Mis dos hijos están muy cerca en edad, 16 meses para ser exacta. Cuando la gente los ve por primera vez, a veces me preguntan si son mellizos, aunque no se parecen en nada. Y yo digo que no, pero que están lo suficientemente cerca, y discutimos las bendiciones y las pruebas de tener dos hijos con tan poca diferencia de edad.

Sin embargo, lo que nadie pregunta es: ¿Cómo es divorciarse con dos hijos todavía en pañales? ¿Cómo les expliqué a dos niños menores de tres años y medio que su padre no iba a volver, y que nuestra vida acababa de dar un vuelco completo? ¿Cómo me las arreglé para mantenerme lo suficientemente sensata para alimentarlos todas las mañanas y ponerlos a dormir todas las noches mientras que toda mi vida se derrumbaba y no había nadie para reemplazarme y hacerlo?

Nadie pregunta, porque es demasiado difícil de explicar. Nadie pregunta, porque lo han hecho ellas mismas y saben lo difícil que es, o porque nunca han siquiera contemplado una realidad así y por lo tanto ni siquiera saben qué o cómo preguntar. Nadie pregunta, porque es algo sabido que una madre siempre estará allí para sus hijos, aún cuando el padre no lo esté.

Y cuando preguntan, ni siquiera sé cómo responder. Todo lo que sé es que cuando obtuve finalmente mi divorcio –un milagro en sí mismo— sentí como si todo el mundo hubiese terminado, incluyendo a mis hijos. Recuerdo pensar: ¿Cómo voy a hacer esto sola? ¿Qué es lo que va a pasarles a mis hijos sin un padre?

Porque sin importar lo difícil que haya sido mi vida de casada, por lo menos sabía que mis hijos tenían un padre. Había alguien además de mí que los amaba tanto como yo y que ansiaba ver su progreso cada día. Había alguien para entrenarlos durante las etapas de la primera mamadera y de aprender a dormir toda la noche, y alguien para hacerle a mi hijo mayor su primer corte de pelo. Había alguien para armar sus cunas, y más adelante sus triciclos, y alguien para enseñarles sobe autos y camiones y bloques para armar. Había alguien para llevarlos a la niñera todas las mañanas y para leerles historias a la noche. Cuando la gente me preguntaba cómo me las ingenié para aferrarme a un matrimonio disfuncional durante tanto tiempo, yo decía: “Lo hice por los niños”. Y era verdad – porque mientras estuviésemos juntos, al menos los niños tenían un padre. Y sabía que tan pronto como dijera “No más”, mis hijos ya no tendrían a ese padre cerca.

Pero no hubo alternativa. Un día lo tuve que decir, y luego de repente se había ido. No sólo de mi vida, sino también de la de ellos. Él ya no podía cumplir ese rol que yo había dado por sentado que cumpliría. De repente todo me había quedado a mí. Cambiar pañales. Enseñar a ir al baño. Comprar kipot y tzitzit. Decidir cuándo comenzar a enseñar las bendiciones. Practicar el alef-bet. Leer hojas sobre la porción semanal de la Torá. Comprar la primera bicicleta, e ir a la fiesta de recepción del primer sidur de mi hijo. Todo está bajo mi responsabilidad. No había nadie cerca para ayudar, para entrenar y para enseñar, para tomar las decisiones conmigo. Todo, y me refiero a todo, estaba bajo mi responsabilidad.

¿Cómo se supone que voy a hacer todo esto sola, y encima hacerlo bien?

Sí, hay amorosos abuelos cerca, gracias a Dios. Pero los abuelos no son padres, y sólo yo puedo tomar las decisiones sobre cuándo es demasiado postre y cuándo es el momento de comenzar a ir al shul. Y hay tantas decisiones que tomar, tantas cosas para resolver. A veces siento ganas de decir: Nunca antes he sido una madre. Estos son mis dos primeros hijos. ¿Cómo se supone que voy a hacer todo esto sola, y encima hacerlo bien?

Hay tantos días en los que simplemente estoy actuando, pretendiendo que mi corazón no está llorando a gritos por el dolor y que somos una familia normal como cualquier otra. Hay tantos días en los que no sé cómo voy a sobrevivir hasta el momento de ir a la cama, en los que siento que he llegado al punto de saturación y que ya no puedo soportar otro momento. Y sin embargo sigo andando. Sobrevivo el día, y también la noche, y luego lo mismo al día siguiente y al posterior.

Lo hago por mis hijos, porque sé que no tienen a nadie más. Sin un padre, necesitan una madre. Necesitan la sensación de estabilidad que proveo, y necesitan esa sensación de normalidad. Día tras día les enseño a seguir las reglas y a comportarse bien, a tratarse con respeto y a tratar a mami apropiadamente. Día tras día les preparo la cena y les leo historias para dormir, lavo la ropa y junto los juguetes. Lo hago porque necesita ser hecho. Y lo hago por ellos, porque si no lo hago yo, nadie más lo hará.

No les puedo proveer la otra mitad de la fórmula de la paternidad. Sé que no puedo porque he tratado, y no funcionó. Pero puedo ser una mami, y lo soy. Hago lo mejor que puedo, cada día, para proveerles a estos niños lo que necesitan.

Sí, todo está bajo mi responsabilidad. Este trabajo de ser madre soltera requiere un esfuerzo sobrehumano, especialmente cuando tienes dos niñitos llenos de vida compitiendo por tu atención y tratando de ver cuánto se pueden salir con la suya. Pero me necesitan – y yo los necesito también. Y es por eso que trabajo tan duro para alcanzar la normalidad, para todos nosotros. Porque mientras nuestra vida tenga una sensación de normalidad, de estabilidad, sé que ellos estarán bien. Y yo también lo estaré.