Acabo de leer un artículo sobre el rol destructivo de la envidia en el matrimonio. La verdad es que me impresionó. Aunque confieso que envidio que mi esposo pueda comer lo que quiera sin subir de peso, en general me cuesta imaginarme tenerle envidia. Mi esposo y yo somos uno. Tenerle envidia es como envidiar a una de las partes de mi cuerpo. De hecho, el Talmud dice: “Tu esposa es como tu propio cuerpo”. Somos una unidad inseparable.

Cuando la Torá describe la primera experiencia de pareja, nos cuenta que Adam dijo de su esposa Javá: “Esta vez es hueso de mi hueso y carne de mi carne”. La idea de que nuestros ojos tengan envidia de nuestros oídos parece completamente absurda.

Sin embargo existe, sobre todo en el área de los logros y en especial si ambos trabajan en la misma área. Y en lo que respecta a los sueldos (creo que esto me lo puedo imaginar). Si mi esposo y yo fuésemos profesores universitarios y él recibiera mejores comentarios de los estudiantes o una titularidad antes que yo, a pesar de sentirme feliz por él, su éxito de alguna manera destacaría lo que percibo como mi fracaso. Eso me llevaría a confrontar mi nivel más bajo de logros cada día, virtualmente a cada momento. En verdad podría ser destructivo, a menos que yo recordara que su éxito no está separado del mío. Dado que somos uno, su éxito también me pertenece. Podemos alegrarnos juntos. También la experiencia de mi carrera menos fascinante y profesionalmente menos satisfactoria, también es de él. Podemos compartir el dolor y los desafíos. No se trata de él versus yo. Estamos los dos juntos.

Una buena manera de reforzar esta idea es tener consciencia de que las parejas no sólo pasan juntas sus vidas en este mundo, sino que también estamos conectados para la eternidad en el Mundo Venidero. Como dice el Zohar, “Quienes merecen el Mundo Venidero, estarán con su pareja eternamente” (Zohar, Mishpatim, 102:1).

El matrimonio no es una competencia. Literalmente, estamos en esto juntos

Nuestras almas están unidas para siempre. Eso es lo que realmente significa ser uno. Ese sentido de “para siempre” (verdadero para siempre, no sólo la cortesía de “mejores amigas para siempre”) tiene la fuerza de moldear cómo nos vemos el uno al otro y a nuestra relación. Cada acto de bondad, cada momento de consideración nos beneficia a los dos. De la misma forma, cada acto de crueldad, de egoísmo y sí, de envidia, nos daña a ambos. No se trata de una competencia. Literalmente, estamos en esto juntos.

Interiorizar esta idea nos permite alegrarnos por los logros de nuestra pareja, ya sean físicos o espirituales, porque son también míos; o con mayor exactitud: nuestros. Nos permite planear juntos una estrategia para evitar errores que nos dañarán a ambos, o con mayor exactitud a nuestra unidad matrimonial. Además sienta las bases para que haya más paz.

Por supuesto que habrá “momentos”. ¿Qué ama de casa no sintió alguna vez envidia cuando su esposo sale de la casa y la deja con el caos y los llantos? (Y viceversa, dependiendo de los trabajos…). Pero es algo pasajero. No es profundo. No se basa en un verdadero entendimiento de la situación ni en una considerada evaluación de las circunstancias. Es frustración momentánea, que desaparece rápidamente a medida que las demandas del día toman el poder y aparece la valoración por la habilidad de tomar elecciones.

Y, por supuesto, ¿qué esposo encargado de la manutención de la familia no sintió una puñalada de envidia similar al salir de la casa rumbo a su rutina diaria mientras su pareja puede estar todo el día con los niños? En una verdadera sociedad estos son incidentes pequeños, no sentimientos profundos.

Nuestros matrimonios florecen cuando aceptamos nuestra unidad, cuando entendemos que realmente estamos en esto juntos. Cuando comprendemos que todos nuestros actos nos dan forma y nos afectan mutuamente. La envidia no sólo no tiene lugar en un matrimonio sano, sino que al reconocer que de hecho somos un mismo ser, es una tontería.

Por lo tanto me alegraré de que mi esposo coma una porción de helado mientras yo como una zanahoria. Pero si somos realmente uno… ¿por qué no siento el mismo sabor placentero que él?