Esta es una historia real. Los nombres y los detalles son ficticios para resguardar la privacidad de los involucrados.


Cuando el señor y la señora J. vinieron a verme hace un par de meses para comenzar una terapia de pareja, estaban en un punto muy bajo de su relación. Su comunicación se había degradado hasta llegar a dolorosas peleas e insultos. Ambos tenían diferentes “idiomas del amor” y diversas habilidades para enfrentar las dificultades. Además de esto, cada uno estaba apegado y era leal a su propia familia, lo que causaba aún más tensión en su relación.

A medida que progresamos en la terapia, un tema que tratamos fue la falta de confianza. Cuando uno de ellos experimentaba una desilusión o percibía una traición, en vez de darle al otro el beneficio de la duda y preguntarle gentilmente para clarificar sus necesidades e intenciones, entraban inmediatamente en “modo de lucha”. La mayoría de sus discusiones se salían de control debido a este estilo problemático de comunicación.

Después de mucho trabajo y crecimiento personal, la pareja se volvió menos reactiva y aprendió a preguntar en vez de acusar, y a compartir sus perspectivas y sentimientos en vez de atacar y regañar.

Un día, después de un examen ginecológico de rutina, la señora J. recibió una llamada del laboratorio médico. Los exámenes mostraban que la señora J. había contraído cierta enfermedad venérea que sólo puede contraerse a través del contacto íntimo. Ella se sorprendió.

“Somos una pareja religiosa. No es posible que mi esposo haya tenido una aventura y yo sé que no estuve con otro hombre”, le dijo a la enfermera.

“Tu esposo te está mintiendo o tú te engañas a ti misma. Estos análisis son precisos. Ambos tienen que comenzar a tomar antibióticos de inmediato”, le respondió la enfermera.

El señor y la señora J. estaban en un estado de profundo dolor emocional. Cada uno sabía que había sido fiel, lo cual implicaba que su pareja no lo había sido. Al mismo tiempo, acababan de comenzar a confiar en el otro. Su matrimonio estaba al borde del precipicio.

La señora J. llamó al consultorio del médico e insistió para que volvieran a realizar los exámenes. Aunque la enfermera se mostró reticente, finalmente accedió. Las siguientes 48 horas fueron muy tensas. Ellos querían creen en el otro, pero la ciencia y los “hechos” estaban en su contra.

Increíblemente, los resultados fueron negativos. Volvieron a repetir el examen una tercera vez para estar seguros y los resultados siguieron siendo negativos. La enfermera dijo que en toda su carrera nunca había visto un error así, ni había encontrado una mujer que insistiera en la inocencia de su esposo y exigiera repetir la prueba al enfrentar el descubrimiento.

Lo que podría haber sido una verdadera catástrofe se convirtió en un momento decisivo para la pareja y en un kidush Hashem (santificación del Nombre de Dios). La enfermera vio cómo la firme confianza que existía en un matrimonio religioso pudo desafiar lo que a primera vista era evidencia científica.

Después de este hecho, en una sesión de terapia, la pareja reflexionó respecto a que tan sólo unas cuantas semanas antes, esa misma llamada telefónica podría haber provocado fuertes recriminaciones y conflicto, e incluso si hubieran demostrado posteriormente que los resultados eran falsos, el daño colateral habría sido irreparable. Ellos comprendieron que ese doloroso episodio era su “graduación final”. Eso les demostró que debían mantenerse calmos y juzgar al otro para bien en el futuro.

Lo que comenzó como un examen médico de rutina terminó siendo una verdadera prueba de sabiduría, amor y matrimonio.