Una vez, una amiga me confesó que era infeliz en su matrimonio. En el trabajo acababa de ser ascendida y estaba escalando hacia nuevas alturas profesionales. Ansiaba tener nuevos desafíos y aprovechar las deslumbrantes oportunidades que la rodeaban. Sin embargo, en el matrimonio se sentía estancada. En comparación al resto de su vida, no había esa sensación de misterio, todo estaba planeado. En lo romántico, sentía que los mejores años de su vida ya habían quedado atrás.

Por lo tanto, no fue ninguna sorpresa que se divorciara poco después. Perdí el contacto con esa amiga, pero sus palabras quedaron grabadas en mí.

Aquellas palabras se me venían a la mente en momentos inoportunos. Las recordé en la noche en que mi marido y yo llamamos a una niñera y luego pasamos nuestra “cita” haciendo las compras en el supermercado (en ese entonces nuestros niños eran muy chicos y dormíamos tan poco que no tolerábamos hacer nada más divertido). Pensé en las palabras de mi amiga cuando nuestro restaurante favorito se mudó a un centro comercial en las afueras de la ciudad y esa aburrida ubicación se convirtió en nuestro destino para los grandes eventos, como los cumpleaños y los aniversarios.

A veces las palabras sin sensación de misterio se metían en mi conciencia cuando mi marido y yo terminábamos la frase que iba a decir el otro, cuando pasábamos semanas enteras hablando sobre nuestros niños, cuando pasábamos nuestras noches jugando juegos de mesa en familia en lugar de salir como lo hacíamos cuando recién nos casamos. Hace un tiempo mi marido leyó una crítica sobre un bar temático de música moderna que había abierto hacía poco y sugirió que fuéramos. "¿Es una broma?", le pregunté, señalando cuán cansados estaríamos al día siguiente si nos íbamos a dormir mucho mas tarde que los niños.

"Tienes razón", dijo obedientemente. Parecía que nuestra época de romance emocionante había quedado en el pasado.

Ocurrió algo bastante poco romántico. A mi marido le diagnosticaron cáncer.

Que todo estuviera acomodado no estaba tan mal, pensé. Después de todo, amo a mi marido. A pesar de que disfrutaba las salidas (vestirme elegante, ir a restaurantes bonitos, la sensación de misterio), yo estaba mucho más feliz por haber encontrado a la persona que estaba buscando. Incluso mi marido parecía resignado a que nos quedaríamos en el estatus quo. Me dijo que le había comentado a un colega más joven —que estaba en medio de muchos desafíos de la vida—, que después de un tiempo los cambios son menos frecuentes y la vida se vuelve menos excitante, por lo que podía estar tranquilo ya que en el futuro las cosas irían más lento.

Luego, justo cuando estábamos resignándonos a una aburrida versión de la mediana edad, ocurrió algo bastante poco romántico. Mi marido advirtió un bulto y le diagnosticaron cáncer. Esto realmente era un cambio. No del tipo divertido y esperado, sino del tipo que amenazaba con —Dios no lo quiera—, llevar todo a un final abrupto.

De repente estábamos saliendo todo el tiempo, yendo a citas con los doctores y a hospitales por toda la ciudad. Nuestra rutina de siempre, centrada en los niños, nos parecía aburrida, pero ahora lo único que quería era volver a la rutina y que mi marido pudiera ver a nuestros niños crecer. Antes de esto estábamos seguros de que ya no habría más misterio en nuestras vidas, sin embargo, ahora todo lo que había era misterio: una dolorosa incertidumbre sobre nuestro futuro.

Lamenté todo el tiempo en que no aprecié lo que teníamos; todas las veces en que pensé que nuestra vida de pareja se había vuelto aburrida, que se había transformado en una sociedad que carecía de la emoción y el romance de los primeros años. En medio de la crisis de salud de mi marido, hubiese hecho lo que fuera para volver a ese aburrimiento.

