Mi esposo y yo fuimos criados en hogares que satisficieron nuestras necesidades físicas, pero no las emocionales. No fuimos abandonados, fuimos cien por ciento clase media. Tuve lecciones de ballet, y de drama, y pasé mis veranos en un club de campo. Mi esposo estudió piano, y fue a los boy scouts y a los campamentos de verano.

Y sin embargo cuando nos conocimos, reconocimos en el otro una profunda soledad. Era la soledad de ser visto y no escuchado. Era la soledad de nunca saber lo que significa tener una opinión en la familia.

El desafío al haber sido criado en esta clase de familia es que una vez que tus necesidades emocionales han sido ignoradas por tanto tiempo, comienzas a cuestionarte su tienes derecho a tenerlas. Los dos nos convertimos en intelectuales, académicos que vivieron vidas regidas por la mente y no por el corazón.

Necesitamos aprender cómo acercarnos hacia el otro, en lugar de aislarnos silenciosamente en uno de nuestros muchos libros.

Después de casarnos, necesitábamos aprender como acercarnos el uno al otro, en lugar de aislarnos silenciosamente en uno de los muchos libros que revestían las paredes de nuestra casa. Necesitábamos aprender a decir: “Te necesito. Por favor cierra tu libro y préstame atención por un momento”.

No era fácil, y no vino naturalmente, leímos libros que escribieron rabinos y terapeutas sobre cómo tener un buen matrimonio, y como tarea, practicamos los ejercicios que recomendaban. Él escribió listas y cuadros, aprendimos cómo escuchar activamente. Tropezamos y caímos a medida que buscábamos desarrollar intimidad verdadera. Eso era preferible a refugiarse detrás de las paredes familiares del silencio, pretendiendo no tener necesidades emocionales porque nos atemorizaba decirlas. Eventualmente logramos forjar un lazo que puede tanto nutrirnos a nosotros como sostener a nuestra familia.

La gente en ocasiones se maravilla de lo expresivos que son nuestros hijos. Mi hija de cuatro años sabe decir: “Por favor no me hagas hacer eso, me da miedo”. Su hermana mayor puede decir: “Me hiciste una herida en mis sentimientos cuando dijiste eso, y aunque mis ojos no estaban llorando, yo estaba llorando en mi corazón”. A veces, la escucho decirle a su hermanito: “No llores, usa tus palabras. Dime qué es lo que está mal”.

La regla en nuestra casa es que siempre hay lugar para los sentimientos, y si bien sus sentimientos no determinan cómo se rige nuestra casa, es nuestra responsabilidad como padres reconocer cómo los afectan nuestros comportamientos.

Mis niños tienen límites bien claros que saben que no deben cruzar. Van a la cama en el horario establecido, y hacen su tarea incluso cuando no tienen ganas. Y también saben que estamos aquí para escuchar, y que tienen asegurada una oportunidad de ser escuchados.

En ocasiones, escuchar es un acto de verdadero amor por mis hijos.

No es fácil asumir esta responsabilidad extra de escuchar a la vez de enseñar, de aprender a la vez de guiar. Pero vale la pena el esfuerzo extra. Cuando mis hijos van a la cama, utilizo el tiempo mientras los arropo, para escuchar sus últimos pensamientos sobre su día. Sé quiénes son sus amigos. Sé quién hirió sus sentimientos. Sé que a veces es difícil escuchar a un maestro que tiene una voz rara, y que la propensión a reírse en esos momentos puede ser abrumadora.

Y también sé que ocasionalmente esos pensamientos aleatorios son alejados por preocupaciones más serias como: “¿Me amas cuando me porto mal? ¿Y entonces por qué me castigas?

En esas ocasiones, creo que es mi escuchar más que mis respuestas lo que es un verdadero acto de amor por mis hijos. Espero que algún día mis hijos reconozcan que cada palabra y cada idea que compartieron fue escuchada, y guardada, y recordada, y se convirtió en parte de la esencia de nuestro hogar.