otra opción, sino porque entendían de otra forma el objetivo del matrimonio. El matrimonio cumplía una función social; era una fuente de estabilidad, seguridad económica, una oportunidad de tener y criar hijos y proveía cierta compañía. Ahora queremos (léase: esperamos) que el matrimonio sea mucho más que eso.

Queremos que el matrimonio provea felicidad. Y si no lo hace, lo dejamos de lado. “La vida es demasiado corta” y todo eso. No digo que este argumento no tenga sus méritos, pero como lo señala sabiamente la señora Krasnow, adonde sea que vayamos, nos llevamos a nosotros mismos. Es raro que alguien externo sea la causa de nuestra infelicidad. Si somos infelices con esta pareja cuyos defectos conocemos demasiado bien, lo más probable es que cuando pase la emoción inicial de alguien nuevo, también sus defectos serán poco atractivos (y quizás mucho más difíciles de enfrentar porque serán menos conocidos). Pero, ¿quién dijo que el matrimonio o una pareja tienen que proveer felicidad?

Sí, queremos disfrutar de nuestro matrimonio. Y eso requiere trabajo, de ambos. Es un poco sorprendente cuántos adultos siguen esperando que esto ocurra por arte de magia… con la pareja correcta. Como en un cuento de hadas de Disney…

Iris Krasnow lleva esta idea todavía más lejos. Ella sugiere que lo que buscamos en el matrimonio es más que felicidad, es la satisfacción total. Ella afirma que la generación de Baby Boomers sigue creyendo que puede tenerlo todo (a pesar de la evidencia opuesta). Ellos sienten que el matrimonio debe satisfacer todas sus necesidades (por supuesto junto con guarderías del gobierno y una lista de otros servicios que los libren de las elecciones e intercambios complicados de la realidad). Si no es así, ¿por qué deben quedarse en ese matrimonio? Especialmente ahora que los niños ya crecieron…

Con estas expectativas, los matrimonios están condenados desde el principio. Los matrimonios reales implican aceptar y crecer a partir de las imperfecciones, desafíos, compromisos y entrega necesarios para construir una vida con otra persona. La perfección no está disponible en este mundo y ningún ser humano puede satisfacer todas nuestras necesidades ni está cerca de poder hacerlo. Esta es una presión injusta y poco realista para cualquier matrimonio o ser humano.

En “Surrendering to Marriage”, la autora cita una obra de Thornton Wilder, “The Skin of Our Teeth”: “No me casé contigo porque eras perfecto. Ni siquiera me casé contigo porque te amaba. Me casé contigo porque me hiciste una promesa. Esa promesa compensó todos tus defectos. Y la promesa que yo te hice a ti, compensó los míos. Dos personas imperfectas se casaron y la promesa fue la que posibilitó el matrimonio…”.

Por supuesto que debemos trabajar sobre nosotros mismos, sobre esas imperfecciones. Pero lo que cuenta es el compromiso. Tenemos que voltear nuestras expectativas. Tenemos que esperar que nuestros matrimonios sean imperfectos, que nuestros padres tengan defectos (como los tenemos nosotros) y que nuestras vidas sean difíciles. Pero con un compromiso mutuo (a pesar de todo eso o debido a todo eso) podemos tener matrimonios maravillosos y podemos encontrar nuestra satisfacción personal, no a través de nuestra pareja sino a través del trabajo que hacemos en nosotros mismos y de la conexión que forjamos con Dios a medida que luchamos y rezamos durante ese proceso.

Me encanta esta frase en su introducción: “El matrimonio no está diseñado para hacernos felices; sino que es la forma en la que Dios nos obliga a crecer para llegar a ser adultos responsables”. Creo que ella tiene razón y me gustaría agregar algunas palabras que pienso que ella aprobará.

Si aceptamos esta responsabilidad con alegría y reconocemos el esfuerzo involucrado, terminaremos con matrimonios maravillosos. Desastrosos, complicados y a veces desafiantes, pero maravillosos matrimonios.