Una pareja de amigos cerca de los 40 me pidió consejo recientemente:

“Mónica, nuestra hija de seis años, acaba de comenzar primer grado”, comenzó la madre. “Está muy infeliz, pero no nos quiere decir porqué. Vuelve a casa amargada, al borde de las lágrimas, diciendo que no quiere volver, y a ella siempre le gustó la escuela”.

Miré a David, su marido, quien asintió solemnemente.

“Es una niña adorable”, continuó la madre. “Últimamente no parece querer jugar con amigas y está comiendo bocadillos a deshoras”.

Al final, la pequeña le confesó a su hermana mayor que durante el recreo le había preguntado a las otras niñas si podía jugar con ellas y ellas habían dicho cruelmente “No”. La pequeña estaba dolida y llena de vergüenza.

La madre se preguntaba si podía hablar con la maestra o con el director para comentarles acerca de los abusos en las escuelas –un punto obviamente muy importante. La madre habló por los dos mientras el padre se sentó callado. Pero David, a quien conozco muy bien, no es ningún tonto. Siempre tiene algo conciso y contundente, o “justo en el blanco” para decir sobre lo que sea que surja en la sinagoga o en el grupo de estudio al que ambos asistimos.

Me dirigí a David y le pregunté: “¿Y tú qué opinas?”.

“Todo lo que dice mi esposa es verdad. Mónica no está feliz”.

La madre y yo tiramos algunas ideas más. David no dijo nada. Su silencio sugería que estaba alejándose y desconectándose. Sólo su cuerpo estaba presente en el cuarto.

Me pregunté por qué. Quizás tenía sus recuerdos de ser intimidado. Eso sería lo más natural porque las experiencias de nuestros hijos casi siempre evocan las de nuestra propia infancia.

Pero muchos hombres son renuentes a contribuir emocionalmente en la casa porque sienten que es “el territorio de su esposa”. En muchos hogares, la madre es la líder tácita de todos los temas susceptibles o emocionales. Es la residente experta, y el hombre cede automáticamente ante su pericia.

¿Pero está realmente cediendo? David no es el tipo de persona que va a ceder con facilidad. Es un tipo competitivo en la corte, en el trabajo, incluso en el shul. No le gusta perder.

Los medios de comunicación siempre reducen la figura paterna a un “Tonto bien intencionado”.

¿Quieres saber un secreto? A la mayoría de los hombres no les gusta perder y es muy probable que no jueguen si saben que perderán. Y en casa perdemos casi siempre –la esposa conoce los pormenores que los hombres no. Por lo tanto, algunos hombres permanecen a un lado, o por desesperación, frustran los planes de sus esposas involuntariamente.

Los medios de comunicación siempre reducen la figura paterna a un “Tonto bien intencionado” (piensa por ejemplo en Los Simpsons). Pero la Torá toma la paternidad muy en serio. El padre judío definitivamente no es un payaso.

La Torá declara: “Shemá bení musar avija veal titosh Torat imeja — presta atención a las lecciones de tu padre y a las enseñanzas de tu madre”. Un niño debe escuchar a ambos.

Yo le mencioné la idea a David. ¿Por qué no hablas? ¿Por qué te comportas como si tu trabajo fuera solamente estar, cargar muebles y escribir cheques?

Me respondió con una sonrisa de vergüenza. “No estoy seguro de cuál es mi lugar”, dijo finalmente. “Muchas veces, no estoy seguro de lo que tengo que hacer o decir, por lo que dejo las cosas en manos de alguien más competente que yo”, dijo, señalando a su esposa.

Entonces planteé un par de preguntas: ¿Cómo juega Mónica en casa? ¿Juega al menos un poco con su padre, al igual que con su madre y con su hermana? Esto fue discutido por un rato, y unos pocos minutos antes de terminar, David dijo que tenía una idea: Mónica debería tomar un juguete atractivo –podía ser incluso una cámara descartable con un flash, y en lugar de jugar, debería decir: “¿Quién quiere sacarse fotos conmigo?”. Muchos niños se le acercarían.

“Los niños necesitan artilugios”, dijo sucintamente, “para hacer que las cosas comiencen a moverse”.

Yo pensé que era natural que un hombre saliera con esta idea. Los hombres utilizan instintivamente los objetos como herramientas en entornos sociales, la bicicleta nueva, el aparato electrónico sofisticado, el auto nuevo.

David sabía que había tenido una buena idea (después nos enteraríamos que había dado en el blanco con Mónica), pero luego hubo una revelación: “Me hago pasar por ‘tonto’ frente a mi esposa. Yo pienso que lo hago para hacerme ‘el gracioso’ o lo que sea, pero la verdad es que no sé por qué lo hago. Probablemente sólo tengo miedo de competir”, dijo bromeando.

Yo pensé que había más que una pequeña verdad en sus palabras. Padres, cuando ustedes se ven tentados a “hacerse los tontos” frente a sus esposas, consideren que pueden estar tratando de evitar sentimientos incómodos, puede que teman quedar como tontos delante de ellas, delante de la familia o delante de ustedes mismos.

Hay pocas cosas que dañan más a un niño que un padre ausente.

Deben resistir esos miedos y hablar. Sus hijos los necesitan. Hay pocas cosas que dañan más a un niño que un padre ausente. Incluso si no tienen la menor idea de qué hacer o qué decir, ¡no tengan miedo! Puede que metan la pata, o que sugieran la cosa “equivocada”, pero el tiempo y la experiencia les enseñarán a hacerlo bien. ¡Y por Dios! Aprovechen esas idas al supermercado para pasar un tiempo “solos” con sus hijos/as. Háganles preguntas. Interésense en la escuela y en los juegos de sus hijos/as. Pregúntenles qué quieren de la vida, qué esperan de ustedes.

Madres, retrocedan. Creen un espacio para los padres. Resistan las tentaciones y las falsas satisfacciones de ser el “padre superior”. Si sus maridos se “hacen los tontos”, aliéntenlos a hablar.

Lo peor que cualquiera de los dos padres puede hacer es retirarse del juego. Si juegan tanto el padre como la madre, todos ganan.