Durante los últimos 35 años hubo unas pocas ocasiones en las que compartí la habitación con otra persona fuera de mi marido. Para ser exacta, en algún Shabat especial para mujeres, en unas pocas conferencias sólo para mujeres en Nueva York y en dos misiones en Israel.

Durante mi última experiencia, me sorprendí al entender algo que debería haber comprendido hace muchos años. Noté qué considerada me mostraba hacia las necesidades de mi compañera de cuarto, cuánto cuidado tenía de no molestarla (y quedarme despierta en la oscuridad sin moverme o leer mi libro sentada en el piso del baño, donde estaba la única luz), cómo caminaba en puntas de pie sin hacer ruido, teniendo mucho cuidado de no despertarla. Noté cuánta paciencia le tenía cuando estaba lista para ir a desayunar antes que ella, con cuánta calma esperaba que ella terminara de prepararse. Presté atención que permanecía despierta para conversar cuando ella estaba de humor para una charla, incluso si yo me estaba quedando dormida. Noté que por lo general la dejaba usar primero el baño. Y viceversa. Ella era tan (o más) considerada conmigo como yo trataba de serlo con ella.

De hecho, fuimos tan cuidadosas de no pisar los pies de la otra, que sólo cuando estábamos empacando para partir descubrimos que la caja de galletas que estuvo todo el tiempo cerrada sobre la mesa no pertenecía a ninguna de las dos. (Ambas nos habíamos cuestionado: ¿Por qué no me convida?, pero fuimos demasiado educadas como para preguntarlo).

Comprendí que debía aplicar todos esos principios de consideración y atención a mi relación con mi compañero de cuarto más permanente: con mi esposo.

Cuando viajo con él e incluso a veces en nuestro hogar, detesto estar sola en medio de la noche. Trato de hacer pequeños sonidos que “pueden” llegar a despertarlo (¡ups!) e incluso me enojo (un poco) cuando no funciona. Si necesito leer, enciendo la lámpara de mi mesita de luz (sí, está en su menor potencia), y si él desea conversar, con frecuencia le explico que estoy demasiado cansada y me refugio en mi novela.

Esta semana de compartir la habitación con una amiga resaltó la discrepancia de mi comportamiento y me mostró lo que debo hacer para mejorar.

Todo comienza, como tantas otras cosas, colocando sus necesidades antes que las mías. En mi casa, si me despierto en medio de la noche puedo encontrar otros lugares para leer, lugares mucho más cómodos que el suelo del baño, pero yo deseo permanecer calentita en mi cama, así que enciendo la luz. Eso no es justo con él.

Él necesita dormir (de hecho, de acuerdo con la tradición judía se considera robo quitarle a alguien esa oportunidad). Incluso si me siento un poco ansiosa, caminar ruidosamente por la habitación para despertarlo porque me gustaría tener compañía no es una respuesta completamente responsable. Tampoco es considerado, sensible ni simplemente agradable.

Si vamos a alguna parte y mi esposo necesita hacer algo más antes de que podamos partir, yo tiendo a hacer gestos adolescentes de desesperación. Con mi compañera de cuarto simplemente sonreí, “no hay ningún problema”, y me senté a leer un rato. ¿Por qué no puedo comportarme de la misma forma en mi casa?

Parte de la respuesta es que no tenía expectativas de mi reciente compañera de cuarto y en cambio tengo muchísimas expectativas de mi marido. Estaba lejos de mi hogar y más relajada, con menos presiones. No estaba trabajando en ningún proyecto que debía terminar y no me esperaba la cocina ni el lavadero.

Pero creo que el tema principal es que pensamos que el hogar es el lugar en donde podemos estar cómodos en vez de ser el lugar donde mejor debemos comportarnos.

Esto es un error. ¿Por qué el resto de las personas deben recibir mi mejor parte y mi esposo debe quedarse con lo que queda? Tengo que hacer un cambio, revertir la forma en que pienso.

No quiere decir que debo mostrarles a mis futuras compañeras de cuarto la peor parte de mi ser, pero tengo que guardar lo mejor para mi compañero de la vida.

Fue un viaje maravilloso y tuve una compañera de cuarto genial. Nuestro comportamiento mutuo fue tan cuidadoso que ayudó a que funcionara de maravillas. Ahora tengo que tratar a mi esposo por lo menos de la misma manera.

Creo que voy a comenzar por comprarle a mi marido una máscara para dormir. Mi compañera de cuarto dijo que realmente la ayudó. Y también tapones para los oídos…