Mi marido y yo pasamos al modo de emergencia. Rezamos, prometimos caridad. Nos comprometimos a hacer más por los demás. Ayudamos a nuestra comunidad. Nos dijimos que nos amábamos. Tratamos de apreciar más lo que teníamos: nuestra pareja, nuestros niños, nuestros padres, nuestros amigos, nuestros hermanos.

Pero lo más importante es que comenzamos a despertar de nuestro letargo. Dejamos de definir la excitación y el romance como la oportunidad de salir y hacer algo excitante, y comenzamos a verlo como algo interno que podíamos crear. Por primera vez en años nos preguntamos para qué estábamos viviendo. Todos los clichés aplicaban, sólo que ya no nos parecían clichés. Habíamos estado atrapados en los detalles triviales y, de repente, nos vimos forzados a recordar que en realidad eran pocas las cosas que importaban realmente: nuestra familia, nosotros. No podíamos creer la cantidad de tiempo o atención que habíamos dedicado al trabajo, pasatiempos, posesiones y nuestras rutinas.

En medio de todo, cuando gracias a Dios la condición de mi marido se había estabilizado, participé en un taller para matrimonios liderado por

Sara Yoheved Rigler, la escritora de AishLatino.com. Sara discutió la idea de que siempre podemos aprender más sobre nuestra pareja. Una mujer hizo una pregunta que yo tenía en la punta de la lengua: “Después de tantos años de matrimonio, ¿es cierto eso? ¿A estas alturas acaso no sé todo lo que hay para saber?”.

La respuesta, que en realidad fue una pregunta, me sorprendió: “Si le preguntaras a tu marido cuál fue el mejor año de su vida, ¿qué te respondería?”.

Yo pensé que sabía: el año en que nos casamos y tuvimos nuestro primer hijo. Pero quizás no. Quizás fue un año de su infancia, cuando era un niño feliz y sin preocupaciones. Quizás fue cuando estaba en la facultad de medicina… De repente ya no estaba tan segura. A la noche siguiente le hice la pregunta.

“Este año”, respondió.

“¿Este año?”, repetí. “¿El mejor año de tu vida fue el año en que tuviste cáncer?”.

Asintió. “Sí, ha sido terrible, pero todo lo demás estuvo muy bien”.

El año en que estuvimos en crisis. El año en que nos la pasamos diciendo te amo. El año en que vivimos la vida con un fervor que no habíamos tenido nunca antes.

Pensé en la respuesta. El año en que estuvimos en crisis. El año en que nos la pasamos diciendo te amo. El año en que vivimos la vida con un fervor que no habíamos tenido nunca antes. El año en que valoramos cada segundo. El año en que estuvimos juntos, en que tratamos de estar fuertes para el otro, en que nos conectamos más que nunca. El año en que nos dedicamos tiempo y realmente hablamos sobre nuestras esperanzas y sueños. El año en que tuvimos la oportunidad de darle al otro, no sólo pequeños favores, sino también cosas grandes: infinitas citas con doctores, infinito aliento, apoyo moral, compañía, empatía, palabras tranquilizadoras, amor.

No salimos de citas. No nos divertimos. Pero nos conectamos más que nunca.

Pensé en toda la diversión que solíamos tener. Con certeza las cenas lujosas, los conciertos, las películas y las cosas por el estilo nos ayudaron a compenetrarnos cuando recién nos habíamos conocido. Disfrutar eventos durante nuestros años juntos también nos ayudó a relajarnos, reconectarnos y a fortalecer nuestro matrimonio.

Sin embargo, durante el año pasado, mientras mi marido y yo nos vimos forzados a compartir la carga de su enfermedad, de alguna manera logramos conectarnos aún más profundamente. Algunos de nuestros momentos de mayor conexión ocurrieron mientras nos alentábamos en las salas de espera de los doctores. No las hubiera elegido, pero nuestras citas de hospital profundizaron nuestro lazo de manera muy significativa.

El año pasado fue el peor año de nuestras vidas... pero también fue el mejor.