El arrepentimiento puede ser un maestro duro, pero al final, otorga una lección justa. Lamentarse no es tan malo como parece, siempre y cuando uno no se atore en el dolor y la pena que causa el recuerdo.

Quizás, un aspecto más positivo sería utilizar el remordimiento como motivación para arreglar o mejorar lo que causa ese sufrimiento innecesario.

Arrepentirse, ya sea por alguna acción, palabra, o decisión que se hizo y no funcionó, marca la pauta y nos ayuda a buscar la manera para reparar lo que se dañó o lastimó.

Cuando uno reconoce que sus remordimientos no deben ser castigos perpetuos, entonces, los puede enfrentar con valor, convirtiéndose en una persona valiente. Con la posibilidad de poder sanar, tanto a sí mismo como a las personas que se dañaron.

Equivocarse, tomar una mala decisión o decir algo que lastimó, no es un pecado. La vida ofrece muchas oportunidades para equivocarse, aprender y reparar los daños causados. De hecho, aprender de los errores para ser mejor persona, es la definición de una buena vida.

Uno se puede arrepentir de todo y más… de hecho, cada persona tiene algún remordimiento en su alma. Lo importante es encontrar la manera de conciliar el arrepentimiento del pasado con las acciones subsecuentes del presente, para poder cambiar el futuro, terminando así con las lamentaciones.

Cuando se deja de lamentar por lo que sucedió, o por lo que le hicieron, se libera de sus propias cadenas que lo atan emocionalmente al dolor y al pasado que ya no se puede cambiar. Eso es lo que le impedía aprovechar las nuevas oportunidades que la vida le ofrece.

Para dejar de lamentarse es necesario aceptar la responsabilidad y dejar de culpar a otros. Asimismo, es importante hacer una distinción entre pensar, “me equivoqué” en lugar de etiquetarse como “hago todo mal”.

Reconocer una equivocación puede ser un tanto incómodo y penoso, pero finalmente tiene remedio. El problema no define a la persona en sí, habla del error que se cometió, aceptando la vulnerabilidad y el poder que se tiene para repararlo.

Cuando uno se etiqueta como una persona que "hace todo mal", se habla de una condición permanente que limita y condena. Elimina la creatividad, alimenta las inseguridades, otorgando importancia al qué dirán los demás. Sobre todo, nutre la autocompasión, perpetuando el sufrimiento y niega toda posibilidad para superar la pena.

Para dejar de sufrir por los arrepentimientos, uno tiene que aprender a hablarse con amor y perdonarse por lo que hizo o se dejó de hacer. Uno debe tener el valor para enfrentar la vergüenza y dejar de culpar y querer gozar de un mejor futuro, sin tener que sufrir.

La receta: Liberándose de las lamentaciones

Ingredientes:

  • Valor – fortaleza para aceptar los errores personales
  • Responsabilidad – aceptar el compromiso personal con la forma de actuar
  • Determinación – deseo de vivir mejor y sin lamentaciones
  • Integridad – conciliar las decisiones, con las acciones y los sentimientos
  • Vulnerabilidad – reconocer las debilidades, las penas y el dolor

Afirmación positiva para vivir sin remordimientos:

Acepto con responsabilidad lo que dije, hice y lo que dejé de hacer. Reconozco que no puedo cambiar el pasado, pero al dejar de lamentarme por lo que pasó, permito que nuevas oportunidades me lleguen y pueda cambiar mi futuro. Vivo en paz. Me doy permiso para equivocarme y poder remediar mis errores. Hago lo que digo. Vivo con gratitud y generosidad.

Cómo liberarse del remordimiento:

  1. Aceptar lo que pasó sin justificar, culpar o enojarse, libera el pasado tormentoso. La única forma para dejar ir las lamentaciones, es tener el valor y la responsabilidad para ver el pasado sin reproches y con compasión.
  2. El remordimiento es la conciencia de lo que se pudo hacer y no se hizo. Uno recuerda con dolor las ocasiones cuando no actuó con más bondad, más generosidad o más sensibilidad. Por haberse quedado en un lugar cómodo y no haber hecho lo debido.
  3. Las lamentaciones son recordatorios poderosos para cambiar o remediar lo que no se hizo. El remordimiento lleva tatuado el sentimiento de incomodidad que hace que uno quiera cambiar para dejar de tener el desagradable sonsonete del lamento y poder ser mejor.

"No lamentarse por nada, no hace a una persona valiente, más bien, le impide ser humilde y le quita el poder de reflexión".