“Mi hija está loca”.

¿Puede ser que ella haya dicho lo que yo pienso que dijo?

“Quiero decir, ella está realmente loca y me está volviendo loca a mi”.

Sentados en una reunión de la guardería APM (asociación de padres y maestros) uno no espera escuchar una queja tan áspera en contra de una niña de tres años. ¿Qué puede hacer una pequeña niña para que su propia madre le ponga la etiqueta de “loca”?

“¿Qué te hace decir eso?”, indagué.

Hizo muecas. “Oh, simplemente por cómo es ella. Todos los días le pregunto a Rajel qué quiere en su sándwich y lo hago como a ella le gusta, pero ella nunca come más de un bocado”.

Mmm, pensé, ¿tal crimen puede ponerle a un niño el título de loco?

Unos minutos después escuché un intercambio entre la misma madre y la maestra. Aparentemente, un día la pequeña Rajel había vuelto a su casa con un marcador en su mochila, después de explicarle a la maestra que éste era de su casa, a pesar de su gran parecido con los marcadores de la guardería.

“Oh, qué mentirosa que es my pequeña niña”.

¿Dijo mentirosa? Me quedé mirándola fijamente completamente conmovida. Éste término negativo que le fue horrendamente colocado no coincide para nada con la dulce Rajel con la que mi hija amaba jugar.

Me mantuve en silencio, pero la vez siguiente que la mamá de Rajel llamó a su hija loca no pude contenerme. Declaré firme pero amablemente: “Rajel no está loca, y tú realmente deberías ser cuidadosa. Si sigues diciendo que ella está loca lo terminarás creyendo, y peor aún, ella también lo creerá”.

Desde que tengo memoria, mi madre ha sido mi admiradora más grande.

Mi reprimenda no produjo ninguna reacción, pero por lo menos no me podría culpar por aprobar silenciosamente su insulto.

En contraste, visualicé a mi propia madre, cálida y alentadora. Desde que tengo memoria, ella ha sido mi admiradora más grande.

“¡Qué artístico de tu parte!”, fue el aliento con el que fui recompensada cuando tenía cinco años, después de utilizar cuatro botellas de colorante de comida para teñir una caja entera de pañuelos de papel.

“¡Estás oficialmente contratada como la cocinera de la casa!”, anunció cuando, a los ocho años, hice huevos revueltos y tosté los restos de la jalá que había quedado para toda la familia.

“Es más divertido pasar tiempo contigo”, dijo mi madre cuando, siendo adolescente, le pregunté por qué no quería asistir al almuerzo al que había sido invitada.

Sus desbordantes alabanzas me han dado el coraje para pensar más allá de lo convencional y el coraje para tomar posiciones de liderazgo.

Hay suficiente gente en la calle despidiendo negatividad. Los estudiantes tienen que enfrentarse a exámenes estandarizados y ser comparados a los chicos “inteligentes”, a los “organizados”, a los “atentos”. Los chicos en el colegio siempre se burlan de las ropas y ponen apodos. Desde pequeños, los chicos tienen que lidiar con encajar en las redes sociales a pesar de que son demasiado bajos, demasiado altos, demasiado pesados, o demasiado esqueléticos. El trabajo de un padre es impregnar a sus hijos con mucho positivismo, para protegerlos de las otras cosas. La indiferencia y el escepticismo que los chicos tienen que enfrentar deben ser superadas por la calidez y la confianza de sus padres.

Todo chico tiene sus desafíos. A veces un niño pequeño tiene un momento difícil compartiendo sus juguetes o poniéndose sus zapatos. A veces un niño de ocho años siente que no puede dejar de mojar su cama o que nunca anotará un gol. A veces una adolescente no cree tener habilidades de liderazgo para ser una orientadora en un programa para hermanos menores.

Y a veces es el aliento de los padres que están parados al borde de las líneas del campo de juego: “¡Creo en ti! ¡No hay como tú!”, lo que le da al chico el coraje que necesita para salir de su zona de comodidad y tratar un poco más duro. Padres, ¡tomen esos pompones! Ustedes son los alentadores más grandes que sus hijos tienen.